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1. El amor, artículo de primera necesidad
En el Occidente del siglo
XXI que vive la sociedad del bienestar por encima de todo, de la
conquista del espacio, de las guerras de diseño, de la cirugía estética,
de los campos de golf y los móviles de sexta generación... la gente no se
siente querida, el hombre se siente huérfano, sólo y triste. En definitiva
necesita, más que nunca amor. Para los gravísimos problemas de
subsistencia en el Tercer Mundo, la solución es el amor solidario. Pienso
que implícitamente este mensaje es el que nos quiere transmitir el Papa
Benedicto XVI cuando ha escogido como tema de su primera Carta encíclica
sobre "el amor divino como fundamento de la misión eclesial de la caridad.
2. El amor nos descubre lo más profundo de Dios y del ser humano
Por otra parte, con esta
elección, el Papa ha ido directamente al 'corazón de la fe cristiana'
porque cuando Dios nos ha desvelado su secreto más íntimo nos ha dicho que
su rasgo más bello y más propio es el amor. ¿Quién es Dios? "Dios es
amor", responde San Juan (1 Jn 4,8). El Sucesor de Pedro nos ha mostrado
la entraña del cristianismo y lo que es decisivo para todo hombre y para
la entera comunidad humana. Y, por otra parte, se ha acercado también al
fondo de la realidad del hombre y de su camino en la historia. Cuando nos
preguntamos: ¿quién es el hombre? La respuesta más adecuada es:
el ser que ha nacido para amar y ser amado. Benedicto XVI es el Papa de lo
esencial.
3. El amor ha ocupar el centro de la Iglesia y de su pontificado
Con esta primera
encíclica el Papa Benedicto nos dice que en el centro de su pontificado y
en el centro de la Iglesia del Señor hay que poner el amor. Un amor que
tiene como una doble vertiente, "del cual Dios nos colma, y que nosotros
debemos comunicar a los demás" (n.1). Excluyendo el espiritualismo que
pretende refugiarse exclusivamente en el amor a Dios y, por otro lado, un
amor centrado sólo en la parte corporal del hombre subraya: "Sólo cuando
el amor a Dios y a los demás se funden verdaderamente en una unidad, el
hombre es plenamente él mismo" (n 5). El amor erótico, ebrio e
indisciplinado, puede reducirse a sexo y entonces degrada al ser humano,
porque lo convierte en mercancía que se puede comprar y vender. Pero no
hay que rechazarlo ni menospreciarlo porque, transfigurado en agapé, puede
convertirse en don de uno mismo que no muestra miedo ni a la renuncia ni
al sacrificio, y entonces le ennoblece. El amor humano, sobre todo el amor
del varón y de la mujer que el sacramento del matrimonio santifica, es una
de las expresiones más bellas del amor de Dios y nos hace gustar de
antemano algo del amor divino. "El agapé cristiano, el amor por el prójimo
en el seguimiento de Cristo, no es algo distinto, colocado junto o incluso
contra el eros; al revés, en el sacrificio que Cristo ha hecho por el
hombre, ha encontrado una nueva dimensión que, en la historia de la
dedicación caritativa de los cristianos a los pobres y necesitados, se ha
desarrollado cada vez más", explicaba el mismo Papa dos días antes de
publicar su encíclica.
"El amor es 'extasis'
-comenta el Papa-, pero no en el sentido de un arrebato momentáneo, sino
como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su
liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el
reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios" (n.
6).
4. La caridad, razón de ser de la Iglesia
No se puede separar el
amor a Dios y el amor a los hombres. La caridad no es una actividad más de
la Iglesia, sino su razón de ser. "Toda la actividad de la Iglesia es la
expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano". No es
buen camino oponer justicia y caridad. "Los pobres, se dice, no necesitan
obras de caridad, sino de justicia. Las obras de caridad -la limosna-
serían en realidad un modo para que los ricos eludan la instauración de la
justicia y acallen su conciencia, conservando su propia
posición social y despojando a los pobres de sus derechos. En vez de
contribuir con obras aisladas de caridad a mantener las condiciones
existentes, haría falta crear un orden justo, en el que todos reciban su
parte de los bienes de este mundo y, por tanto, no necesiten ya las obras
de caridad. Se debe reconocer que en esta argumentación hay algo de
verdad, pero también bastantes errores" (n. 26) "El amor -cáritas- será
siempre necesario incluso en la sociedad más justa [...] La afirmación
según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de
caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de
que el hombre vive 'sólo de pan' (Mt 4,4; cf. Dt. 8,3), una concepción que
humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente
humano" (n. 28) . En definitiva, la caridad es inseparable de la justicia
y su mejor complemento.
La Palabra, los
sacramentos y la caridad son el trípode que sostiene a la Iglesia.
"Practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los
enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia [de la
Iglesia] tanto como el servicio de los sacramentos y el anuncio del
Evangelio" (n. 22). "Para la Iglesia la caridad no es una especie de
actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino
que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su
propia esencia" (n. 25).
"Por tanto es muy
importante que la actividad caritativa de la Iglesia mantenga todo su
esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica,
convirtiéndose simplemente en una de sus variantes: a) ...la caridad
cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad
inmediata en una determinada situación; b) La actividad caritativa de la
Iglesia ha de ser independiente de partidos e ideologías; c) Además, la
caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera
proselitismo" (n 31).
Los que desempeñan el
servicio de la caridad en la Iglesia "no han de inspirarse en los esquemas
que pretenden mejorar el mundo siguiendo una ideología, sino dejarse guiar
por la fe que actúa por el amor (cf. Gal 5,6) " (n. 33) "En su himno a la
caridad (Cf. 1 Cor 13), san Pablo nos enseña que ésta es siempre algo más
que una simple actividad: "Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y
aun dejarme quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve" (v. 3) ... La
actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el
amor por el hombre, un amor que se alimenta en el encuentro con Cristo".
¿Cómo dar sin humillar?
"La íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del
otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille
al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser
parte del don como persona" (n. 34) "El contacto vivo con Cristo es la
ayuda decisiva para continuar en el camino recto: ni caer en una soberbia
que desprecia al hombre y en realidad nada construye, sino que más bien
destruye, ni ceder a la resignación, la cual impediría dejarse guiar por
el amor y así servir al hombre. La oración se convierte en estos momentos
en una exigencia muy concreta, como medio para recibir constantemente
fuerzas de Cristo" (n. 36)
5. Lectura íntegra y meditada
Nos encontramos ante un
escrito denso, propio de un gran hombre de fe y de un gran pensador. La
primera encíclica del Papa Benedicto XVI está cargada de matices, de
sugerencias y ricas orientaciones. Hemos de leerla y meditarla en su
integridad para ser reconfortados y reemprender, animosos, el camino de la
Iglesia que no es otro que el camino de Cristo, a saber, el camino del
amor. Sobre él nos preguntarán en el último examen.
Esta carta-encíclica se
ha hecho pública el 25 de enero, fiesta de la conversión de S. Pablo.
Nadie cómo él ha experimentado la fuerza del amor de Dios y nadie como él
ha cantado el amor cristiano, que no es orgulloso ni egoísta, no se alegra
de la injusticia, sino que goza de la verdad, disculpa sin límites, espera
límites..., el amor no pasa nunca.
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