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Saludo con
afecto a los Rectores de nuestros Seminarios, a los Formadores y
profesores, a los sacerdotes concelebrantes, a los familiares de los
seminaristas y, de un modo especial, a los seminaristas mayores y
menores, particularmente a los que se incorporan este curso a nuestro
Seminario.
Estamos
celebrando el Año Sacerdotal y podemos preguntarnos, ¿qué hace falta
para ser sacerdote?
1. Experiencia de Dios
Yo diría
que en primer lugar hay que experimentar el amor de Dios. Un amor que es
tan fuerte como el amor del padre y tan entrañable como el de la madre.
Es apasionado como el amor de los novios y llega hasta la ‘locura’:
“habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo”, hasta la locura. Verdaderamente el amor de Dios hacia nosotros
es excesivo. Dios se pasa siempre amando a los hombres. Dios nos ama
gratis y nos quiere con un amor incondicional.
El
sacerdote es testigo de un amor así en medio de nuestro mundo.
Justamente donde brilla el amor fugaz, no comprometido y lleno de
condiciones. El sacerdote ha experimentado el amor de Dios y no puede
menos de pregonarlo.
2. Hablar de Dios
Hablar del
Dios que ama a los hombres es una necesidad para quien lo siente de
verdad. ¿Cómo no contar que el amor de Dios, como el del Padre del
pródigo, es un amor que respeta la libertad, que espera el retorno, que
se adelanta, que besa y abraza, que ‘restituye’ en la condición de hijo
que –para el padre- nunca perdió? Es imposible resistir la tentación de
hablar de un Dios que nos dice a los pecadores. “Yo tampoco te condeno.
Vete en paz y en adelante no peques más”. O también “a quien mucho ama,
mucho se le perdona”
No tenemos
palabras para expresar la hondura del amor de Dios que vivimos cada día.
Pero necesitamos hablar de él porque nos quema en el corazón. Dios mismo
pone sus palabras en nuestros labios impuros para que hablemos en su
nombre. Especialmente en el sacerdote que puede hablar de Dios con
palabra autorizada. ¡Qué suerte la nuestra!
3. Un corazón samaritano
El amor de
Dios es más que palabras. Por eso Cristo lo anunció con obras y con
palabras. El es quien se acerca a todo hombre malherido y marginado para
curarle con el vino del consuelo y el aceite de la alegría. Por eso el
sacerdote necesita un corazón de padre donde quepan los sufrimientos de
sus hijos. Un corazón capaz de conmoverse ante tanta miseria para
derramar sobre el mundo la misericordia de Dios.
4. Necesitamos sacerdotes
¿Cómo van
a oír hablar de Dios si no hay ministros que se lo anuncien? Es la queja
San Pablo (Cf. Rom 10, 14-15). Se necesitan sacerdotes. No es tiempo de
cobardías, ni de apocamiento. El mundo de hoy y nuestra sociedad
necesitan más que nunca de la presencia de Dios, de la Palabra de Dios,
del perdón de Dios, del consuelo de Dios. Todo eso lo da el sacerdote
cuando vive sintonizando con el corazón de Cristo. Yo os agradezco,
queridos sacerdotes, colaboradores del obispo, el trabajo de cada día,
el peso del día y el calor de la jornada en el trabajo de la viña del
Señor. Y no olvidemos que Dios sigue poniendo en el corazón de algunos
adolescentes y jóvenes el deseo de vivir y comunicar su amor a los
hombres. Dios sigue llamando. Y con voz potente. Pero muchos ponen su
oído en otras músicas y no pueden oír la música de Dios. O tienen miedo
para dar un sí sostenido a lo largo del tiempo.
5. El Seminario
El
Seminario no es sólo un gran edificio. Es un tiempo para aprender a
escuchar la música de Dios. Y para aprender a interpretarla de modo que
la entienda la gente de nuestro tiempo. Por eso forma y acompaña. Y
sobre todo ayuda a reconocer las huellas del amor de Dios, dondequiera
que se encuentren.
Los sacerdotes no
nacen, se hacen. La respuesta a la llamada de Dios ha de madurar libre y
fielmente, correspondiendo a la gracia de Dios. La oración asidua, el
estudio consciente, la vida comunitaria y las vivencias pastorales, bien
armonizados en el proyecto formativo del Seminario, son los caminos por
los que el Señor va esculpiendo en los candidatos al sacerdocio la
imagen del Buen Pastor. El Seminario Menor, a través de una propuesta
educativa y vocacional, busca favorecer oportuna y gradualmente aquella
formación humana, espiritual y cultural para que los alumnos puedan
reconocer más fácilmente su vocación y se hagan más capaces de
corresponder a ella.
Tenemos un
grupito de seminaristas. Los llevo muy dentro junto con sus formadores.
Pero necesitamos más, muchos más. Es cosa de todos animar a los
adolescentes y jóvenes que se sientan llamados a vivir exclusivamente
dedicados a anunciar con obras y con palabras el amor de Dios, siempre
lleno de sorpresas. El sacerdocio, dijo San Agustín, es ‘oficio de
amor’.
Al Señor
de la mies, por medio de su Madre, y madre nuestra María, le pedimos nos
bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Hoy ponemos por
intercesor a San Inocencio que alcanzó la cima de la santidad habiendo
nacido en estas tierras nuestras y que fue fiel a la llamada del Señor
hasta derramar su sangre. El nos estimula en el camino.
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