diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                       homilía en el funeral por el Rvdo. Darío Balea

                                                                                                 

 
 
 
     

 

Celebramos hoy la Eucaristía, memorial actualizado de la muerte y resurrección de Cristo, recordando y orando por D. Darío Balea, sacerdote de nuestro presbiterio diocesano.
 

Le visité en Lugo y pude conversar con él. Desde el primer momento, al tiempo que percibía su gran humildad, su enorme piedad y su amor a los pequeños detalles. Sin duda haber nacido en una familia de un cristianismo tan convencido como la suya, mucho le ayudó. Desde luego, cuando Dios ha mirado con cariño a tantos miembros de este hogar cristiano y les ha llamado a ‘estar con él y a predicar el Evangelio’, por algo será.
 
También pude verle y acariciarle en la Residencia de Bretoña, cuando ya no podía comunicarse con nosotros mediante la palabra, pero nos hablaba - y muy elocuentemente- con sus gestos, su mirada y sus silencios.
 
Ahora le ha visitado el Señor, en su visita última y definitiva, para llevarlo junto a sí. Y él habrá podido escuchar sin duda aquella invitación de su Dios y Señor: “Bien has hecho, siervo fiel y prudente, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25,25).


 
1. Entra en el gozo de tu Señor
 

Nunca hemos de olvidar que Jesús mismo presenta el premio eterno como gozo. San Juan de Ávila lo recuerda con estas palabras: “Sea El en quien esperamos, y sea El lo que esperamos, porque de nadie podemos alcanzar a Dios, si El no se da, ni es razón esperar de Dios cosa menor que el mismo Dios” . La meta del camino cristiano es entrar en el gozo del Señor, disfrutar de Dios mismo. No estamos condenados al vacío ni a la desaparición para siempre. Al traspasar el túnel de la muerte, nos encontraremos con los brazos abiertos de Dios que quieren estrecharnos en su regazo. "Dios de alegría es, hermanos, no de tristeza; Dios de consuelo tenemos. Lleguemos al altar de Dios, a la cruz de Jesucristo”, nos recuerda el patrón del clero secular español . El Hijo de Dios nos espera desde siempre porque prometió: “allí donde yo estoy, quiero que esté también mi servidor”.
 
Pues bien, si esto es verdad para todo fiel cristiano, ¡qué no ocurrirá con el sacerdote! Por el sacramento del Orden ha sido configurado con Cristo Pastor bueno y ha podido realizar lo que sólo Dios puede hacer: perdonar pecados, consagrar el pan y el vino de la Eucaristía… También ha podido actuar en nombre de la Iglesia evangelizando, catequizando, celebrando los sacramentos, presidiendo la caridad. Después de las fatigas, dificultades y sufrimientos que muchas veces experimenta el sacerdote en el ejercicio del ministerio, está llamado a vivir el gozo y la alegría imperecederos.Hoy más que nunca los pastores del pueblo de Dios necesitamos recuperar alegría e ilusión, por dentro y por fuera, en el corazón de cada uno y en la convivencia fraterna. Sin embargo, la verdadera alegría no se compra a golpe de tarjeta de crédito. Ni se confunde con el entusiasmo estrepitoso o con el placer instintivo. La auténtica alegría es interior y transfigura la realidad. Ahuyenta los miedos y aumenta la confianza en uno mismo, en los demás y en el Señor. La alegría es más que la diversión porque no se queda en la superficie sino que apunta a la profundidad de la vida. La alegría no se ve, pero se percibe; es expansiva y beneficiosa; atrae irresistiblemente; cura y transforma... No existe calidad de vida sin alegría espiritual. Nuestro gozo cristiano y sacerdotal es un estado de ánimo lúcidamente sosegado, fruto del don de Dios y de nuestro esfuerzo de conversión. Porque nada profundo y duradero se hace en la Iglesia sin el esfuerzo de una conversión sincera. Y somos conscientes de que el gozo de mayor calidad no es el que procede de un golpe de fortuna, sino que proviene de lograr algo ardientemente deseado y muy trabajado. “Más segura es la alegría que viene después de la tristeza que no la que viene sin haber precedido tristeza al gozo... Guardaos del gozo que no nace de la verdadera alegría; tenedle por sospechoso”, advierte S. Juan de Ávila .

