diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                         la financiación de la Iglesia, un reto y una tarea para los católicos

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

Para que la Iglesia pueda anunciar la Palabra de Dios, celebrar los sacramentos de la fe y ayudar a los pobres necesita de medios económicos. Y siempre ha contado con la generosidad de sus fieles. Así nos consta desde que daba sus primeros pasos cuando leemos los Hechos de los Apóstoles. Hasta el día de hoy. Las formas han variado mucho a lo largo de la historia, pero la realidad es la misma.

La intervención del Estado en este tema depende de si valora positivamente o no el papel de la religión en la vida personal del hombre y en el desarrollo de la sociedad. Si cada persona busca -consciente o inconscientemente- una felicidad que va más allá de sí misma y de este mundo, la religión juega un papel de extraordinaria importancia. Por otra parte, la sociedad misma no podría subsistir sin valores morales compartidos como la justicia, la solidaridad, la libertad, el amor y la paz. Si los Estados democráticos subvencionados las más variadas actividades que los ciudadanos ejercen en terrenos como el deporte, las artes, la cultura, etc, ¿por qué no las actividades relacionas con la vida y la actividad religiosa? El derecho a la libertad religiosa es intrínseco a la persona humana y anterior a las leyes positivas civiles, sea cual sea su rango. Pero éste no es nuestro caso.

Una de las fórmulas más estimadas en la Europa de hoy, porque resulta directa y expresa, es la de que los contribuyentes puedan destinar para este fin un tanto por ciento de los tributos que pagan a la Hacienda del Estado. Es, por tanto, incorrecto afirmar que el Estado subvenciona a la Iglesia, sino que tan sólo es el canal por el que la Iglesia recibe la asignación tributaria de los declarantes del IRPF que así lo desean. De esta fórmula se ha hecho uso en el Acuerdo sobre asuntos económicos firmado por la Santa Sede y el Gobierno Español ratificado después de aprobada la Constitución de 1978 y que acaba de ser actualizado.

El Gobierno y la Conferencia Episcopal Española acaban de ponerse de acuerdo en que el porcentaje de deducción del impuesto a favor de la Iglesia Católica pase del 0’52 al 0’70%; en consecuencia el Estado dejará de aportar el complemento que ofrecía a cargo de los Presupuestos Generales. La Iglesia pagará el impuesto conocido por el IVA cuando adquiera bienes que pertenezcan al ámbito de las actividades propias de su misión.

Con ello no se resuelve, sin embargo, en su totalidad - ¡ni mucho menos!- el problema de lo que significan las necesidades reales de la financiación de la Iglesia en España. La solidaridad activa de los católicos con la Iglesia en España continúa siendo vitalmente imprescindible y no debe decaer ni en su volumen material, ni en su intensidad espiritual. Al lado de la colaboración por la vía de la deducción del impuesto sobre la renta, que no cuesta nada al contribuyente, es preciso seguir ofreciendo la generosa aportación ordinaria y perseverante de todos los fieles en la medida de sus posibilidades.

Las diócesis españolas obtienen recursos económicos a través, básicamente, de tres vías: la primera y fundamental es la aportación directa de los fieles (donativos, suscripciones periódicas, etc.) Una segunda vía la constituyen los fondos recabados de Administraciones públicas, como es la asignación tributaria. Por último, existe una tercera vía, derivada de la gestión adecuada de su propio patrimonio.

Tenemos que dar pasos decisivos hacia la autofinanciación. Con el empeño de todos hemos de lograr que la colecta a favor de la Iglesia diocesana se haga en todas las parroquias y comunidades eclesiales. Y que los donativos sean generosos. En esta hora de nuevos retos, no podemos conformarnos con compartir la calderilla. Cultivemos aquella disposición de espíritu que animaba a los primeros cristianos: nadie consideraba lo propio como exclusivamente suyo, sino como bienes que habrían de ser compartidos fraternalmente por amor.

Con mi afecto y mi bendición.

    

   
   
   
 
 

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