diócesis de mondoñedo-ferrol

 

 

                                                                   presencia evangelizadora de los seglares en el mundo

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

 

 

 

"El laico es un hombre de la Iglesia en el corazón del mundo y un hombre del mundo en el   corazón de la Iglesia" (Card. MOREIRA).
 
 
1.Vivir la vida de otra manera como fruto del encuentro personal con Cristo: la vida cristiana
 

El encuentro personal con Cristo cambia radicalmente la vida. Es El quien toma la iniciativa en  nuestra vida; El se convierte en el centro.
Así le ocurrió a la samaritana. Todo cambia: el agua del pozo no vale gran cosa comparada con el agua de vida eterna que entrega Jesús. Nos sentimos purificados, pacificados, humanizados, misericordiosos….  La fuerza apostólica del cristiano descansa en la conversión personal. No pretendemos cambiar el mundo de fuera hacia dentro, sino de dentro hacia fuera. El amor del Padre, la gracia de Jesucristo, la fuerza del Espíritu actúan así, respetando la libertad, motivaciones, deseos de la persona. Tenemos muchos cristianos bautizados, pero pocos cristianos en serio proceso de conversión. Esto reclama experiencias de encuentro personal con Jesucristo, porque lo nuestro no es prioritariamente una doctrina o una ética. Es la persona viva de Jesús la que hay que acoger personalmente para encontrar el sentido último y definitivo a nuestra historia. “No será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!” (Juan Pablo II, NMI. 29)
 

El Papa Benedicto XVI manifestaba al comenzar su ministerio como sucesor de Pedro: “Únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” . Y añadía a continuación: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo” con este grito invitaba a jóvenes y adultos a abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, el Hijo de Dios vivo.


 


2. De esa vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la evangelización
 
La misión de la Iglesia entera, por tanto también de los seglares, es la evangelización: "Nosotros queremos confirmar una vez más que la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia; una tarea y una misión que los cambios amplios y profundos de la sociedad hacen cada vez más urgentes. Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para practicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la santa Misa, memorial de su muerte y resurrección" (PABLO VI, EN. 14).
 
El Papa Benedicto no quiere una Iglesia que se mire constantemente a sí misma, sino una Iglesia unida en torno a Cristo. Porque la Iglesia no tiene la misión de iluminar al mundo con la propia luz, sino con la de Jesucristo. Siendo todavía cardenal levantó su voz para advertir: “Cuantas más vueltas de la Iglesia sobre sí misma y no tenga ojos mas que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no vive en ella la primacía de Dios, no puede vivir ni dar fruto” . La Iglesia con frecuencia se ocupa demasiado de sí misma y no habla con la fuerza y la alegría necesarias de Dios, de Jesucristo. Mientras el mundo no tiene sed de conocer nuestros problemas internos, sino del mensaje que ha dado origen a la Iglesia: el fuego que Jesucristo trajo a la tierra. La crisis de nuestra cultura se funda en la ausencia de Dios y tenemos que confesar que también la crisis de la Iglesia es en buena parte la consecuencia de una difundida marginación del tema de Dios. Sólo podremos ser mensajeros creíbles de Dios viviente, si este fuego se enciende en nosotros mismos. Sólo si Cristo vive en nosotros el Evangelio anunciado por nosotros muestra la presencia de Cristo hoy y toca los corazones de nuestros contemporáneos” .
 

 


3. En el mundo
 
a) Mirar el mundo con amor.
 
Pablo VI aclaraba  en la Apertura de la segunda etapa conciliar (29-09-1963): "Miramos a nuestro tiempo y a sus variadas y opuestas manifestaciones con inmensa simpatía y con un inmenso deseo de presentar a los hombres de hoy el mensaje de amistad, de salvación y de esperanza que Cristo ha traído al mundo. Que lo sepa el mundo: la Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito no de conquistarlo, sino de servirlo; no de despreciarlo, sino de valorarlo; no de condenarlo, sino de confortarlo y de salvarlo".
 

