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“Tus sacerdotes,
Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad
y de amor”.
Con estas palabras del Prefacio de la Misa que celebramos os doy mi más
cordial bienvenida, queridos hermanos y amigos sacerdotes, Y también a
vosotros seminaristas, consagrados y fieles laicos. Vuestra presencia en
esta Iglesia que celebra gozosa 50 años de haber sido declarada
Concatedral, es también para mí ocasión propicia para animaros y
estimularos en la vivencia plena de vuestra fe cristiana y para unir,
todos juntos, nuestras súplicas en favor de esta nuestra Iglesia
particular de Mondoñedo-Ferrol.
1.
La Misa Crismal
La celebración de la Misa
Crismal es un momento de gracia para que nosotros, presbíteros de este
tiempo, reforcemos el sentido de pertenencia al presbiterio de nuestra
diócesis; más allá de los simples vínculos jurídicos que nos unen, hay
una pertenencia psicológica y espiritual que es bueno reavivar. Vivimos
en un tiempo de identidades frágiles, muy frágiles. No hace mucho el
sacerdote diocesano gozaba de una identidad fuerte, sabía muy bien quién
era y la sociedad le reconocía como sacerdote. Hoy tenemos que
redituarnos de un modo distinto. Las fuentes de nuestra identidad no
pueden ser, como para el mundo, el dinero, el prestigio y la familia.
Las fuentes de nuestra identidad son una profunda experiencia de Dios y
una vivencia honda de presbiterio, es decir, de cuerpo apostólico en
torno al Obispo, al servicio de la misión. Así pues, cada uno de
nosotros puede preguntarse: Yo ¿a quién pertenezco? Porque se puede caer
en un individualismo rabioso o una pertenencia acaramelada que no vale
para nada, porque no crea cosas nuevas nunca. La verdadera pertenencia
consiste en ser continuamente creativos en el anuncio del Evangelio o
¿nos vamos a limitar a una pastoral de mantenimiento de lo que hay hasta
ver qué nos deparan los tiempos?
Celebremos los
sacerdotes con profunda alegría y agradecimiento al Señor el don del
ministerio sacerdotal. Enhorabuena a vosotros queridos hermanos
sacerdotes del presbiterio diocesano: a los homenajeados, a los
presentes y a los que no han podido venir, a los ancianos y a los
jóvenes, a los que han recorrido muchos kilómetros para estar hoy con
nosotros y a nuestros sacerdotes enfermos o impedidos. Hacemos también
memoria de quienes nos han precedido en el signo de la fe y duermen el
sueño de la paz. Renovamos todos, en presencia del Pueblo de Dios aquí
representado, las promesas que hicimos el día de nuestra consagración
como ministros de Jesucristo único, sumo y eterno sacerdote.
2. Invitación a la fidelidad
La Palabra de Dios
hoy nos invita en la primera lectura a tomar conciencia de que somos
“Sacerdotes del Señor”, “ministros de nuestro Dios”, “estirpe que
bendijo el Señor” (1ª lectura). A Jesús, el libro del Apocalipsis le
ha proclamado el “testigo fiel”, “el primogénito de entre los
muertos, el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el
Todopoderoso.” En Nazaret, Jesús fue ungido por el Espíritu para
anunciar la buena nueva a los pobres, para proclamar el año de gracia
del Señor y ha podido decir: “Hoy se cumple esta escritura.”
Cuando expire en la cruz, dirá con voz potente:
“Todo se ha
cumplido”.
Jesús ha sido
siempre fiel, es el amén de Dios, el “sí” a Dios hasta la muerte. Fiel
al designio del Padre, ha recorrido el camino que le ha sido señalado
palmo a palmo. Con sus palabras y sus gestos significativos nos reveló
quién era Dios Padre y cuál era su voluntad. Y nos descubrió, al mismo
tiempo, quién es el hombre de verdad, su condición, su dignidad. Lo hizo
sirviendo, curando, liberando, amando. Fue fiel. No le fue fácil, pero
fue fiel. Por eso hemos escuchado con gozo “a Él la gloria y el poder
por los siglos de los siglos.”
A nosotros,
unidos a su sacerdocio, nos quiere fieles, incluso pasando, como El, por
la prueba de la cruz. Venimos hoy a recordar este nuestro compromiso de
fidelidad que dimos el día de nuestra ordenación, al que siempre fue
fiel hasta la muerte.
