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Miñotos, 17.1.2007
“Creo en la vida eterna. Amén”. Así terminamos la recitación del Credo o la
profesión de fe que hacemos tantas veces en la Santa Misa. La vida
perdurable consiste –como bien sabemos- en nuestra unión con Dios, y no en
otras cosas fruto de nuestra imaginación, ya que Dios mismo en persona es el
premio de todas nuestras fatigas y trabajos: “Yo soy tu escudo y tu paga
abundante”. “La vida eterna –enseña S. Ireneo- es la visión de Dios”. Sólo
Dios puede saciar nuestros deseos más profundos. El hombre sólo en Dios
encuentra su descanso verdadero: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro
corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti”, formuló magistralmente
San Agustín.
Llegó la muerte
Anteayer el Señor llamaba junto a sí a un presbítero hermano nuestro, D.
Enrique, después de un tiempo de dura travesía. El asumió
serenamente su enfermedad y nos ha dado un ejemplo maravilloso. ¡Cuántas
veces en mis visitas, en vez de confortarle, he sido confortado por él! Y
este testimonio le podéis dar muchos de los que estáis hoy aquí. Muchas
veces le he pedido que ofreciera sus sufrimientos y sus oraciones para que
el Señor nos bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal y estoy
seguro de que todo esto no ha sido en vano. Algunos de vosotros, queridos
sacerdotes jóvenes, me habéis comentado el papel tan importante que jugó D.
Enrique en vuestra vocación sacerdotal. Ahora desde el cielo, junto con
nuestro recordado D. Jaime, tenemos un intercesor más ante el Padre. Ahora
el tiempo de la prueba ha pasado para él dando lugar a la eternidad de la
recompensa. Cuántas veces, cuando la espera se le hacía larga, le habrá
dicho D. Enrique con toda su alma al Señor con palabras de San Juan de la
Cruz: “Sácame de aquesta muerte, mi Dios, y dame la vida, no me tengas
impedida en este lazo tan fuerte, mira que peno por verte, y mi mal es tan
entero que muero porque no muero”.
Vivamos el misterio que celebramos: Cristo se ha entregado por nuestros
pecados y resucitado para nuestra justificación. Confiados en el perdón y en
la justificación que nos ofrece, dejemos el destino de nuestro hermano en
sus divinas manos, las mejores manos. Con dolor pero con paz, con lágrimas
pero con esperanza. “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una
hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto
se buscaba”. Y lo que buscamos es el rostro misericordioso del Dios que
perdona todas nuestras culpas, cura nuestras enfermedades, rescata nuestra
vida de la tumba y nos colma de gracia y de ternura.
Tras una larga enfermedad
Hemos acompañado su enfermedad con esperanza, pero siempre dispuestos a
aceptar el plan de Dios. En esta perspectiva consideramos que la muerte,
centinela que vigila constantemente el misterio, debilidad incurable de los
seres corporales, es siempre un sobresalto pero no una caída en el vacío:
“Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me
dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre:
que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo lo
resucitaré en el último día”. La muerte de un sacerdote es una pérdida muy
dolorosa para su familia, una pérdida muy sentida para el presbiterio y una
pérdida para nuestra comunidad diocesana. Y nosotros la vivimos con dolor,
pero no con sólo resignación. La vivimos con fe y con esperanza: “En la vida
y en la muerte somos del Señor pues para eso murió y resucitó Cristo, para
ejercitar su poder sobre los que viven y sobre los que mueren”.
Una herencia preciosa
Nos queda el recuerdo de su bondad, de su disponibilidad misionera que llevó
a diversas parroquias en nuestra diócesis desde Vivero a Neda, y que le
impulsó a cruzar el océano camino de Brasil en un momento y de Guatemala en
otro. Siempre se dedicó con toda generosidad al ministerio sacerdotal que el
Señor le había confiado. Quiso estar unido a Jesucristo y a la Iglesia,
poniendo su vida al servicio de la misión encomendada como también lo ha
demostrado en estos años de su enfermedad, viviendo la conciencia serena y
la confianza esperanzada de decir su sí obediente a la llamada definitiva de
Dios. Su realización sacerdotal tiene ahora una nueva dimensión que podrá
llevar a plenitud en la luz que no tiene ocaso.
Profesión de esperanza
Junto a su cadáver de nuestro hermano sacerdote afirmamos nuestra esperanza
diciendo: “La misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión;
antes bien se renuevan cada mañana. El Señor es bueno para los que en él
esperan y lo buscan”. Estamos convencidos de que la última palabra la tiene
Dios y es siempre palabra de vida. Solamente esa esperanza puede consolar
adecuadamente la pérdida humana de un ser querido y dar sentido a su vida y
a su muerte, a sus proyectos y trabajos hasta el último momento. ¿Quien
puede conocer los designios de Dios? Es insondable su inteligencia. Las
palabras de Jesús: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y
yo os aliviaré” nos llevan a mirar al cielo y levantar nuestras espaldas
encorvadas por el peso de nuestra existencia.
Acción de gracias
Quiero con vosotros dar gracias a Dios. De él nos viene todo don: también
nos vino el don de este presbítero, que acogió la llamada del Señor para
vivir la vida sacerdotal, siendo testigo del Evangelio con su palabra y sus
obras, y que vivió con desvelo y con entusiasmo los gozos y las inquietudes
pastorales de nuestra Iglesia particular. Con vosotros invoco la
misericordia de Dios compasivo, rico en piedad, sobre su historia y sobre su
persona. La gracia tan abundante que Dios ha transmitido por su ministerio
sacerdotal, pedimos que sea su santificación última y su definitivo alivio.
Gracias a todos los que en su vida le ofrecisteis vuestra cercanía, ayuda y
afecto. Gracias a vosotros, sus familiares. Gracias a las Hermanas de Marta
y María, que tanto le habéis querido, y le cuidasteis con todo esmero y
cariño. Agradezco a todos vuestra presencia, signo de vuestra consideración
hacia nuestro hermano, y manifestación de vuestra comunión en la fe y en la
esperanza. De la mano de la Virgen María le decimos a Dios Padre que se
cumpla su voluntad, que confirme la fragilidad de esta vida nuestra con la
plenitud de la Resurrección. Resucitar es sacar a flote lo mejor que hay en
nosotros: la semilla de la inmortalidad y esto sólo lo puede hacer Cristo
que es la Resurrección y la Vida. El Dios de la paz y de la esperanza sea
para todos nosotros sostén y fortaleza, pues nada podrá arrancarnos del amor
de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús. A la misericordia de Dios
nos acogemos. Amén.

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