diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                          Cristo resucitado, fuente de vida y de alegría

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

 

 

 

Jesús vive. Y vive para siempre. Y es Señor y dador de vida. Esta buena noticia traspasa las fronteras y quema los labios de los cristianos. No, no es una ilusión ni el sueño deuna noche de verano. La resurrección de Jesús es el coronamiento de su historia y la seguridad de que el hombre no se pierde, sino que se salva. Cristo ha rasgado la viejatúnica del pecado y ha hecho florecer el árbol de la muerte. El Resucitado ha abiertopara nosotros las fuentes de la vida y la esperanza. No le fue fácil al Resucitado conquistar la confianza de los suyos. Al perder al Maestro se llenaron de miedo y desilusión. Utilizando una paciente pedagogía, Jesús les fue mostrando su nueva vida: se hizo tocar por Tomás, caminó y comió con los de Emaús, tristes y desconfiados por el naufragio de sus sueños. Y les echó en cara su incredulidad: “¡Qué necios y qué torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?”. En otra ocasión recriminó a sus discípulos:“¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?”
 

Con la luz de la Pascua, los discípulos comprendieron quién era realmente Jesús. Pasaron del conocimiento superficial a la fe convencida y al anuncio infatigable. ¡Hasta entregar la propia vida! A partir de entonces, la Buena Noticia se concentra en un hecho: ¡Jesús vive, ha resucitado! Así lo anuncia Pedro en los primeros discursos. Y Pablo dice sinceramente: «Si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y vuestra fe lo mismo. Además, como testigos de Dios, resultamos unos embusteros».
 

Hay, pues, un sepulcro vacío. Y unos discípulos que vuelven a ver al mismo Jesús de antes: el Resucitado conserva las llagas de su pasión en su cuerpo glorioso. San Pablo sostiene que, al ser traspasado por el soplo vital del Espíritu, el cuerpo de Jesús se ha vuelto incorruptible, fuerte, inmortal. Jesús ha entrado en la comunidad de amor del Padre para siempre.


Jesús resucitado crea una nueva humanidad. Recompone definitivamente nuestra amistad con Dios y abre para nosotros las fuentes de la vida divina. Jesús resucitado une a los hombres en su triunfo y les transforma a su imagen. Pedro le dice al lisiado que pedía a las puertas del Templo: «No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo: En nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar». El vigor físico y el gozo espiritual del lisiado son señal de la nueva humanidad inaugurada por la resurrección de Jesús. El hombre recupera su libertad integral.


En la resurrección de Jesús se cumple la esperanza humana de vencer a la muerte. El hombre no acaba de acostumbrarse a morir. Siempre sueña vivir para siempre. Pero la dura experiencia de la vida le ha amargado con el sufrimiento inevitable y la amenaza de la muerte. Ahora ya la muerte no es la última palabra. La vida no es un enigma sin meta ni un laberinto sin salida. Lo que le ocurrió a Jesús nos sucederá también a nosotros; su resurrección fundamenta y garantiza la nuestra. La resurrección de Jesús nos da una nueva luz y una nueva energía para soportar las dificultades de la vida. Nuestras vidas están llenas de preocupaciones, miedos y ansiedades. Nunca podremos escapar totalmente de ellas. Pero el Resucitado nos capacita para no permanecer clavados a ellas.


Nuestra casa es hogar del amor y la paz donde Dios habita. El no quiere que sus hijos acabemos en la muerte, cuando los ha creado para la vida. “Los que sembramos con lágrimas –como canta el salmista-, cosecharemos entre cantares”. Estamos invitados a la fiesta interminable. Todos los que luchan por ser cada día más hombres, un día lo serán. Y todos los que trabajan para construir un mundo más humano y justo, un día lo disfrutarán. Y todos los que tienen sed de amor, llegará un día en que quedarán saciados.


Jesús resucitado nos permite encontrarnos con él. Jesús, el Viviente, se hace presente en nuestra vida de un modo nuevo: “¿No ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras y partía con nosotros el pan?” Con la presencia amorosa y liberadora de Jesús, nuestras vidas cobran vigor y alegría. Los que vivíamos dispersos somos convocados a formar su familia en la tierra. La Iglesia es la comunidad de los que comparten y anuncian la experiencia del Resucitado. Nuestra verdadera morada no es la casa del miedo, del odio o de la violencia, sino la casa del amor. Jesús resucitado nos habita y podemos vivir en Él.
 

Jesús resucitado nos envía como testigos al mundo entero. En las apariciones, Jesús encargó a sus discípulos: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo” (Jn 20,21). “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,18-20).¿Qué turbios intereses intentan apagar la vida del Resucitado en el corazón de los cristianos? ¿A quiénes incomoda que Cristo esté vivo? ¿Por qué quisieran que hubiera muerto pasa siempre? Mayor motivo para que nosotros demos alas y altavoces a la noticia pascual: ¡Cristo vive para siempre!


Aleluya. Cristo ha resucitado. ¡Él es nuestra vida!


¡Feliz Pascua para todos!


              

   
   
   
   
   
   
 

7 de abril de 2007

   
   
   
 
 

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