Porque una cosa es mirar al mundo críticamente y otra rechazarlo. La Iglesia quiere compartir los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres, sobre todo de los pobres y afligidos a los que ha sido enviada. Vivir plenamente inmerso y participando de las circunstancias culturales, económicas, sociales y políticas del mundo forma parte de la identidad del cristiano y no nos es lícito a los seglares ‘huir del mundo’ y ni siquiera descuidar lo que se llaman ‘compromisos temporales’ separando fe y vida, como advirtió muy seriamente el Concilio (Cf. GS 1 y 43).
 
b) Asumir la secularidad
 

La secularidad es antes una dimensión constitutiva de la Iglesia que una característica peculiar de laicado. La Iglesia necesita pasar la frontera y adentrarse en el mundo. La Iglesia "tiene una auténtica dimensión secular, inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo Encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros" (PABLO VI). Todos los miembros de la Iglesia somos partícipes de su dimensión secular, pero lo somos de diversas formas.
 
El descubrimiento de la dimensión secular de la Iglesia lleva directamente a reconocer y valorar en su justa medida, la identidad y responsabilidad específicas de los seglares dentro del Pueblo de Dios. En ellos adquiere una modalidad propia de actuación y función. El mundo es para ellos:
 
a) el lugar donde son llamados por Dios (LG. 31). El Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental, sino como una realidad destinada a obtener  en Jesucristo la plenitud de su significado (LG. 48).
 
b) el ámbito y el medio de su vocación cristiana. La vocación cristiana no los saca del mundo, sino que los seglares "son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas" (LG. 31). La presencia de los cristianos en el mundo ha de ser visible e incisiva como ‘levadura evangélica’, como ‘sal y luz’ del mundo. De lo contrario corremos el riesgo de dejar de ser ‘resto’ (en terminología bíblica) para convertirnos en ‘residuo’ marginal e irrelevante.
 
Ser y actuar en el mundo no es, pues, para los seglares una realidad solamente antropológica y sociológica, sino también y específicamente teologal (Cf. CL.15).
 
"La vida entera del seglar queda profundamente impactada, interiormente troquelada y existencialmente modalizada por la familia y la profesión, la construcción de la ciudad presente; como en el presbítero viene mediada su condición cristiana por el ministerio pastoral o en el religioso por la ‘profesión’ de los ‘consejos evangélicos’" (R. BLAZQUEZ, La Iglesia del Concilio Vaticano II, 381).
 
A través de los laicos fundamentalmente y con ellos la Iglesia penetra en los ambientes; no van de uno en uno, son Iglesia y como Iglesia están en el mundo, en el ámbito de lo secular. En una sociedad secularizada como la nuestra en la que la Iglesia como institución ha perdido influjo y poder social, el seglar es el misionero por antonomasia. El futuro de la Iglesia depende en gran parte del apostolado de los laicos.
 
Y los seglares están en el mundo para llevar a cabo la 'consagración del mundo': metidos en la densidad y espesura de lo real son capaces de orientarlas hacia el reino de Dios, pero sin anular su profanidad y mundanidad. Para el cristiano no hay espacios neutros en la sociedad. Ponen a Cristo en el centro de la existencia humana en todos los ámbitos de la vida, sin excluirlo de ninguno ni crear compartimentos estancos. La ambigüedad de lo real nos previene ante un optimismo ingenuo. En la sociedad actual se dan contravalores y resistencias al plan de Dios, pero no podemos condenar a la ligera las realidades terrenas y tener una visión pesimista del mundo, que sólo percibe en él peligros y amenazas para la fe cristiana. El discernimiento realista de los criterios, compromisos y actuaciones de la Iglesia y de los creyentes a la hora de entender su presencia en la sociedad, será la consecuencia que espontáneamente se ha de seguir de esta visión cristiana del mundo.
 
El tipo de laico presente en el mundo no hay que magnificarlo: no se trata sólo de élites dotadas de una fuerte carga de iniciativa histórica. También la gente común, incluso los que parece que aportan poco o nada a la sociedad de su tiempo (ancianos, minusválidos, enfermos, niños, marginados...) todos ellos son capaces de aportar un acento y una orientación hacia el Reino donde lo distinto y lo múltiple queda ungido por la unidad luminosa y expansiva de Dios.

 


 
4. Desafíos del Mundo de hoy
 
1º) El problema fundamental del hombre de hoy no es sólo admitir a Dios o no, sino, aun admitiéndolo, creyendo en El, otorgarle la centralidad que le corresponde. Creer en el Dios que se ha manifestado en Jesucristo, no es compatible con los ídolos del poder, disfrutar.
 
