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Queridos diocesanos:
Nuestra sociedad se ve
sacudida, por menos de nada, por acontecimientos dramáticos: huracanes,
guerras, atentados terroristas… Pero el drama más profundo que nos aflige
no depende de los fallos de la naturaleza, sino del abuso de libertad por
parte de los hombres: es la falta de amor. Vivimos encerrados en nosotros
mismos, agobiados en nuestro pequeño mundo. La codicia y la mentira causan
verdaderos estragos entre nosotros. ¿Qué significa en nuestra vida de cada
día ser solidarios con todos los hombres, nuestros hermanos? La solución a
los grandes problemas de nuestro mundo no vendrá por el camino de las
ideas geniales, por muy hermosas que sean, sino por la apertura de corazón
y la vida compartida.
Como en sus días de vida
terrena, Jesús sigue sintiendo compasión por los hombres y las mujeres de
hoy, a los que ve “despojados y abatidos, como ovejas que no tienen
pastor”. Y a ellos se sigue ofreciendo como “pan partido” para la vida del
mundo. La Eucaristía es el signo más real del amor de Dios en medio del
mundo; es la demostración irrefutable de su compasión por nosotros. Por
eso, anunciar a Jesucristo es el objetivo prioritario de la misión de la
Iglesia. El mejor regalo que podemos hacer a la humanidad es Jesucristo.
Él nos enseña a partir nuestro pan y a repartirlo compartido con los menos
favorecidos. Si comulgamos de verdad con el Hijo del Dios vivo, no podemos
permanecer pasivos ante las necesidades urgentes de los hombres. La
Eucaristía cambia el corazón de los hombres y las estructuras de la
sociedad volviéndonos más fraternos.
Los misioneros no son
supermanes, ni aventureros. Son cristianos normales, pero no
individualistas. Ni siquiera van en nombre propio a anunciar a Jesucristo
y su Buena Noticia. A través de ellos es la comunidad cristiana Ia que
vive su condición misionera, que es pare ella cuestión de vida o muerte.
Los misioneros y las misioneras son, de un 'modo singular como Jesús, “pan
partido para la vida del mundo”. Escuchan de labios de Cristo “dadles
vosotros de comer” (Mt 14,16) y acuden a tantas partes del mundo para
ayudar a saciar el hambre de pan y el hambre de Dios. Con frecuencia
llegan a sacrificar su propia vida. ¿Cuántos misioneros mártires también
en nuestros días! Esta experiencia de dar la vida sólo la puede llevar a
cabo un corazón rebosante de amor. Porque sólo por amor se puede llegar a
compartir, no de lo que sobra, sino de lo que se necesita, incluso dando
Ia propia vida.
El domingo mundial de la propagación de la fe, el
popular día del Domund, nos recuerda que la Iglesia tiene necesidad de
misioneros. Y tiene que apoyarlos con la oración y con Ios recursos
económicos. El año pasado se recaudaron en nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol
87.538,75 euros, que es una cantidad no despreciable. Pero ¿no seremos
capaces de llegar este año a los 100.000? Teniendo en cuenta todo lo que
aportamos para los misioneros en as distintas campañas nos sale una
aportación media por habitante de 3,02 euros, ¿no resulta demasiado poco?
Seamos más generosos.
Ferrol, 28 de
septiembre de 2005
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