Homilía en la inauguración del curso en el Seminario

    09.10.2009

      Edición en PDF

                                                         

 
 
   

 

 

Saludo con afecto a los Rectores de nuestros Seminarios, a los Formadores y profesores, a los sacerdotes concelebrantes, a los familiares de los seminaristas y, de un modo especial, a los seminaristas mayores y menores, particularmente a los que se incorporan este curso a nuestro Seminario.

 

Estamos celebrando el Año Sacerdotal y podemos preguntarnos, ¿qué hace falta para ser sacerdote?

 

 

1. Experiencia de Dios

 

Yo diría que en primer lugar hay que experimentar el amor de Dios. Un amor que es tan fuerte como el amor del padre y tan entrañable como el de la madre. Es apasionado como el amor de los novios y llega hasta la ‘locura’: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”, hasta la locura. Verdaderamente el amor de Dios hacia nosotros es excesivo. Dios se pasa siempre amando a los hombres. Dios nos ama gratis y nos quiere con un amor incondicional.

El sacerdote es testigo de un amor así en medio de nuestro mundo. Justamente donde brilla el amor fugaz, no comprometido y lleno de condiciones. El sacerdote ha experimentado el amor de Dios y no puede menos de pregonarlo.

 

 

 

2. Hablar de Dios

 

Hablar del Dios que ama a los hombres es una necesidad para quien lo siente de verdad. ¿Cómo no contar que el amor de Dios, como el del Padre del pródigo, es un amor que respeta la libertad, que espera el retorno, que se adelanta, que besa y abraza, que ‘restituye’ en la condición de hijo que –para el padre- nunca perdió? Es imposible resistir la tentación de hablar de un Dios que nos dice a los pecadores. “Yo tampoco te condeno. Vete en paz y en adelante no peques más”. O también “a quien mucho ama, mucho se le perdona”

No tenemos palabras para expresar la hondura del amor de Dios que vivimos cada día. Pero necesitamos hablar de él porque nos quema en el corazón. Dios mismo pone sus palabras en nuestros labios impuros para que hablemos en su nombre. Especialmente en el sacerdote que puede hablar de Dios con palabra autorizada. ¡Qué suerte la nuestra!

 

 

 

3. Un corazón samaritano

 

El amor de Dios es más que palabras. Por eso Cristo lo anunció con obras y con palabras. El es quien se acerca a todo hombre malherido y marginado para curarle con el vino del consuelo y el aceite de la alegría. Por eso el sacerdote necesita un corazón de padre donde quepan los sufrimientos de sus hijos. Un corazón capaz de conmoverse ante tanta miseria para derramar sobre el mundo la misericordia de Dios.

 

 

 

4. Necesitamos sacerdotes

 

¿Cómo van a oír hablar de Dios si no hay ministros que se lo anuncien? Es la queja San Pablo (Cf. Rom 10, 14-15). Se necesitan sacerdotes. No es tiempo de cobardías, ni de apocamiento. El mundo de hoy y nuestra sociedad necesitan más que nunca de la presencia de Dios, de la Palabra de Dios, del perdón de Dios, del consuelo de Dios. Todo eso lo da el sacerdote cuando vive sintonizando con el corazón de Cristo. Yo os agradezco, queridos sacerdotes, colaboradores del obispo, el trabajo de cada día, el peso del día y el calor de la jornada en el trabajo de la viña del Señor. Y no olvidemos que Dios sigue poniendo en el corazón de algunos adolescentes y jóvenes el deseo de vivir y comunicar su amor a los hombres. Dios sigue llamando. Y con voz potente. Pero muchos ponen su oído en otras músicas y no pueden oír la música de Dios. O tienen miedo para dar un sí sostenido a lo largo del tiempo.

 

 

5. El Seminario

 

El Seminario no es sólo un gran edificio. Es un tiempo para aprender a escuchar la música de Dios. Y para aprender a interpretarla de modo que la entienda la gente de nuestro tiempo. Por eso forma y acompaña. Y sobre todo ayuda a reconocer las huellas del amor de Dios, dondequiera que se encuentren.

Los sacerdotes no nacen, se hacen. La respuesta a la llamada de Dios ha de madurar libre y fielmente, correspondiendo a la gracia de Dios. La oración asidua, el estudio consciente, la vida comunitaria y las vivencias pastorales, bien armonizados en el proyecto formativo del Seminario, son los caminos por los que el Señor va esculpiendo en los candidatos al sacerdocio la imagen del Buen Pastor. El Seminario Menor, a través de una propuesta educativa y vocacional, busca favorecer oportuna y gradualmente aquella formación humana, espiritual y cultural para que los alumnos puedan reconocer más fácilmente su vocación y se hagan más capaces de corresponder a ella.

 

Tenemos un grupito de seminaristas. Los llevo muy dentro junto con sus formadores. Pero necesitamos más, muchos más. Es cosa de todos animar a los adolescentes y jóvenes que se sientan llamados a vivir exclusivamente dedicados a anunciar con obras y con palabras el amor de Dios, siempre lleno de sorpresas. El sacerdocio, dijo San Agustín, es ‘oficio de amor’.

 

Al Señor de la mies, por medio de su Madre, y madre nuestra María, le pedimos nos bendiga con nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Hoy ponemos por intercesor a San Inocencio que alcanzó la cima de la santidad habiendo nacido en estas tierras nuestras y que fue fiel a la llamada del Señor hasta derramar su sangre. El nos estimula en el camino.

 


 

 

 

                                     

               

   
 
 

                       (c) Diócesis de Mondoñedo-Ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2009                                   mcs@mondonedoferrol.org