Vivimos en una sociedad donde el laicismo fundamentalista está marcando su huella y asistimos a lo que Juan Pablo II llamó la “apostasía silenciosa”.
 
Necesitamos hombres y mujeres que a través de una fe iluminada y vivida hagan creíble a Dios. Con la mirada fija en Dios han de aprender lo que es la verdadera humanidad (Card. Ratzinger).
 
El anuncio de la Buena Noticia ha de tener carácter personal: “Dios existe y te ama”.


 
2º) Reforzar nuestra identidad Cristiana  ¿Cómo la vivimos? Hoy día tiende a relativizarse. El pensamiento débil lleva a identidades confusas, débiles, contradictorias. La identidad sustituida por diversidad y pluralismo.
 
Hemos de dar a nuestra identidad de cristianos una nueva fortaleza. Dar más mportancia a nuestro ser que nuestro quehacer. Necesitamos una autoconciencia cristiana renovada. Se trataría de redescubrir nuestro bautismo (renacimiento, transformación en una vida nueva). Y luego tener el coraje de ser nosotros mismos, bautizados que viven su bautismo hasta las últimas consecuencias.


 
3º) La misión. Hemos de hacernos presentes con una presencia incisiva en los areópagos  de un mundo que pretende hacernos invisibles. Vivimos en diáspora. No hay lugar para un cristianismo encerrado, mediocre, comprometido con la cultura que hoy prevalece.
 
Necesitamos minorías creativas. El problema no es ser minoría, sino dejar de ser ‘resto’ de Israel para convertirnos en ‘residuos’, en marginados. La sal es pequeña pero hace una labor enorme. ¿No somos sal que no sala nada?
 


     

5. Pasos previos
 
5. 1. Deshacer prejuicios
 
La Iglesia y la religión están desprestigiadas hoy y en no pocas ocasiones son objeto de crítica y de burla. Los comentarios, los ejemplos,
la fuerza del ambiente favorece todo lo que satisface los gustos y los instintos sin ningún criterio moral ni la menor aspiración espiritual. Las normas morales se ven como limitaciones irracionales de la libertad y de la felicidad a la que todos tenemos derecho. Todo parece que está en contra.


Las religiones, dicen, no aportan nada a la sociedad, se fundan en ‘dogmas’ que impiden la convivencia, no se llevan bien con la democracia. Han originado conflictos sociales cuando no guerras de religión. Por lo tanto, ahora es la sociedad laicista el mejor marco para la convivencia. No se distingue entre las religiones y los fundamentalismos religiones y no se tiene en cuenta que también hay patologías laicistas.


Todas las religiones son iguales. Cada uno puede profesar la que le venga en gana o no creer. Pero todas han de pertenecer al ámbito privado de cada uno.


El cristianismo ya tuvo su tiempo y pertenece al pasado. La Iglesia Católica pretende oponerse a todo lo que significa avance científico y tecnológico, defiende una moral pasada e inaceptable para el hombre de hoy. Perdió a los intelectuales, a los obreros… y ahora está a punto de perder a la mujer.


 
5.2. Predominio de la experiencia
 
Si el recurso a la experiencia es un elemento necesario para la comprensión de todos los ámbitos humanos, en el terreno religioso esa
necesidad resulta inaplazable para evitar una presentación intelectualista y abstracta de la fe al margen de un contacto íntimo con el ser y la vida del hombre. Como señalaba J. Mouroux: “Y cuando el hombre moderno se dirige al cristianismo es para decirle: ¿Qué experiencia válida me puedes aportar?”.
 
El cristianismo, antes de integrar un conjunto de verdades susceptibles de reflexión teológica, se constituye como una experiencia, una experiencia de fe, esperanza y amor que brota de la respuesta personal a la iniciativa gratuita de la revelación divina, y que se plasma en los diversos ámbitos de la vida.
 

