diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                 homilía en funeral por el Rvdo. Manuel Bello Trigo

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

 

 

La vida nueva

                       

 

“Por el bautismo fuimos sepultados con él (Cristo) en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4).

 

 

 

1.  La vida nueva de Cristo resucitado

 

Nos reunimos hoy para celebrar de un modo especial la vida nueva que Cristo Jesús nos ha traído después de vencer a la muerte. No estamos destinados a desaparecer tras el corto periodo de nuestra vida terrena. Tampoco nos espera un estado de vida totalmente desconocido. Desde nuestro bautismo hemos participado de la muerte y de la resurrección de Cristo y podemos caminar en una vida nueva.

 

La vida –la temporal y la eterna- es un regalo de Dios. Un regalo que hemos de agradecer cada día. Así me comentaba D. Manuel en el primer diálogo que tuve con él apenas llegado a esta diócesis. Era ya entonces muy consciente de la gravedad de su enfermedad y vivir la vida como un regalo diario, le ayudaba a vivir feliz y a transmitir ánimos a cuantos a él nos acercábamos.

 

Demos gracias a Dios por Jesucristo su Hijo que nos ha revelado definitivamente el rostro del Dios amigo de la vida.

 

 

 

2. Las bienaventuranzas, camino de vida nueva

 

Jesús nos ha enseñado un camino –mejor dicho: el camino-  de la vida y de la felicidad. Su mensaje, no lo olvidemos, es buena noticia. Jesús habla de la felicidad que llena de verdad, de la que el hombre anhela en lo más profundo de su corazón. Y desenmascara felicidades de rebaja mientras apunta a la felicidad honda, profunda, permanente.

 

Las Bienaventuranzas son un texto fascinante. Si tenemos la gracia de un corazón sencillo y de un oído puro, en seguida sentimos que de ellas brota una verdad muy profunda. Las bienaventuranzas no son mandamientos. Son más bien una palabra de aliento para quien quiere seguir en serio el camino de Jesús. Son bendiciones para los discípulos que cumplen las palabras de la alianza, identificándose con Cristo. Trazan, por así decirlo, el retrato del verdadero creyente.

 

Bienaventurados los pobres de espíritu. Jesús nos invita a no poner nuestra esperanza en las riquezas de este mundo. Sólo Dios puede ser nuestra riqueza y nuestra esperanza. Si descubrimos y vivimos que el Reino es un "tesoro escondido" elegiremos con alegría ser pobres. Y siendo pobres según Dios, sabremos repartir con los que tienen hambre las riquezas de este mundo.

 

Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, dice Jesús. Y ¡ay de vosotros si ahora os sentís hartos! Dichosos porque en vosotros ha hecho nacer Dios el hambre nueva del reino de los cielos, así podréis ser testigos de la esperanza de Cristo, más grande que la suma de las desgracias de este mundo.

 

Bienaventurados los que ahora lloráis. Benditas sean vuestras lágrimas cuando os aflige la desgracia de los hombres, cuando os afligen la injusticia y el pecado. Bienaventurados si os resistís a creer que Dios permanece sordo a los gritos del hombre o impasible cuando el hombre se hunde en el silencio de la muerte. Bienaventurados... porque disfrutaréis el consuelo de Dios; más aún, porque Dios mismo será vuestro consuelo.

 

Bienaventurados los que construís la paz. Felices vosotros, si en un mundo violento como el nuestro, no queréis arreglar las cosas con el ojo por ojo y diente por diente y sabéis vencer el mal a fuerza de bien. Dichosos vosotros si, en vez de contentaros con lamentar las guerras de fuera de vosotros, procuráis vivir en paz con vosotros mismos, en paz con Dios y en paz con vuestros hermanos.

 

Bienaventurados los misericordiosos. O lo que es lo mismo, dichosos vosotros si sois capaces de entregar el amor de vuestro corazón a los miserables, a los que no os devolverán amor por amor, incluso a los desgraciados que sólo alimentan egoísmo y odio que conduce a la muerte.

 

Bienaventurados si los hombres os aborrecen y persiguen por mi causa. Sí, porque entonces tenéis la suerte de compartir la pasión de vuestro Maestro. Bienaventurados porque la fuerza de Cristo se manifestará en vuestra debilidad. En cambio, seréis desgraciados si por no complicaros la vida, por no hacer el ridículo frente a un mundo engreído y soberbio, disimuláis la fuerza del evangelio o la acomodáis a los deseos de los hombres.

 

 

 

3. El testimonio de D. Manuel

 

D. Manuel ha creído profundamente en el Dios de la vida. Se ha fiado de sus promesas y estamos seguros de que ahora, purificado de sus faltas y pecados por la enfermedad y por el sacramento de la Unción de enfermos que quiso celebrar con sus amigos y con su comunidad, podrá ver el rostro de Dios. “La vida del hombre, nos recuerda S. Ireneo, es la visión de Dios”. En la última visita que le hice me confesaba que se le hacía larga la espera del encuentro definitivo con el Señor. No obstante, me decía, que estaba dispuesto a esperar cuanto el Señor quisiera. D. Manuel nos ha dado un testimonio vibrante del Dios amigo de la vida. Hasta última hora me hablaba de planes para mejorar la vida cristiana en la diócesis. Siempre positivo, siempre mirando hacia delante.

 

Nuestro hermano presbítero Manuel ha intentado siempre ser un reflejo de Cristo, pastor bueno. Os ha querido a vosotros, sus fieles, con corazón de padre, amigo y hermano, bien los sabéis. Os ha entregado su vida con una generosidad grande, sin escatimar. En un determinado momento trato de compaginar vuestra atención pastoral con un trabajo civil para insertarse mejor entre vosotros y no ser económicamente gravoso. Me consta que con un grupo de laicos, siempre con los laicos y nunca él solo, llevó a cabo la tarea de levantar este complejo parroquial. Siempre tratando de aplicar con creatividad, al mismo tiempo que con fidelidad, la renovación postulada por el Concilio de nuestro tiempo, el Concilio Vaticano II. Y con dificultades no pequeñas, como cabe suponer.

 

 

 

 

4.  Un palabra de agradecimiento

 

No puedo terminar sin agradecer a Cristo, el corazón de pastor bueno y las tareas pastorales que D. Manuel llevó a cabo entre nosotros. Ojalá algunos jóvenes de esta parroquia sigan sus pasos y él, desde el cielo, pueda ver una floración nueva de vocaciones sacerdotales por las que tanto luchó.

 

Gracias a los sacerdotes que le acogieron fraternalmente un día en el seno de nuestro presbiterio y le han visitado y confortado con los sacramentos de la Iglesia, especialmente con la Eucaristía, a lo largo de su enfermedad.

 

Y mi agradecimiento muy particular, en nombre de la Diócesis y en el mío propio, a sus familiares especialmente a sus queridas hermana y sobrina que con tanto cariño y tanto mimo le han cuidado hasta el último momento.

 

Que la Santísima Virgen María, a quien amaba con amor de hijo pequeño, y que San José obrero, esposo y formador de único y eterno sacerdote, acojan a nuestro hermano el presbítero Manuel y le presenten a su Hijo Jesús, que paga con el ciento por uno en este mundo y, sobre todo, con la vida eterna.

 

 

 

     

   
   
   
   
   
   
 

2 de septiembre de 2007

   
   
 
 

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