Homilía en el funeral por el Rvdo. D. Enrique Blanco Pico

      22.01.2007

                                                         

 
 
 
   

 

 

 

 

 

Miñotos, 17.1.2007


 
“Creo en la vida eterna. Amén”. Así terminamos la recitación del Credo o la profesión de fe que hacemos tantas veces en la Santa Misa. La vida perdurable consiste –como bien sabemos- en nuestra unión con Dios, y no en otras cosas fruto de nuestra imaginación, ya que Dios mismo en persona es el premio de todas nuestras fatigas y trabajos: “Yo soy tu escudo y tu paga abundante”. “La vida eterna –enseña S. Ireneo- es la visión de Dios”. Sólo Dios puede saciar nuestros deseos más profundos. El hombre sólo en Dios encuentra su descanso verdadero: “Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti”, formuló magistralmente San Agustín.


 
Llegó la muerte
 
Anteayer el Señor llamaba junto a sí a un presbítero hermano nuestro, D. Enrique, después de un tiempo de dura travesía. El asumió
serenamente su enfermedad y nos ha dado un ejemplo maravilloso. ¡Cuántas veces en mis visitas, en vez de confortarle, he sido confortado por él! Y este testimonio le podéis dar muchos de los que estáis hoy aquí. Muchas veces le he pedido que ofreciera sus sufrimientos y sus oraciones para que el Señor nos bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal y estoy seguro de que todo esto no ha sido en vano. Algunos de vosotros, queridos sacerdotes jóvenes, me habéis comentado el papel tan importante que jugó D.
Enrique en vuestra vocación sacerdotal. Ahora desde el cielo, junto con nuestro recordado D. Jaime, tenemos un intercesor más ante el Padre. Ahora el tiempo de la prueba ha pasado para él dando lugar a la eternidad de la recompensa. Cuántas veces, cuando la espera se le hacía larga, le habrá dicho D. Enrique con toda su alma al Señor con palabras de San Juan de la Cruz: “Sácame de aquesta muerte, mi Dios, y dame la vida, no me tengas impedida en este lazo tan fuerte, mira que peno por verte, y mi mal es tan entero que muero porque no muero”.
 
Vivamos el misterio que celebramos: Cristo se ha entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Confiados en el perdón y en la justificación que nos ofrece, dejemos el destino de nuestro hermano en sus divinas manos, las mejores manos. Con dolor pero con paz, con lágrimas pero con esperanza. “Morir sólo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva. Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”. Y lo que buscamos es el rostro misericordioso del Dios que perdona todas nuestras culpas, cura nuestras enfermedades, rescata nuestra vida de la tumba y nos colma de gracia y de ternura.
 
 


Tras una larga enfermedad
 
Hemos acompañado su enfermedad con esperanza, pero siempre dispuestos a aceptar el plan de Dios. En esta perspectiva consideramos que la muerte, centinela que vigila constantemente el misterio, debilidad incurable de los seres corporales, es siempre un sobresalto pero no una caída en el vacío: “Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. La muerte de un sacerdote es una pérdida muy dolorosa para su familia, una pérdida muy sentida para el presbiterio y una pérdida para nuestra comunidad diocesana. Y nosotros la vivimos con dolor, pero no con sólo resignación. La vivimos con fe y con esperanza: “En la vida y en la muerte somos del Señor pues para eso murió y resucitó Cristo, para ejercitar su poder sobre los que viven y sobre los que mueren”.
 

 


Una herencia preciosa
 
Nos queda el recuerdo de su bondad, de su disponibilidad misionera que llevó a diversas parroquias en nuestra diócesis desde Vivero a Neda, y que le impulsó a cruzar el océano camino de Brasil en un momento y de Guatemala en otro. Siempre se dedicó con toda generosidad al ministerio sacerdotal que el Señor le había confiado. Quiso estar unido a Jesucristo y a la Iglesia, poniendo su vida al servicio de la misión encomendada como también lo ha demostrado en estos años de su enfermedad, viviendo la conciencia serena y la confianza esperanzada de decir su sí obediente a la llamada definitiva de Dios. Su realización sacerdotal tiene ahora una nueva dimensión que podrá llevar a plenitud en la luz que no tiene ocaso.
 

 


Profesión de esperanza
 
Junto a su cadáver de nuestro hermano sacerdote afirmamos nuestra esperanza diciendo: “La misericordia del Señor no termina y no se acaba su compasión; antes bien se renuevan cada mañana. El Señor es bueno para los que en él esperan y lo buscan”. Estamos convencidos de que la última palabra la tiene Dios y es siempre palabra de vida. Solamente esa esperanza puede consolar adecuadamente la pérdida humana de un ser querido y dar sentido a su vida y a su muerte, a sus proyectos y trabajos hasta el último momento. ¿Quien puede conocer los designios de Dios? Es insondable su inteligencia. Las palabras de Jesús: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” nos llevan a mirar al cielo y levantar nuestras espaldas encorvadas por el peso de nuestra existencia.
 


 
Acción de gracias
 
Quiero con vosotros dar gracias a Dios. De él nos viene todo don: también nos vino el don de este presbítero, que acogió la llamada del Señor para vivir la vida sacerdotal, siendo testigo del Evangelio con su palabra y sus obras, y que vivió con desvelo y con entusiasmo los gozos y las inquietudes pastorales de nuestra Iglesia particular. Con vosotros invoco la misericordia de Dios compasivo, rico en piedad, sobre su historia y sobre su persona. La gracia tan abundante que Dios ha transmitido por su ministerio sacerdotal, pedimos que sea su santificación última y su definitivo alivio.
 
Gracias a todos los que en su vida le ofrecisteis vuestra cercanía, ayuda y afecto. Gracias a vosotros, sus familiares. Gracias a las Hermanas de Marta y María, que tanto le habéis querido, y le cuidasteis con todo esmero y cariño. Agradezco a todos vuestra presencia, signo de vuestra consideración hacia nuestro hermano, y manifestación de vuestra comunión en la fe y en la esperanza. De la mano de la Virgen María le decimos a Dios Padre que se cumpla su voluntad, que confirme la fragilidad de esta vida nuestra con la plenitud de la Resurrección. Resucitar es sacar a flote lo mejor que hay en nosotros: la semilla de la inmortalidad y esto sólo lo puede hacer Cristo que es la Resurrección y la Vida. El Dios de la paz y de la esperanza sea para todos nosotros sostén y fortaleza, pues nada podrá arrancarnos del amor de Dios que se nos ha manifestado en Cristo Jesús. A la misericordia de Dios nos acogemos. Amén.


 
                    

   
   
   
 
 

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