Hablamos de una experiencia cristiana de Dios, no de una experiencia religiosa sin más; algo que puede resultar sumamente ambiguo y digno de sospecha o, al menos, necesitado de discernimiento. Es verdad que la fe no se reduce a una experiencia interior del creyente, pero tampoco se comprende sin ella. La relación con Cristo no es algo fabricado por nuestra imaginación y, por tanto, irreal. La relación, si quiere ser verdadera y no fingida, ha de establecerse con la persona real y existente, con Cristo, el Señor resucitado. Pero su ser actual escapa a los modos de nuestra corporeidad histórica, que siempre busca los rasgos de un rostro concreto. De ahí la tentación espontánea a concentrarse en Jesucristo, con su figura histórica y su estilo descrito en los evangelios. Las narraciones de las apariciones del resucitado nos pueden servir de guía para entender cómo se puede entablar una relación personal con Jesucristo y tener una experiencia de él. Es verdad que son construcciones imaginativas  a base de los recuerdos de Jesús a quien habían visto y oído, pero narran un acontecimiento real  pues verdaderamente el Señor se les apareció reavivando su fe y transformando su vida. De ese modo, la función del recuerdo imaginativo consiste en dar concreción a la experiencia actual, de modo que no quede diluida y psicológicamente ineficaz. Ellos reconocen a Jesús e identifican al Resucitado con el Crucificado porque, entre otras cosas, conserva sus llagas gloriosas. Sus rasgos anteriores –amor, ternura, cuidado, entrega- ya no son visibles, pero no por haber desaparecido, sino por estar potenciados al máximo. La experiencia de Jesús no es algo intimista: él no es un espacio abstracto o una fuerza neutra, sino una presencia personalísima. La intimidad con Jesús nos lanza hacia Dios, Padre suyo y Padre nuestro, y hacia los hombres, nuestros hermanos. Los evangelios no hablan de un Jesús ausente o imaginario, sino que –mediante la concreción del recuerdo histórico- nos remiten al Cristo real que habita en nosotros, para descubrir y discernir su presencia y su llamada concreta a través de nuestro ser y de cada situación. Bajo la acción del Espíritu Santo, en la fe, la experiencia de  Dios produce una cierta inmediatez (no por las solas referencias o mediación de realidades distintas), es  interior y personal (en relaciones personales y presentes, no por meras evocaciones de la memoria), es transformadora y comprometedora, porque cambia los juicios de valor y las actitudes de la persona. Hemos de tener en cuenta que, aunque la caridad sobrenatural no se identifica simplemente con la vida emotiva, tampoco discurre por cauces totalmente diferentes. Los dones de gracia  y las experiencias de Dios,  la Iglesia los recibe con agradecimiento y los custodia con fidelidad. No siempre adquieren un carácter extraordinario y visible; en no pocas ocasiones son dones de caridad que pasan desapercibidos para muchos, pero repercuten beneficiosamente en la Iglesia.
 
"Los hombres -afirma bellamente Olegario González de Cardedal- no se convierten ante una noticia, una doctrina o una promesa, sino ante una persona que se nos ha puesto en el camino, nos ha cegado primero para hacernos luego ver, nos ha obligado a volver cambiando la dirección de nuestra marcha (conversión), nos ha referido a los que antes le vieron (comunión) y nos ha enviado a testimoniarle ante todos los demás (misión apostólica)"  . La tradición de la fe no representa un lastre, sino una bendición. Otra cosa son las tradiciones diversas
 

"Y si alguna vez se alcanza trato en serio con Dios, ya no hay manera de darle esquinazo, de quitárselo de encima. No hay comida que más sacie, compañía que menos disperse, ni amor de tan fuerte y libre atadura. No se trata, pues, de ningún acoso o de necesidad por parte de Dios. Pero sucede que, cuando la antena de la memoria capta y emite sus señales, en el caso de que intentes salir de otros encuentros a escondidas o por la puerta de atrás, tienes que pedirle paso. Así es que es mejor invitarle a todo y que sea lo que El quiera" (M. CARRION, Primera memoria (Eucologio), Cálamo, Palencia 2003, 10-11).

 


5.3. Tener en cuenta al hombre de la imagen.


Lo que en realidad acontece es lo siguiente:
 
- la proliferación de mensajes, con la fascinación caótica que generan;
- la opacidad de la propiedad y orientación de las fuentes de información;
- el deslizamiento de la función propiamente informativa hacia el campo de lo que hoy se llama entretenimiento;
- la trivialización de los aspectos culturales y teóricos;
- el sensacionalismo y la falta de objetividad que suele padecer el tratamiento de los temas religiosos;
- el entreveramiento doctrinal de los medios, convertidos en plataformas ideológicas de amplio espectro, mas no por ello libremente
pluralistas;  todos estos inquietantes fenómenos nos han alejado todavía más a los ciudadanos de a pie, y a las iniciativas cívicas autónomas, de los centros tecnoestructurales vinculados al Estado y al mercado, desde los que se sigue intentando orientar unilateralmente la opinión pública y la gestión de los asuntos de interés general.
 
