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                                                homilía en el funeral de D. Leopoldo Calvo-Sotelo en Ribadeo          

                                                                     

 
 

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Descubrir el sentido de la vida

 

 

 

Descubrir el valor de la vida

En la película ''Vivir' del famoso director japonés Kurosawa se cuenta la historia de una persona que descubre de pronto que le quedan seis meses de vida. En ese momento experimenta que propiamente no ha vivido y a partir de entonces se produce en ella un cambio radical: empieza a vivir. Descubre el valor de cada instante, cae en la cuenta de que se afana por cosas que no tienen importancia mientras deja por el camino capacidades y valores que a la larga satisfacen más ¡Lástima que lo descubriera tan tarde!, ¿verdad?

 

 

Una muerte ‘apropiada’

Pues bien hoy puede ser el momento oportuno para descubrir el sentido de la muerte que no es otro que el sentido de la vida. Sólo sabrá morir dignamente quien haya descubierto el sentido de la vida, quien haya dado a la vida su verdadero valor. La consideración de la muerte puede enriquecer la existencia, como al protagonista de Kurosawa, que empezó a vivir de verdad justo cuando se cercioró de su muerte próxima. Frente a tanta superficialidad y mediocridad como abundan en nuestro ambiente es preciso apostar por una vida intensa al servicio de los demás. Tenemos que apreciar el valor de las cosas y no dejarnos seducir por las apariencias. Hay que vivir a fondo cada momento, pero aprendiendo a la vez a relativizarlo. Y hay que vivir la vida y la muerte como un acto personalizador. No se podrá humanizar y personalizar el morir si no se humaniza y personaliza el vivir. Frente a la muerte 'expropiada', en expresión de Lain Entralgo, es decir, la muerte como algo a olvidar durante la vida, a ocultar en el momento en que llega y a evitar como experiencia de vida del moribundo, hemos de llegar a la muerte 'apropiada': aquella que le permite a uno ser él mismo, a pesar de todo.

 

 

Jesús nos ha abierto el camino

-- Frente a una vida vivida bajo el temor a la muerte, El es nuestro liberador. Dice el autor de Hebreos: "Así como los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó él de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al Diablo, y libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a la esclavitud" (2,14-15). Efectivamente, el temor a la muerte esclaviza de por vida.

 

-- Con su testimonio nos ha dejado un ejemplo elocuente de que la vida y la muerte tienen sentido cuando están llenas de amor a Dios y de solidaridad con los hermanos. El  egoísmo es al final la quintaesencia del pecado y "el salario del pecado es la muerte", dice san Pablo (Rom. 6,23). El pecado, el egoísmo, paga siempre con muerte. También para nosotros el sufrimiento y la muerte, la vergüenza y la huída de Dios, la ruptura de la comunicación y la infelicidad, los cardos y la agresividad del corazón son consecuencia del pecado.

 

"La muerte representa para nosotros el mal absoluto, la suprema injusticia. Se la concibe como algo que viene de fuera, como enemigo  que nos ataca, que nos hace sufrir una injusticia. Pero dice san Juan: "Todo aquel que odia a su hermano es un homicida". Lo cual quiere decir que la muerte encuentra en nosotros una complicidad. Está ya en nosotros. Y cuando el hombre no vive del amor, no sólo habita en él el odio -y el odio es potencialmente una voluntad de muerte hacia los demás-, sino que hay en él una complicidad con la muerte. (...).

El poder del amor, que Jesús nos da como una gracia por el poder de su resurrección, permite a los cristianos a pesar de sus debilidades, creer y hacer la voluntad de Dios. Esa es la liberación del hombre. (...). Cuando Jesús, Mesías que sufre, obedece a Dios hasta dar su propia vida, a los ojos de los hombres es un vencido. Ha fracasado. La ley del más fuerte le ha reducido al silencio. Pero Jesús no quiso ocupar el lugar de Pilatos. No quiso ocupar el lugar de Herodes. No lucha con las mismas armas que ellos. Y porque ha confiado en Dios, Dios le resucita de entre los muertos, le da la vida cuando los hombres le dan la muerte" (Cardenal Jean Marie LUSTIGER, Atrévete a vivir la fe, BAC popular, Madrid 1992, 133-134).

 

Hasta puede darse la paradoja de que de la misma muerte brote la vida que perdura. "Si el grano de trigo no muere, se queda solo, infecundo; pero si muere, da mucho fruto". "El que ama su vida, la perderá; quien esté dispuesto a perder su vida por mí y por el evangelio, tendrá vida eterna".

 

 

 

Testigo del ‘evangelio de la vida’

La vida y la muerte de nuestro hermano Leopoldo, ex presidente del Gobierno de España y un gran enamorado de Ribadeo, de que es hijo adoptivo, son una interpretación del ‘evangelio de la vida’. El se ha fiado del Dios amigo de la vida y por eso ha estado siempre seguro de que su vida no estaba destinada a desaparecer, sino a dar mucho fruto. El ha participado asiduamente en la Eucaristía se ha alimentado con el cuerpo de Cristo, verdadero pan de vida. Me han contado los canónigos de Mondoñedo que le veían con frecuencia participando en la Misa de la Vigilia Pascual. Y en el mismo sentido me ha hablado el párroco de Santa María del Campo. El ha sabido por experiencia propia la verdad de aquella afirmación maravillosa de S. Juan: “Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida: lo sabemos porque amamos a los hermanos”. Por eso hoy podemos enterrar sus restos mortales, sin dejarnos abatir por la pesadumbre, sino llenos de esperanza. Rezamos para que Dios tenga piedad de él y perdone las faltas y pecados que pudo cometer por fragilidad humana. Pero lo hacemos desde nuestra fe en el Dios de la misericordia.

 

Creamos en el Dios amigo de la vida. Luchemos por condiciones de vida digna para todos. Me consta que D. Leopoldo nos ha dado un ejemplo en este sentido. Desde el gobierno de España en unas circunstancias nada fáciles, como de todos es conocido. El propició la reconciliación y el diálogo entre unos y otros. El trabajó para que se llegara a pactos que mejoraran la convivencia de todos.

 

Y desde su interés por mejorar las condiciones de vida de los ribadenses. He escuchado estos días testimonios conmovedores del cariño con que recibía a representantes de las diversas corporaciones municipales en la Moncloa y de cómo se esforzó siempre por dotar a estas tierras y sus habitantes de mejoras en todos los órdenes. Que el Señor le recompense por tanto trabajo a favor de los demás.

 

Una vez más nos alimentamos con la Eucaristía que se convierte en nosotros en semilla de vida eterna. Con este alimento santo podemos seguir trabajando por condiciones de vida digna para todos y, lo que más vale aún, para ayudarles a alcanzar la vida eterna.

                                                      

               

   
   
   
 

5 de mayo de 2008

   
   
   
 
 

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