Homilía en la Misa Crismal 2009

      Concatedral de San Julián de Ferrol

      07.04.2009

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“Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y de amor”. Con estas palabras del Prefacio de la Misa que celebramos os doy mi más cordial bienvenida, queridos hermanos y amigos sacerdotes, Y también a vosotros seminaristas, consagrados y fieles laicos. Vuestra presencia en esta Iglesia que celebra gozosa 50 años de haber sido declarada Concatedral, es también para mí ocasión propicia para animaros y estimularos en la vivencia plena de vuestra fe cristiana y para unir, todos juntos, nuestras súplicas en favor de esta nuestra Iglesia particular de Mondoñedo-Ferrol.

 

1.     La Misa Crismal

La celebración de la Misa Crismal es un momento de gracia para que nosotros, presbíteros de este tiempo, reforcemos el sentido de pertenencia al presbiterio de nuestra diócesis; más allá de los simples vínculos jurídicos que nos unen, hay una pertenencia psicológica y espiritual que es bueno reavivar. Vivimos en un tiempo de identidades frágiles, muy frágiles. No hace mucho el sacerdote diocesano gozaba de una identidad fuerte, sabía muy bien quién era y la sociedad le reconocía como sacerdote. Hoy tenemos que redituarnos de un modo distinto. Las fuentes de nuestra identidad no pueden ser, como para el mundo, el dinero, el prestigio y la familia. Las fuentes de nuestra identidad son una profunda experiencia de Dios y una vivencia honda de presbiterio, es decir, de cuerpo apostólico en torno al Obispo, al servicio de la misión. Así pues, cada uno de nosotros puede preguntarse: Yo ¿a quién pertenezco? Porque se puede caer en un individualismo rabioso o una pertenencia acaramelada que no vale para nada, porque no crea cosas nuevas nunca. La verdadera pertenencia consiste en ser continuamente creativos en el anuncio del Evangelio o ¿nos vamos a limitar a una pastoral de mantenimiento de lo que hay hasta ver qué nos deparan los tiempos?

Celebremos los sacerdotes con profunda alegría y agradecimiento al Señor el don del ministerio sacerdotal. Enhorabuena a vosotros queridos hermanos sacerdotes del presbiterio diocesano: a los homenajeados, a los presentes y a los que no han podido venir, a los ancianos y a los jóvenes, a los que han recorrido muchos kilómetros para estar hoy con nosotros y a nuestros sacerdotes enfermos o impedidos. Hacemos también memoria de quienes nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz. Renovamos todos, en presencia del Pueblo de Dios aquí representado, las promesas que hicimos el día de nuestra consagración como ministros de Jesucristo único, sumo y eterno sacerdote. 

 

2. Invitación a la fidelidad

La Palabra de Dios hoy nos invita en la primera lectura a tomar conciencia de que somos “Sacerdotes del Señor”, “ministros de nuestro Dios”, “estirpe que bendijo el Señor” (1ª lectura). A Jesús, el libro del Apocalipsis le ha proclamado el “testigo fiel”, “el primogénito de entre los muertos, el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.” En Nazaret, Jesús fue ungido por el Espíritu para anunciar la buena nueva a los pobres, para proclamar el año de gracia del Señor y ha podido decir: “Hoy se cumple esta escritura.” Cuando expire en la cruz, dirá con voz potente: “Todo se ha cumplido”.

Jesús ha sido siempre fiel, es el amén de Dios, el “sí” a Dios hasta la muerte. Fiel al designio del Padre, ha recorrido el camino que le ha sido señalado palmo a palmo. Con sus palabras y sus gestos significativos nos reveló quién era Dios Padre y cuál era su voluntad. Y nos descubrió, al mismo tiempo, quién es el hombre de verdad, su condición, su dignidad. Lo hizo sirviendo, curando, liberando, amando. Fue fiel. No le fue fácil, pero fue fiel. Por eso hemos escuchado con gozo “a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos.”

 A nosotros, unidos a su sacerdocio, nos quiere fieles, incluso pasando, como El, por la prueba de la cruz. Venimos hoy a recordar este nuestro compromiso de fidelidad que dimos el día de nuestra ordenación, al que siempre fue fiel hasta la muerte.