Hay que pasar de la cultura de la información a la cultura del saber. Por su propia naturaleza, la información es homogénea, transmisible,
encapsulable, standard. En cambio, el conocimiento es originario, crítico, personalizado, dialógico, emergente. No se trata, como es obvio, de dos dimensiones contrapuestas, porque la información implica adquisición de conocimientos y el conocimiento no puede florecer sin una alta dosis de información.


 
5.4. Recuperar la alegría del cristianismo.
 
Antes de nada hemos de quitarnos de encima los pesimismos, los miedos, los desalientos. No podemos dejarnos dominar por el fatalismo y la desesperanza. Benedicto XVI cuando preparaba su viaje a Baviera dijo que iba con la intención de ayudar a su gente a “recuperar la alegría del cristianismo”. Somos muchas veces cristianos tristes, porque añoramos épocas pasadas, porque vemos amenazado el futuro de la Iglesia. Esta tristeza nos lleva a vivir un cristianismo angustiado, sin atractivo, o bien un cristianismo recortado, cohibido,  condescendiente.
 
Esta alegría no puede apoyarse en la ignorancia de las dificultades del momento, sino en la fe en la bondad de Dios y en el valor del evangelio y de la persona de Jesucristo. La Buena Noticia de Jesús vale hoy como ayer, responde a las aspiraciones más profundas de los corazones, es capaz de despertar la fe y llenar la vida de nuestros jóvenes. Con la alegría nos vendrá la confianza que necesitamos para emprender una labor apostólica verdaderamente evangelizadora, una actividad pastoral que salga de los límites de nuestra rutina y vaya a buscar gente nueva, a anunciar el evangelio a los que no frecuentan nuestros templos ni nuestras reuniones. No es soberbia ni petulancia pensar que tenemos algo importante que aportar a la vida de las personas y a la vida de la sociedad. El conocimiento de Cristo y la fe en Dios es la ayuda mejor para la realización de las personas, para la felicidad y para la justicia y la estabilidad en una sociedad. En otros países más democráticos y más laicos que el nuestro estas afirmaciones comienzan a ser reconocidas por los políticos (Sarkozy).


 
5.5. El catolicismo una opción positiva
 
El Papa acaba de decirnos que es preciso redescubrir el cristianismo no como un conjunto de prohibiciones sino como una opción positiva, una opción de vida, un camino de recuperación y rescate de lo mejor de nuestra humanidad. Pero entendámoslo bien, para presentar el cristianismo como opción positiva de vida y de esperanza no hay que maquillarlo ni recortarlo, es el cristianismo por sí mismo, el cristianismo entero, como sistema de vida coherente y completo lo que es una opción de vida que llena el corazón y las aspiraciones más profundas de los hombres de todos los tiempos.
 
Nuestro mundo necesita a Dios. Y necesita precisamente al Dios que anuncia Jesucristo, el Dios que es amor, que asegura la vida, que nos invita a poner el ideal de nuestra vida en el amor, que ensancha y fortalece nuestra libertad. Por eso el evangelio de Jesús es buena noticia, la buena noticia  de la verdad del hombre, de la belleza y posibilidad de nuestra vida.
 
Tenemos que cultivar la seguridad de que los hombres y mujeres de hoy, aunque nos vuelvan la espalda, aunque ellos no lo sepan, necesitan conocer a Jesús y creer en El para ser felices del todo. Pero tenemos que acercarnos a ellos con mucho amor, con mucha paciencia, con mucha misericordia. Cuando la luz del esplendor de Jesús ilumine sus corazones se alegrarán y se darán cuenta de su pobreza espiritual. Serán como el beduino que camina por el desierto muerto de sed,  y de repente encuentra un oasis. Recobra la vida y se da cuenta de la sequedad en que vivía.


