Lecturas:
Sabiduría 4,7-15; Mt 11,25-30
Tanto en el
texto del libro de la Sabiduría como en el fragmento del evangelio
de S. Mateo que acabamos de escuchar encontramos una paradoja. En
ambas lecturas surge un contraste entre lo que se ve cuando se mira
superficialmente y lo que se ve cuando se trata de mirar con los
ojos de Dios. El mundo considera afortunado a quien vive muchos
años. Pero Dios, más que en la edad, se fija en la rectitud del
corazón. El mundo da crédito a los "sabios" y a los "doctos", Dios,
sin embargo, prefiere a los "pequeños" y a los “humildes”. Porque
hay como dos dimensiones de la realidad: una más profunda, verdadera
y eterna, y la otra marcada por la finitud, por la provisionalidad y
por la apariencia. En realidad, la vida verdadera, la vida eterna
comienza ya en este mundo, aun dentro de la precariedad de las
circunstancias históricas. La vida eterna comienza en la medida en
que nos abrimos al misterio de Dios y lo acogemos en nuestro
corazón. Porque Dios es el Señor de la vida y en Él "vivimos, nos
movemos y existimos" (Hch 17,28), como dijo san Pablo en el Areópago
de Atenas.
Dios es la
verdadera sabiduría que no envejece; es la riqueza auténtica que no
se marchita; es la felicidad a que aspira en profundidad el corazón
de todo hombre. Esta verdad, que atraviesa los libros sapienciales,
vuelve a surgir en el Nuevo Testamento y encuentra cumplimiento en
Jesús, en su vida y en su enseñanza. En la perspectiva de la
sabiduría evangélica, la misma muerte tiene algo de positivo y
saludable porque obliga a mirar a la cara la realidad, porque empuja
a reconocer la caducidad de lo que parece grande y fuerte a los ojos
del mundo. Muchas de las realidades en las que pretende asentarse el
orgullo humano se desvaneces ante la muerte y resalta, en cambio, la
consistencia de lo que verdaderamente vale. Todo acaba; todos en
este mundo estamos de paso. Sólo Dios tiene vida en sí mismo; más
aún, El es la vida. La nuestra es una vida participada, recibida de
Dios que es amor y por eso el hombre sólo puede alcanzar la vida
eterna abriéndose al amor: “En esto conocemos que hemos pasado de la
muerte a la vida: en que amamos a los hermanos” (cfr 1 Jn 3,14)
Queridos
hermanos y hermanas, esta Palabra de vida y de esperanza nos
conforta profundamente ante el misterio de la muerte, especialmente
cuando afecta a personas que nos son muy queridas. El Señor nos
asegura hoy que nuestro hermano el P. Luis María Villoria, a quien
encomendamos en esta Eucaristía, ha pasado de la muerte a la vida
porque desde su juventud dio una respuesta positiva a Cristo que le
eligió; acogió su yugo suave (cfr Mt 11,29) y se consagró al
servicio de los hermanos. A
los 71
años de edad, 55 de profesión y 47 de servicio sacerdotal en
España, en Estados Unidos y en Filipinas haciendo honor a su
condición de Misionero del Inmaculado Corazón de María. La última
etapa de su vida la ha vivido como vicario parroquial en Oviedo y en
Ferrol. Aquí, sirviendo en esta Parroquia de las Angustias, durante
los últimos siete años, compartiendo anhelos e inquietudes con
nuestro querido P. Arturo Muiño, calladamente muchas veces, pero de
una manera eficaz siempre. Por eso, aún cuando cometiera faltas
debidas a la fragilidad humana, la fidelidad a Cristo le habrá
permitido escuchar con toda seguridad: “Pastor bueno y fiel, entra
en el gozo de tu Señor”.
Sí, nos ha
entristecido la noticia de su fallecimiento en Colmenar Viejo
(Madrid), y echamos en falta su sonrisa y su fino sentido del humor.
Pero la fe nos conforta íntimamente al pensar que, unido al Señor
Jesús definitivamente, la muerte ya no tiene poder sobre él (cfr Rm
6,9). Pasando, en esta vida, a través del Corazón misericordioso de
Cristo, ha entrado definitivamente "en un lugar de descanso" (Sb
4,7). Y ahora nos es grato pensar en él disfrutando de la compañía
de los santos, libre ya de las amarguras de esta vida, y sentimos
nosotros también el deseo de podernos unir un día a tan feliz
compañía.
Damos
gracias a Dios y al Corazón de María por lo que, desde su juventud,
el P. Luis Mª Villoria ha aportado a la Congregación y a la Iglesia.
Compartimos la fe en Cristo Resucitado y la esperanza que no
defrauda con la Comunidad de los PP. Claretianos de Ferrol y con la
Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias. Y le pedimos al Padre
del Cielo, por intercesión de su
Madre Santísima a la que amó con fidelidad y ternura de su niñez,
que el que ayudó a tantos cristianos de varios continentes a hacer
su camino de fe mientras peregrinaban por la tierra, haya encontrado
su sitio en la Casa que el Padre tiene preparada para sus hijos.
