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“El
pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz”.
Sin un conocimiento profundo del Cristo Resucitado puede alcanzarse un
aceptable nivel económico, pero no hay luz, no hay esperanza, no hay
amor. ¿Dónde, pues, encontrará la humanidad la plenitud ansiada? El
hombre de hoy “está conociendo grandes conquistas, pero parece haber
perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia”
(JUAN PABLO II, RMi, 2).
“Yo soy
la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas sino que tiene
la luz de la vida”.
Así se nos presenta el Hijo de Dios hecho hombre. Podemos caminar con El
y en El. En verdad su Palabra es lámpara que ilumina nuestros senderos.
¡Cuántas veces acogiendo el mensaje de la Sagrada Escritura hemos visto
los acontecimientos de nuestra vida, alegres o dolorosos, con otra luz,
la luz de Dios! Nuestra respuesta a la compleja problemática de nuestra
cultura es la persona de Jesús. Los cristianos lo experimentamos. No
seguimos a un personaje de la historia pasada, sino a Cristo vivo,
presente en el hoy y en el ahora de nuestras vidas. Es nuestra buena
noticia. Él es el Viviente que camina a nuestro lado, descubriéndonos el
sentido de los acontecimientos, de la vida con todas sus preocupaciones,
del dolor y de la muerte, de la alegría y de la fiesta. Su Espíritu
entra en nuestros corazones con su luz transformadora y permanece
gratuitamente en ellos.
Quien se fía
de la Palabra hace posible que en su vida habite Dios: «El que me ama se
mantendrá fiel a mis palabras. Mi Padre lo amará, y mi Padre y yo
vendremos a él y viviremos en él» (Jn 14,23). La misión nace de una
experiencia y de un encuentro con Jesucristo, y siempre requiere antes
que anunciar el Evangelio estar muy seguros de poder entablar una
relación de amistad profunda con el que se va a anunciar: Jesucristo. El
anuncio tiene como base el encuentro, y si este se da, ni siquiera se
requiere hablar, porque el testimonio es ya anuncio. Lo que me motivó en
mi juventud a entregarme al Señor no fueron las predicaciones que oí,
sino la experiencia y testimonio del sacerdote de mi pueblo y de las
gentes sencillas que conocí. Pero la lectura de la historia de los
santos me llenaba el corazón y ellos me invitaban a seguir con alegría e
ilusión el Evangelio de Cristo. La misión es dejarse guiar por la Luz de
la Palabra, y ella hará auténticos milagros.
“Las naciones
caminarán a su luz”
(Ap 21,24).
La misión de la Iglesia es iluminar con la luz del Evangelio a todos los
pueblos en su camino histórico hacia Dios. Debemos sentir el ansia y la
pasión por iluminar a todos los pueblos con la luz de Cristo, que brilla
en el rostro de la Iglesia, para que todos se reúnan en la única familia
humana, bajo la paternidad amorosa de Dios. La Iglesia no actúa para
extender su poder o afirmar su dominio, sino para llevar a todos a
Cristo, salvador del mundo. El anuncio de Jesucristo y del Evangelio a
los hombres de nuestro tiempo, es sin duda alguna el mejor servicio que
puede prestar la comunidad cristiana a la humanidad entera” (Evangelii
nuntiandi, 1). La Palabra de Dios no es una palabra hueca y sin
contenido, como suelen ser las palabras nuestras. Es un auténtico
encuentro con Jesucristo que nos habla, comprende, alienta y fortalece.
Es tan importante en la experiencia humana que cuando los no creyentes
escuchan de nuestra boca los dichos de Dios admiran su belleza y su
grandeza; pero si luego se dan cuenta de cómo nuestras obras no
corresponden a nuestras palabras, entonces se escandalizan.
En el
Domingo Mundial de las Misiones 2009, recordamos de un modo especial a
los misioneros. Han hecho de su vida una exclusiva consagración al
trabajo de evangelización. Algunos de ellos se encuentran testimoniando
y difundiendo el Reino de Dios en situaciones de persecución, con formas
de opresión que van desde la discriminación social hasta la cárcel, la
tortura y la muerte. No son pocos quienes actualmente son llevados a la
muerte por causa de su “Nombre”. Agradecemos de un modo especial el
trabajo de la Delegación Diocesana de Misiones para mantener en nosotros
viva la preocupación por anunciar la Buena Noticia aquí y hasta los
confines de la tierra.

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