|

La vida nueva
“Por el
bautismo fuimos sepultados con él (Cristo) en la muerte, para que así
como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre,
así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom 6,4).
1. La
vida nueva de Cristo resucitado
Nos
reunimos hoy para celebrar de un modo especial la vida nueva que Cristo
Jesús nos ha traído después de vencer a la muerte. No estamos destinados
a desaparecer tras el corto periodo de nuestra vida terrena. Tampoco nos
espera un estado de vida totalmente desconocido. Desde nuestro bautismo
hemos participado de la muerte y de la resurrección de Cristo y podemos
caminar en una vida nueva.
La vida
–la temporal y la eterna- es un regalo de Dios. Un regalo que hemos de
agradecer cada día. Así me comentaba D. Manuel en el primer diálogo que
tuve con él apenas llegado a esta diócesis. Era ya entonces muy
consciente de la gravedad de su enfermedad y vivir la vida como un
regalo diario, le ayudaba a vivir feliz y a transmitir ánimos a cuantos
a él nos acercábamos.
Demos
gracias a Dios por Jesucristo su Hijo que nos ha revelado
definitivamente el rostro del Dios amigo de la vida.
2. Las
bienaventuranzas, camino de vida nueva
Jesús nos ha
enseñado un camino –mejor dicho: el camino- de la vida y de la
felicidad. Su mensaje, no lo olvidemos, es buena noticia. Jesús habla de
la felicidad que llena de verdad, de la que el hombre anhela en lo más
profundo de su corazón. Y desenmascara felicidades de rebaja mientras
apunta a la felicidad honda, profunda, permanente.
Las
Bienaventuranzas son un texto fascinante. Si tenemos la gracia de un
corazón sencillo y de un oído puro, en seguida sentimos que de ellas
brota una verdad muy profunda. Las bienaventuranzas no son mandamientos.
Son más bien una palabra de aliento para quien quiere seguir en serio el
camino de Jesús. Son bendiciones para los discípulos que cumplen las
palabras de la alianza, identificándose con Cristo. Trazan, por así
decirlo, el retrato del verdadero creyente.
Bienaventurados
los pobres de espíritu. Jesús nos invita a no poner nuestra esperanza en
las riquezas de este mundo. Sólo Dios puede ser nuestra riqueza y
nuestra esperanza. Si descubrimos y vivimos que el Reino es un "tesoro
escondido" elegiremos con alegría ser pobres. Y siendo pobres según
Dios, sabremos repartir con los que tienen hambre las riquezas de este
mundo.
Bienaventurados
los que ahora padecéis hambre, dice Jesús. Y ¡ay de vosotros si ahora os
sentís hartos! Dichosos porque en vosotros ha hecho nacer Dios el hambre
nueva del reino de los cielos, así podréis ser testigos de la esperanza
de Cristo, más grande que la suma de las desgracias de este mundo.
Bienaventurados
los que ahora lloráis. Benditas sean vuestras lágrimas cuando os aflige
la desgracia de los hombres, cuando os afligen la injusticia y el
pecado. Bienaventurados si os resistís a creer que Dios permanece sordo
a los gritos del hombre o impasible cuando el hombre se hunde en el
silencio de la muerte. Bienaventurados... porque disfrutaréis el
consuelo de Dios; más aún, porque Dios mismo será vuestro consuelo.
Bienaventurados
los que construís la paz. Felices vosotros, si en un mundo violento como
el nuestro, no queréis arreglar las cosas con el ojo por ojo y diente
por diente y sabéis vencer el mal a fuerza de bien. Dichosos vosotros
si, en vez de contentaros con lamentar las guerras de fuera de vosotros,
procuráis vivir en paz con vosotros mismos, en paz con Dios y en paz con
vuestros hermanos.
Bienaventurados
los misericordiosos. O lo que es lo mismo, dichosos vosotros si sois
capaces de entregar el amor de vuestro corazón a los miserables, a los
que no os devolverán amor por amor, incluso a los desgraciados que sólo
alimentan egoísmo y odio que conduce a la muerte.
Bienaventurados
si los hombres os aborrecen y persiguen por mi causa. Sí, porque
entonces tenéis la suerte de compartir la pasión de vuestro Maestro.
Bienaventurados porque la fuerza de Cristo se manifestará en vuestra
debilidad. En cambio, seréis desgraciados si por no complicaros la vida,
por no hacer el ridículo frente a un mundo engreído y soberbio,
disimuláis la fuerza del evangelio o la acomodáis a los deseos de los
hombres.
3. El
testimonio de D. Manuel
D. Manuel ha
creído profundamente en el Dios de la vida. Se ha fiado de sus promesas
y estamos seguros de que ahora, purificado de sus faltas y pecados por
la enfermedad y por el sacramento de la Unción de enfermos que quiso
celebrar con sus amigos y con su comunidad, podrá ver el rostro de Dios.
“La vida del hombre, nos recuerda S. Ireneo, es la visión de Dios”. En
la última visita que le hice me confesaba que se le hacía larga la
espera del encuentro definitivo con el Señor. No obstante, me decía, que
estaba dispuesto a esperar cuanto el Señor quisiera. D. Manuel nos ha
dado un testimonio vibrante del Dios amigo de la vida. Hasta última hora
me hablaba de planes para mejorar la vida cristiana en la diócesis.
Siempre positivo, siempre mirando hacia delante.
Nuestro hermano
presbítero Manuel ha intentado siempre ser un reflejo de Cristo, pastor
bueno. Os ha querido a vosotros, sus fieles, con corazón de padre, amigo
y hermano, bien los sabéis. Os ha entregado su vida con una generosidad
grande, sin escatimar. En un determinado momento trato de compaginar
vuestra atención pastoral con un trabajo civil para insertarse mejor
entre vosotros y no ser económicamente gravoso. Me consta que con un
grupo de laicos, siempre con los laicos y nunca él solo, llevó a cabo la
tarea de levantar este complejo parroquial. Siempre tratando de
aplicar con creatividad, al mismo tiempo que con fidelidad, la
renovación postulada por el Concilio de nuestro tiempo, el Concilio
Vaticano II. Y con dificultades no pequeñas, como cabe suponer.
4.
Un palabra de agradecimiento
No puedo terminar
sin agradecer a Cristo, el corazón de pastor bueno y las tareas
pastorales que D. Manuel llevó a cabo entre nosotros. Ojalá algunos
jóvenes de esta parroquia sigan sus pasos y él, desde el cielo, pueda
ver una floración nueva de vocaciones sacerdotales por las que tanto
luchó.
Gracias a los
sacerdotes que le acogieron fraternalmente un día en el seno de nuestro
presbiterio y le han visitado y confortado con los sacramentos de la
Iglesia, especialmente con la Eucaristía, a lo largo de su enfermedad.
Y mi
agradecimiento muy particular, en nombre de la Diócesis y en el mío
propio, a sus familiares especialmente a sus queridas hermana y sobrina
que con tanto cariño y tanto mimo le han cuidado hasta el último
momento.
Que la Santísima
Virgen María, a quien amaba con amor de hijo pequeño, y que San José
obrero, esposo y formador de único y eterno sacerdote, acojan a nuestro
hermano el presbítero Manuel y le presenten a su Hijo Jesús, que paga
con el ciento por uno en este mundo y, sobre todo, con la vida eterna.

|