 

 


2. Has hecho mucho bien
 
El bien de la cercanía humana, del apoyo y el consuelo en momentos de desolación. El bien de la caridad bien entendida que ayuda sin humillar. En cuantas ocasiones nuestro hermano se ha acercado a cuantos necesitaban una palabra alentadora o una ayuda material. Y el bien espiritual, que ahora no valoramos en su justa medida, de repartir el perdón del Señor, de alimentar con su cuerpo y su sangre, de orientar para acertar con la verdadera vocación.
 
A los seminaristas, a los sacerdotes, aquí y en tierras de misión. La vida de D. Darío ha estado muy vinculada a nuestro Seminario, donde ha consumido la mayor parte de su ministerio sacerdotal. Y quiero aprovechar esta ocasión para agradecer públicamente el trabajo, casi siempre silencioso y callado, de los Rectores y educadores de nuestros Seminarios Mayor y Menor.
 
Sintiendo la llamada de Dios, nuestro hermano Darío marchó a Sudáfrica para anunciar la Buena Noticia de Jesús. Sin duda influyeron en él los buenos ejemplos de su hermano sacerdote que murió en Hispanoamérica víctima de accidente mientras vivía entregado de lleno a la misión. Tengamos hoy un recuerdo agradecido para nuestros misioneros y para los misioneros del mundo entero. Ellos cumplen por nosotros el mandato del Señor: “Id y haced discípulos míos de entre todas las gentes”.Y para poder hacer el bien procuró una buena formación. Amplió su formación en Roma para poder servir mejor a los hermanos y estimuló a los seminaristas en una preparación concienzuda para el ejercicio del ministerio.

 

 


3. Y, sobre todo, has sido siervo fiel y prudente
 
D. Darío, aun con sus fragilidades y flaquezas, ha hecho mucho bien. Pero, sobre todo, ha sido un siervo de Dios fiel y prudente. En él ha
contado siempre más el ser que el hacer. Ha querido ser todo de Dios y, empujado por El, ha querido ser todo para los hermanos.En uno de sus sermones, le dice S. Juan de Ávila confidencialmente a Dios una oración que bien habrá podido decirle D. Darío al encontrarse con él en un abrazo de amor definitivo e inacabable: "Tú, Señor, lo sabes. No me turbaron las palabras de los que de mí murmuraban, de los que mal sentían y decían de mí y de los que me contradecían porque yo te seguía a Ti, Pastor bueno, Pastor amoroso. Después que te seguí no deseé cosas de este mundo; no busqué favores de hombre ni riquezas que los hombres suelen desear; ni otra cosa que, según hombre, pudiera procurarme y desear. Tú, Señor, lo sabes que digo verdad, cuán de buena gana dejé todo lo que tenía y todo lo que pudiera tener por seguirte a Ti, Señor mío, Pastor mío, Bien mío" .

 

 


4. Animados por el buen ejemplo de nuestro hermano, proseguimos el camino
 
El autor de Hebreos nos invita a mirar el rostro de Cristo: "También nosotros... corramos con perseverancia en la carrera que se nos abre por delante, con los ojos fijos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por el gozo que le esperaba, soportó la cruz sin cobardía y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Pensad atentamente en aquel que soportó en su persona tanta hostilidad de parte de los pecadores, a fin de que no os dejéis abatir por el desaliento" (Hb. 12,1-3).
 
Y aplicando esta consigna al momento actual que nos ha tocado vivir enseñaba el querido Siervo de Dios Juan Pablo II: “La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. [....] En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. “Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia”: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8)”.


 
                        

   
   
   
   
   
   
 

9 de febrero de 2007

   
   
   
 
 

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