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El ser
humano no puede vivir sin ilusiones, sin proyectos, sin esperanzas
Las esperanzas que forman el
tejido de la vida humana son muchas y de diverso calado. Según la edad o el
momento vital que atravesamos, según las épocas históricas y la diversidad
de generaciones, los proyectos cambian y se diversifican. Incluso ocurre que
en algunos de ellos ponemos tanta ilusión que, cuando se cumplen, nos
dejamos como un poso de insatisfacción.
El hombre de
la modernidad ha sustituido la fe en la vida eterna por la fe en el
progreso soñando con una ciencia y una tecnología que le resolvieran todos
sus problemas, pensando que se puede lograr en este mundo una convivencia
plenamente pacífica y justa, luchando por edificar un mundo en el que la
razón venciera definitivamente el sinsentido.
Y es verdad
que la ciencia y la tecnología, la razón y la justicia han hecho realidad
muchos proyectos esperanzadores de humanización. Justo es reconocerlo.
Pero también han demostrado que dejan al descubierto nuestras necesidades
más profundas. ¿Cómo mantener la esperanza cuando nos cerca el
sufrimiento, cuando las injusticias a nivel de contienentes, a pesar de
todo, son cada vez más palpables, cuando observamos tanta carencia de
libertad a nuestro alrededor o cuando tenemos que situarnos –querámoslo o
no- ante la muerte de alguno de nuestros seres queridos o el asesinato de
seres inocentes?
Las
esperanzas humanas necesitan la gran esperanza, la esperanza definitiva,
que las asuma, las purifique y las integre en el conjunto de la vida del
ser humano y en el seno de la historia de la humanidad.
El Dios
vivo y verdadero: la grande y definitiva esperanza
La gran
esperanza que garantiza la realización plena de los anhelos humanos tanto
para cada hombre y mujer como para el conjunto de los seres humanos es el
Dios con rostro humano que en Jesucristo nos ha amado hasta el extremo. La
esclava sudanesa Josefina Bakita, después de ser posesión de varios
dueños, alguno de los cuales le dejó grabadas en su cuerpo 144 cicatrices,
descubrió un día que existía el Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta
aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban
o que, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora
había conocido al Señor de los señores de la tierra, que la amaba y le
llamaba a la libertad. Ya no se podía conformar con un dueño que no la
maltratara, sino que podía satisfacer plenamente sus ansias de vida y
libertad. En este momento tuvo esperanza. No sólo la pequeña esperanza de
encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza. Dios me ama,
suceda lo que suceda; Dios me espera, mi vida es hermosa.
La esperanza
grande y definitiva, sin Dios, se vuelve complicada si no imposible. Así
lo podemos advertir en tantos contemporáneos nuestros que se han despedido
de Dios y no les resulta nada fácil mantener la esperanza sobre todo en
los momentos duros de la vida, que a todos llegan más o menos tarde.
Los
mártires, testigos de esperanza
¿Quién nos
garantiza que Dios sea la grande y definitiva esperanza que sostenga
nuestras esperanzas de cada día? Lo confirman realmente numerosos
testigos, entre ellos unos bien cualificados: los mártires. El mártir,
como cualquier persona, ama la vida, no busca la muerte, no desprecia esta
vida ni las cosas buenas que Dios nos ha dado, pero sabe que la vida ―esta
vida terrenal― no es un fin en sí misma, y que sólo la vida vivida
intensamente desde el amor con proyección al para siempre, es digna de fe.
“El mártir
cristiano –ha escrito Mons Ricardo Blázquez- no es un desesperado que
renuncia a continuar viviendo; ni es un hastiado de la vida que ve en la
muerte la liberación; ni es un ‘kamikaze’, como los pilotos suicidas
japoneses de la segunda guerra mundial, que murieron sembrando destrucción
y muerte; ni es un ‘héroe rojo’, según lo ha descrito el marxista E. Bloch,
que cerrado a la supervivencia personal muere por un ‘mundo nuevo’. El
mártir cristiano ama la existencia; el mártir cristiano muere perdonando,
el mártir cristiano espera intensamente la vida definitiva de la
resurrección gloriosa en Cristo. El emperador filósofo Marco Aurelio,
molesto por el heroísmo de los cristianos, trató de interpretarlo como
fanatismo y gusto por lo trágico; pero se equivocó. Le faltaba el secreto
del cristianismo: la resurrección de Jesucristo crucificado como
fundamento de la esperanza de los cristianos. El amor a la vida en Cristo
vencía los suplicios de la muerte; de aquí brotaba una libertad
incomprensible para los paganos. Sin esa esperanza queda desnaturalizada
la Iglesia y el martirio cristiano es incomprensible”
El mártir
es un signo visible de Cristo en la historia, y precisamente por ello, un
motivo de esperanza. Afirmaba el Santo Padre Juan Pablo II: “el martirio
es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza”.
Nuestro
patrono S. Julián, de quien hoy hacemos memoria, es verdaderamente un
testigo del evangelio de la esperanza.
En
la Antioquía del sigo IV, un buen día el presidente Marciano, ordenó
apresar y encarcelar a Julián y a sus monjes. Julián no se amedrentó y
valientemente profesó su fe en medio de la persecución. Hay expectación en
la gente cuando Marciano increpa con solemnidad a Julián:
- ¿Te ríes
de nuestros dioses y de nuestro emperador? Ante los tormentos no habrá
bromas ni réplicas.
Luego cambia
de táctica e insinúa:
-El
cristianismo es religión de esclavos y adoran a un crucificado. Los nobles
no van a la cruz.
-Mi Dios
–responde Julián- tiene la nobleza de haber derramado toda su sangre por
la salvación de los hombres.
-Basta, Julián. Que te abran
dolorosos y profundos surcos sobre tu carne cristiana. Primero le flagelan
con toda dureza. En los criminales no hay piedad, ni ternura, ni
compasión. Por fin, la espada no fallará y una cabeza que había pensado
siempre en Cristo rueda por el suelo como testimonio mudo de fe cristiana,
con la esperanza de la resurrección cierta. San Julián pudo afirmar con S.
Pablo: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la
tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud
probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha
sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha
dado” (Rom. 5,3-5).
Os he presentado, muy a grandes
rasgos, la última encíclica del Papa Benedicto XVI. Os animo a que la
leáis. Os hará mucho bien y disfrutareis porque en ella el Papa actual
interpreta con diversos registros la bella melodía de la esperanza. El
Papa combina perfectamente la exégesis bíblica con las enseñanzas de los
Padres de la Iglesia, el discurso teológico y el pensamiento moderno, los
tesoros de la espiritualidad y el diagnóstico del presente, la sintonía
con los anhelos más profundos del hombre de hoy y el discernimiento
crítico de las diversas ofertas que quieren conquistar su mente y su
corazón.
No olvidemos que el mensaje
cristiano sobre la esperanza no es una mera información, pura comunicación
de ideas y conocimientos, sino que tiende a transformar la vida de cuantos
le acogen. Pretende configurar de un modo nuevo la existencia presente,
aquí y ahora, abriendo al futuro en el que se puede vivir la vida
verdadera en plenitud y para siempre.

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