“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”
es lema del Año
Santo Sacerdotal que el Papa acaba de anunciar para conmemorar el 150
aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars y que se extenderá desde
el 19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010. “Queridos hermanos en el
sacerdocio –nos decía el Papa en Camerún (18.03.09) vuestro ministerio
pastoral requiere muchas renuncias, pero es también fuente de alegría.
En relación confidente con vuestros obispos, fraternalmente unidos a
todo el presbiterio, y sostenidos por la porción del Pueblo de Dios que
os es confiada, vosotros sabréis responder con fidelidad a la llamada
que el Señor os ha hecho un día […]. Podéis permanecer fieles, queridos
sacerdotes, al las promesas que habéis hecho a Dios delante de vuestro
Obispo y delante de la asamblea. El Sucesor de Pedro os agradece vuestro
generoso compromiso al servicio de la Iglesia y os anima a no dejaros
turbar por las dificultades del camino. A los jóvenes que se preparan
para unirse a vosotros, como también a aquellos que se preguntan si
tendrán vocación, querría volver a decirles que esta será la alegría que
se tiene en el darse totalmente al servicio de Dios y de la Iglesia.
Tened el coraje de ofrecer un ‘sí’ generoso a Cristo!”
3. Servidores de la comunión
El Año Santo
Sacerdotal nos ha de servir para intensificar la comunión. En primer
lugar, la comunión con Dios. Hemos sido elegidos para estar con El, con
el Señor. Somos sarmientos unidos a la única vid que es Cristo.
Necesitamos reforzar nuestra vida espiritual: orando con asiduidad,
practicando los Ejercicios Espirituales, cuidando los Retiros mensuales,
leyendo pausadamente alguna buena publicación de espiritualidad
sacerdotal, haciendo del ejercicio del ministerio la fuente principal
de nuestra espiritualidad. Hemos de comulgar también con la Iglesia
sintiéndola ante todo como nuestra Madre. Amándola como Esposa de Cristo
con toda el alma y sin restricciones. En una sociedad como la nuestra,
sometida a tantas fuerzas disgregadoras, una sociedad cada vez más
plural, dispersa y hasta enfrentada, los sacerdotes y los cristianos
tenemos que ser signos visibles y transparentes de comunión.
4. Servidores de la misión
Pero no podemos
quedarnos sólo en la comunión. El Papa, en la convocatoria del Año
Santo, apunta a una vivencia más fuerte de la misión. La nueva
evangelización en una sociedad plural y, a veces, descristianizada, es
urgente y de amplio calado. Es el Señor quien nos sigue enviando a
predicar su Evangelio. Esta misión reclama de nosotros la entrega
activa, apoyos mutuos y abiertos, la comunión en los objetivos programas
e iniciativas. No sólo es tarea de los sacerdotes, sino también de los
consagrados y laicos. Es imprescindible la comunión de todos para esta
misión.
A los presbíteros
corresponde regir y conducir, en comunión y en nombre del Obispo, a las
comunidades cristianas a ellos confiadas. Sin embargo, presidir no es
absorber todas las tareas, ni protagonizar todas las acciones. Hay
funciones que cada vez será más necesario confiar a consagrados o a
laicos. Hermanos sacerdotes: Debemos seguir promoviendo un laicado
adulto y reconocer los diversos carismas, encauzándolos en servicios
pastorales diversos. Debemos escuchar y confiar en los Consejos
parroquiales y arciprestales, actualizarlos y estimularlos. El Consejo
pastoral diocesano, que recientemente hemos constituido, ha de
consolidarse y ha de contribuir a incrementar nuestra pastoral
misionera.
5.
Acción de gracias
Queridos
sacerdotes: gracias de corazón, en el nombre del Señor, por todos los
trabajos y entrega en favor de nuestra Madre la Iglesia. Trabajo
callado, renovado de continuo y más de una vez poco reconocido. Dios,
que ve en lo oculto, sabe de vuestros gozos y de vuestros sufrimientos.
De los días de cruz y de los días de luz en vuestro ministerio. Demos
todos juntos gracias al Señor que nos ha llamado a ser sus ‘embajadores’
en medio de su pueblo santo.
Rezad y apoyad,
queridos fieles, a vuestros sacerdotes. Pidamos juntos que el Señor nos
conserve siempre vivo el regalo de nuestra vocación, que llevamos en
vasijas de barro, e insistamos en nuestra oración para que nos conceda
nuevos y santos ministros para su Iglesia.
Que María nuestra
Madre nos acompañe y oriente nuestros pasos en el fiel seguimiento y
entrega al servicio de su Hijo Jesucristo. Amén.
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