“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote” es lema del Año Santo Sacerdotal que el Papa acaba de anunciar para conmemorar el 150 aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars y que se extenderá desde el 19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010. “Queridos hermanos en el sacerdocio –nos decía el Papa en Camerún (18.03.09) vuestro ministerio pastoral requiere muchas renuncias, pero es también fuente de alegría. En relación confidente con vuestros obispos, fraternalmente unidos a todo el presbiterio, y sostenidos por la porción del Pueblo de Dios que os es confiada, vosotros sabréis responder con fidelidad a la llamada que el Señor os ha hecho un día […].  Podéis permanecer fieles, queridos sacerdotes, al las promesas que habéis hecho a Dios delante de vuestro Obispo y delante de la asamblea. El Sucesor de Pedro os agradece vuestro generoso compromiso al servicio de la Iglesia y os anima a no dejaros turbar por las dificultades del camino. A los jóvenes que se preparan para unirse a vosotros, como también a aquellos que se preguntan si tendrán vocación, querría volver a decirles que esta será la alegría que se tiene en el darse totalmente al servicio de Dios y de la Iglesia. Tened el coraje de ofrecer un ‘sí’ generoso a Cristo!”

 

3. Servidores de la comunión

El Año Santo Sacerdotal nos ha de servir para intensificar la comunión. En primer lugar, la comunión con Dios. Hemos sido elegidos para estar con El, con el Señor. Somos sarmientos unidos a la única vid que es Cristo. Necesitamos reforzar nuestra vida espiritual: orando con asiduidad, practicando los Ejercicios Espirituales, cuidando los Retiros mensuales, leyendo pausadamente alguna buena publicación de espiritualidad sacerdotal, haciendo del ejercicio  del ministerio la fuente principal de nuestra espiritualidad. Hemos de comulgar también con la Iglesia sintiéndola ante todo como nuestra Madre. Amándola como Esposa de Cristo con toda el alma y sin restricciones. En una sociedad como la nuestra, sometida a tantas fuerzas disgregadoras, una sociedad cada vez más plural, dispersa y hasta enfrentada, los sacerdotes y los cristianos tenemos que ser signos visibles y transparentes de comunión. 

 

4. Servidores de la misión

Pero no podemos quedarnos sólo en la comunión. El Papa, en la convocatoria del Año Santo, apunta a una vivencia más fuerte de la misión. La nueva evangelización en una sociedad plural y, a veces, descristianizada, es urgente y de amplio calado. Es el Señor quien nos sigue enviando a predicar su Evangelio. Esta misión reclama de nosotros la entrega activa, apoyos mutuos y abiertos, la comunión en los objetivos programas e iniciativas. No sólo es tarea de los sacerdotes, sino también de los consagrados y laicos. Es imprescindible la comunión de todos para esta misión.

A los presbíteros corresponde regir y conducir, en comunión y en nombre del Obispo, a las comunidades cristianas a ellos  confiadas. Sin embargo, presidir no es absorber todas las tareas, ni protagonizar todas las acciones. Hay funciones que cada vez será más necesario confiar a consagrados o a laicos. Hermanos sacerdotes: Debemos seguir promoviendo un laicado adulto y reconocer los diversos carismas, encauzándolos en servicios pastorales diversos. Debemos escuchar y confiar en los Consejos parroquiales y arciprestales, actualizarlos y estimularlos. El Consejo pastoral diocesano, que recientemente hemos constituido, ha de consolidarse y ha de contribuir a incrementar nuestra pastoral misionera.

 

5. Acción de gracias

 Queridos sacerdotes: gracias de corazón, en el nombre del Señor, por todos los trabajos y entrega en favor de nuestra Madre la Iglesia. Trabajo callado, renovado de continuo y más de una vez poco reconocido. Dios, que ve en lo oculto, sabe de vuestros gozos y de vuestros sufrimientos. De los días de cruz y de los días de luz en vuestro ministerio. Demos todos juntos gracias al Señor que nos ha llamado a ser sus ‘embajadores’ en medio de su pueblo santo.

Rezad y apoyad, queridos fieles, a vuestros sacerdotes. Pidamos juntos que el Señor nos conserve siempre vivo el regalo de nuestra vocación, que llevamos en vasijas de barro, e insistamos en nuestra oración para que nos conceda nuevos y santos ministros para su Iglesia.

Que María nuestra Madre nos acompañe y oriente nuestros pasos en el fiel seguimiento y entrega al servicio de su Hijo Jesucristo. Amén.

 


                                                 

 

                                                    

   
   
 
 

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