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Queridos
diocesanos:
Tal vez
nuestra mayor tentación sea vivir de una manera superficial y cómoda,
marcada por el disfrute de los bienes materiales. Los frutos de este estilo
de vida pueden ser, a medio plazo, muy amargos. Si no se encuentra sentido
profundo a la vida, puede hacerse pesada y hasta puede llegar a hastiar.
Sólo quien confía en el amor de Dios, como le sucedió al apóstol Tomás,
puede terminar diciendo: “¡Señor mío y Dios mío!”. De ahí brotarán el gozo,
la alegría y la dicha duradera.
A los
discípulos muertos de miedo en el Cenáculo, Jesús se les apareció
resplandeciente de luz. Faltaba Tomás. Los discípulos le contaron lo que
habían visto y sentido. Pero él no lo creyó. Es que la fe no se puede
explicar del todo. Es, sobre todo, un encuentro con Jesús. Es algo que se
vive, que se experimenta. Por eso la mejor forma de comunicarla es
mostrarla, regalarla y ofrecerla sin imponerla. Creer no es algo que se
impone, sino que es una luz, una gracia recibida que te invade y que nunca
se apaga. En otra ocasión, Tomás ve a Jesús -porque la fe hace ver de algún
modo a Jesús- y siente entonces la alegría del abrazo del mismo Cristo. Pero
a continuación escucha una bienaventuranza: “felices los que crean sin haber
visto”. No es necesario “ver” a Jesucristo para sentirle presente y cercano.
Hay muchas realidades importantes, como el amor de los padres o de los
amigos, que no se ven pero se sienten. Y es muy difícil dudar de ellos. “Lo
esencial es invisible a los ojos”, escribió Saint-Exupéry. La luz de la fe
es más fuerte que cualquier visión que pueda existir. Cristo es más
resplandeciente que la misma luz del sol. No tiene comparación.
Creer, por lo
tanto, no es saber mucho ni hacer cosas extrañas. Es más bien vivir una
verdadera amistad. ¡Qué dicha poder creer! Es el gozo que desborda la vida
de los creyentes. ¡Cómo me gustaría que todo el mundo acogiera el regalo de
la fe! La fe es una conquista diaria y, si no se alimenta, se pierde.
Conviene regarla con la escucha de la Palabra de Dios y con los sacramentos.
El cultivo de una fe fresca y lozana es lo mejor para ser fieles al amor de
Dios. No es bueno obcecarse en no creer, en querer palpar a Cristo con las
propias manos y verle con los propios ojos humanos. Cuando se ama se logra
ver. Si dejamos de amar es cuando realmente nos volvemos ciegos. Cristo
dice: “A quien me ama, me manifestaré, vendremos a él y haremos morada en
él”. Hablaba de la presencia de la Trinidad que está en lo más íntimo del
ser humano. La fe tiene ojos más sutiles que los propios ojos de la carne.
Para ver a Cristo no se ha de olvidar que está presente en todo ser humano,
especialmente en los pobres. El Evangelio nos recuerda que cualquier cosa
que hagamos a los débiles y pequeños, es al mismo Cristo a quien se la
hacemos.
Dichosos los que
creen (Jn 20, 29). El gozo de la fe se manifiesta transmitiéndosela a los
demás. Incluso cuando este cometido, como en el caso de los misioneros,
impulsa a salir de uno mismo, de su propia casa y país, para hacerse
peregrino por lugares lejanos anunciando el nombre y la vida de Jesucristo.
Podríamos preguntar a nuestros misioneros y misioneras: ¿Por qué dejasteis
vuestra casa y vuestra familia? ¿Qué hacéis en países tan lejanos y tan
distintos al vuestro? ¿Cuáles son vuestros proyectos y los resultados que
habéis obtenido? La respuesta sería más que sorprendente. Con los pocos
medios con los que cuentan, realizan una admirable labor evangelizadora y de
promoción humana y social.
En el
DOMUND 2007
lanzamos un reto a todos los españoles. Abrirse a la fe, reforzar su fe
quizá debilitada. Será el revulsivo que abrirá el corazón a horizontes
nuevos. Que esta Jornada Mundial de las
Misiones que celebramos el día 21 de octubre
pongamos nuestros ojos en el rostro de Cristo, que nos mira como al apóstol
Tomás y nos hará sentir la dicha de creer.
Que la Virgen Madre, Reina de las misiones, nos ayude
a permanecer en el gozo de la fe en Jesucristo y en el deseo de comunicarla
a todos los hombres.
Con mi afecto y mi
bendición,
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