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Queridos diocesanos:
La Jornada Mundial del emigrante y del refugiado de este año subraya una
realidad: el emigrante no está solo, tiene una familia, que es muy
importante para él. La mayoría de las veces deja su patria transido por el
dolor de tener que dejar muy lejos a los suyos y con el deseo imperioso de
volver pronto a su tierra y con su familia. Pero muy pronto sufre el dolor
de la frustración y ha de asumir que no volverá a su tierra en breve tiempo. En la emigración, la
familia sufre especiales dificultades como la separación, el desarraigo, las
barreras de todo tipo para la reagrupación, el aprendizaje del nuevo idioma,
la adaptación al nuevo ambiente con distintas costumbres, la integración en
la comunidad de fe… El Beato Juan XXIII calificó la separación de las
familias por motivos de trabajo como una “dolorosa anomalía” e hizo un
llamamiento a tomar conciencia de ella y a hacer todo posible para
eliminarla.
A veces los esposos, separados físicamente y víctimas de un fuerte
sentimiento de soledad, acaban estableciendo nuevas relaciones que generan
nuevos afectos y se rompen así los vínculos matrimoniales originarios. “El
éxodo de tantos bolivianos está ocasionando la ruptura de muchas familias y
la falta de protección y abandono de muchos de nuestros niños y jóvenes”,
denunciaban los obispos bolivianos en su última Asamblea Plenaria.
Cuando se consigue la anhelada reagrupación familiar no es fácil la
inserción y la participación en el nuevo país. Las familias de los
emigrantes tienen sus derechos en lo que se refiere a la escolarización de
sus hijos, a la atención sanitaria, al acceso a un puesto de trabajo para
poder salir adelante, etc… que no siempre pueden satisfacer plenamente.
Prestemos especial ayuda a la familia emigrante cuando comienza una nueva
etapa de convivencia tras años de separación, desconociendo por lo general
nuestro sistema educativo y sintiendo preocupación por el futuro de sus
hijos. En las reunificaciones familiares las trabajadoras sociales, en
particular las religiosas, pueden llevar a cabo un beneficioso servicio de
mediación, digno de ser más valorado cada día. Tampoco olvidemos que en
algunas pequeñas aldeas los hijos de nuestros emigrantes permiten que el
Colegio siga abierto, no obstante la escasez de alumnos.
Es verdad que se está trabajando mucho por la integración de las familias de
los emigrantes entre nosotros, pero queda aún mucho por hacer. Es por tanto
necesario predisponer acciones legislativas, jurídicas y sociales para
facilitar dicha integración. En estos últimos tiempos ha aumentado el número
de mujeres que abandonan su país de origen en busca de mejores condiciones
de vida, pero no son pocas las que terminan siendo víctimas del tráfico de
seres humanos y de la prostitución. En España no podemos olvidar que seguimos
viviendo la situación de numerosas personas que llegan a nuestro país sin
los requisitos legales que les garanticen un trabajo y una vivienda dignos y
un futuro con esperanza; a veces sucumben en el intento. Y como bien
sabemos, con frecuencia son víctimas de desaprensivos que los explotan antes
de salir de sus respectivos países, en el viaje o en la llegada al nuestro. Invito a los católicos
en particular y a los ciudadanos en general a ver a los emigrantes y a sus
familias no como una carga o un peligro, sino como una riqueza para nuestra
sociedad. Esforcémonos en acogerlos cordialmente, en servirlos como hermanos
y en facilitarles su pacífica y enriquecedora integración. “Si no se
garantiza a la familia inmigrada una real posibilidad de inserción y
participación – nos dice el Papa en su Mensaje -, es difícil prever su
desarrollo armónico”. Mi reconocimiento y gratitud a tantas personas
que prestan, en las administraciones públicas, en las instituciones y
organizaciones públicas y privadas, de la sociedad y de la Iglesia, en el
voluntariado o individualmente, a los inmigrantes y a sus familias, tanto en
la acogida y acompañamiento, como en el proceso de integración, y otros
servicios. Aliento especialmente a Caritas, a las parroquias que atienden a
los emigrantes, a los servicios de los religiosos… por la labor de acogida,
acompañamiento, orientación y por otras respuestas concretas.
Hemos contemplado en Navidad a la Familia de Nazaret,
una familia emigrante. Una familia que ha compartido la suerte de tantos
que, por motivos bien sabidos: las sequías, el hambre y la falta de recursos
económicos, la persistencia de guerras que no cesan, el terrorismo y la
persecución ideológica y religiosa, se ven obligados a abandonar el propio
país. A ella encomendamos a nuestras familias de emigrantes.
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