 
5.6. Recuperar la confianza
 
Hoy es difícil ser cristiano de verdad. Pero nunca ha sido fácil. Tenemos que ver que en el fondo del corazón mucha gente está deseando otra cosa. El pecado no sólo ofende a Dios, sino que también destruye al hombre. El pecado tarde o temprano produce sufrimiento, desamor, injusticia, soledad, desesperanza. Las familias se rompen, las personas se enfrentan, los amigos defraudan, la vida se hace cada vez más sombría y más sin sentido. Pero como en la parábola del hijo pródigo, la experiencia del pecado despierta la nostalgia de la vida con Dios. Aunque haya mucha gente que anda fuera de los caminos, la gente necesita que haya de vez en cuando luces encendidas, iglesias abiertas, comunidades cristianas que les sirvan de recordatorio y de referencia, donde saben que van a ser acogidos en cuanto ellos quieran, en donde van a encontrar la paz, el perdón, la tierra firme de la que ahora ellos están huyendo por la fuerza del ambiente y la seducción de los poderes de este mundo.


 
5.7. Mitigar los personalismos y fortalecer la unidad
 
Para que podamos ofrecer esta esperanza de salvación a nuestro mundo es preciso que seamos capaces de dar un testimonio de unidad. No podemos dar el espectáculo con nuestras divisiones, nuestras críticas, nuestras rebeldías hacia la Iglesia.  Unidad en la doctrina, en el culto litúrgico, en los comportamientos morales de la comunidad cristiana.
 
Al hablar de la unidad hay que referirse también a la necesidad de respetar las diferencias, aceptar generosamente todas aquellas diferencias que están aceptadas por la Iglesia y son compatibles con la fidelidad a la apostolicidad y la catolicidad de nuestra fe. A veces somos muy tolerantes y muy condescendientes con los que no son católicos o no están en comunión con la Iglesia y somos duramente intransigentes con los que viven dentro de la misma pero no coinciden en todo con nuestros criterios o nuestras preferencias. Ya pasó el tiempo de las disidencias y el Señor nos pide la unidad en lo fundamental para que podamos centrarnos con ilusión y eficacia en la misión.

 


 
A MODO DE EPÍLOGO
 
"Ir a Cafarnaúm significa para Jesús  salir de lo habitual, de lo previsto, afrontar el cambio, los encuentros con otras personas, eso que hoy llamamos hacerse cargo de la modernidad, de la complejidad, del pluralismo. Bajar a Cafarnaúm significaba para Jesús afrontar un nuevo modo de vida, encontrarse con gente distinta, vivir una cotidianidad marcada por el duro trabajo, por el sufrimiento, por lo nuevo y la inseguridad. No es casualidad que el evangelista Marcos describa la primera estancia de Jesús en Cafarnaúm como un encuentro con endemoniados y con toda suerte de enfermos (Mc 1,23.30.32).
 
Jesús no afronta este cambio de mala gana, permaneciendo aún como un nostálgico rehén de la mentalidad nazarena. Acepta Cafarnaúm hasta tal punto que se la llamará 'su ciudad' (Mt 9,1) No calla ante sus culpas, no ahorra los avisos hasta llegar a la invectiva, como se lee en el evangelio de Mt (cf. 11,23). Pero todo tiene su origen en un intenso amor, en  una presencia cotidiana, en una identificación con el destino y el  y los padecimientos cotidianos de sus gentes. [...]
 
No hemos querido que nuestra mente quede aprisionada por la nostalgia de situaciones ya pasadas. Estas situaciones tenían, a buen seguro, sus ventajas y su belleza. Pero nosotros hemos optado por inclinarnos con amor sobre lo que es nuestra sociedad de hoy, sobre las que son Nazaret, Cafarnaúm, Corozaín, Betsaida, Tiro, Sidón, Nínive o Babilonia del tiempo presente, sin sobrecargar ninguno de estos nombres con un tono de juicio, sino pronunciando cada uno de ellos con amor y simpatía. Este amor y esta simpatía no cierran nuestros ojos, lo mismo que no le cerraron los ojos a Jesús, que supo pronunciar palabras duras contra Cafarnaúm a su debido tiempo; lo mismo que no le cerraron los ojos a Jeremías, el cual fue capaz de estigmatizar a Babilonia en su momento. Más aún, el amor y la simpatía
nos han abierto los ojos para mirar todas las cosas con la voluntad sincera de vivir y juzgar a fondo las situaciones de la gente, situaciones que, por otra parte, también nos atañen a nosotros" (Cardenal Carlo Mª MARTINI, Sueño una Europa del espíritu, BAC, Madrid 2000, 51. 52)
 
                                             

   
   
   
   
   
   
 

10 de febrero de 2007

   
   
   
 
 

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