Homilía en el funeral por el P. Luis Villoria, CMF

      05.02.2009

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Lecturas: Sabiduría 4,7-15; Mt 11,25-30

 

 

Tanto en el texto del libro de la Sabiduría como en el fragmento del evangelio de S. Mateo que acabamos de escuchar encontramos una paradoja. En ambas lecturas surge un contraste entre lo que se ve cuando se mira superficialmente y lo que se ve cuando se trata de mirar con los ojos de Dios. El mundo considera afortunado a quien vive muchos años. Pero Dios, más que en la edad, se fija en la rectitud del corazón. El mundo da crédito a los "sabios" y a los "doctos", Dios, sin embargo, prefiere a los "pequeños" y a los “humildes”. Porque  hay como dos dimensiones de la realidad: una más profunda, verdadera y eterna, y la otra marcada por la finitud, por la provisionalidad y por la apariencia. En realidad, la vida verdadera, la vida eterna comienza ya en este mundo, aun dentro de la precariedad de las circunstancias históricas. La vida eterna comienza en la medida en que nos abrimos al misterio de Dios y lo acogemos en nuestro corazón. Porque Dios es el Señor de la vida y en Él "vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28), como dijo san Pablo en el Areópago de Atenas.

 

Dios es la verdadera sabiduría que no envejece; es la riqueza auténtica que no se marchita; es la felicidad a que aspira en profundidad el corazón de todo hombre. Esta verdad, que atraviesa los libros sapienciales, vuelve a surgir en el Nuevo Testamento y encuentra cumplimiento en Jesús, en su vida y en su enseñanza. En la perspectiva de la sabiduría evangélica, la misma muerte tiene algo de positivo y saludable porque obliga a mirar a la cara la realidad, porque empuja a reconocer la caducidad de lo que parece grande y fuerte a los ojos del mundo. Muchas de las realidades en las que pretende asentarse el orgullo humano se desvaneces ante la muerte y resalta, en cambio, la consistencia de lo que verdaderamente vale. Todo acaba; todos en este mundo estamos de paso. Sólo Dios tiene vida en sí mismo; más aún, El es la vida. La nuestra es una vida participada, recibida de Dios que es amor y por eso el hombre sólo puede alcanzar la vida eterna abriéndose al amor: “En esto conocemos que hemos pasado de la muerte a la vida: en que amamos a los hermanos” (cfr 1 Jn 3,14)

 

Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de vida y de esperanza nos conforta profundamente ante el misterio de la muerte, especialmente cuando afecta a personas que nos son muy queridas. El Señor nos asegura hoy que nuestro hermano el P. Luis María Villoria, a quien encomendamos en esta Eucaristía, ha pasado de la muerte a la vida porque desde su juventud dio una respuesta positiva a Cristo que le eligió; acogió su yugo suave (cfr Mt 11,29) y se consagró al servicio de los hermanos. A los 71 años de edad, 55 de profesión y 47 de servicio sacerdotal en España, en Estados Unidos y en Filipinas haciendo honor a su condición de Misionero del Inmaculado Corazón de María. La última etapa de su vida la ha vivido como vicario parroquial en Oviedo y en Ferrol. Aquí, sirviendo en esta Parroquia de las Angustias, durante los últimos siete años, compartiendo anhelos e inquietudes con nuestro querido P. Arturo Muiño, calladamente muchas veces, pero de una manera eficaz siempre. Por eso, aún cuando cometiera faltas debidas a la fragilidad humana, la fidelidad a Cristo le habrá permitido escuchar con toda seguridad: “Pastor bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

 

Sí, nos ha entristecido la noticia de su fallecimiento en Colmenar Viejo (Madrid), y echamos en falta su sonrisa y su fino sentido del humor. Pero la fe nos conforta íntimamente al pensar que, unido al Señor Jesús definitivamente, la muerte ya no tiene poder sobre él (cfr Rm 6,9). Pasando, en esta vida, a través del Corazón misericordioso de Cristo, ha entrado definitivamente "en un lugar de descanso" (Sb 4,7). Y ahora nos es grato pensar en él disfrutando de la compañía de los santos, libre ya de las amarguras de esta vida, y sentimos nosotros también el deseo de podernos unir un día a tan feliz compañía.

 

Damos gracias a Dios y al Corazón de María por lo que, desde su juventud, el P. Luis Mª Villoria ha aportado a la Congregación y a la Iglesia. Compartimos la fe en Cristo Resucitado y la esperanza que no defrauda con la Comunidad de los PP. Claretianos de Ferrol y con la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias. Y le pedimos al Padre del Cielo, por intercesión de su Madre Santísima a la que amó con fidelidad y ternura de su niñez, que el que ayudó a tantos cristianos de varios continentes a hacer su camino de fe mientras peregrinaban por la tierra, haya encontrado su sitio en la Casa que el Padre tiene preparada para sus hijos.

 

 

 


                                  


                                               

                              

   
   
 
 

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