diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                  los inmigrantes, un desafío para las comunidades cristianas

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

El domingo 15 de enero la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Emigrante y Refugiado. Es el primer año que esta jornada se celebra en esta fecha, ya que tradicionalmente se celebraba en el mes de septiembre.

En España el cambio experimentado en el movimiento migratorio en las dos últimas décadas es más que notable. Los años entre 1970 y 1980 se caracterizaron porque los españoles emigraron a América y a determinados países europeos. Lo sabemos muy bien en estas tierras nuestras de Galicia. Posteriormente se dio una inversión de tendencia. En el año 1990 había en España una población extranjera aproximada de un cuarto de millón y sólo quince años más tarde ha sobrepasado los 3 millones y medio. El porcentaje de extranjeros sobre la población total es ya aproximadamente del 8,4%. España ha pasado de ser un país de emigración, aunque no conviene olvidar a ese millón largo de españoles que todavía viven en el extranjero, a convertirse en país de inmigración. No hay una sola provincia donde no haya una presencia importante de inmigrantes, aunque oscile bastante de unas provincias a otras: Va del 1,7% al 5% en las que menos hasta el 10%-18,5% en las que más. En algunos lugares concretos puede haber un 30% de extranjeros inmigrantes. En la actualidad la mayor parte de los extranjeros en nuestro país proceden por este orden de América Latina, Unión Europea, África, Europa del Este y Asia.

La emigración se ha convertido en un fenómeno global en el mundo actual, no exento de dramatismo en muchas ocasiones, que no puede ser contemplado solamente como si sólo se tratara de números o de rentabilidad económica. Mucho menos como un problema, sin más; menos aún como si los inmigrantes supusieran un peligro o una amenaza. Hemos de contemplar y afrontar el fenómeno de las migraciones tratando de abarcar la totalidad de la persona del inmigrante, con sus referencias familiares, culturales, sociales, religiosas…, así como la realidad de su país de origen y del de acogida.

El inmigrante es, ante todo, una persona y no ‘mano de obra barata’. No puede ser considerado como un simple “recurso humano” del que nos beneficiamos, minusvalorando el tiempo que lleva entre nosotros, su contribución a nuestro bienestar, sin apreciar suficientemente sus raíces familiares, culturales y religiosas.

El fenómeno de la emigración, que afecta a millones de seres humanos plantea serios desafíos a la sociedad y a la Iglesia. Decía el Papa Juan Pablo II en la Ecclesia in Europa (2003): “Entre los retos que tiene hoy el servicio del Evangelio de la esperanza se debe incluir el creciente fenómeno de la inmigración, que llama en causa la capacidad de la Iglesia para acoger a toda persona, cualquiera que sea su pueblo o nación de pertenencia. Estimula también a toda la sociedad europea y sus instituciones a buscar un orden justo y modos de convivencia respetuosos de todos y de la legalidad, en un proceso de posible integración” (nº 100)

El deber del cristiano es acoger a cualquier persona que pase necesidad. Esta apertura construye comunidades cristianas fervientes, enriquecidas por el Espíritu con los dones que les aportan los nuevos discípulos procedentes de otras culturas. Esta expresión básica del amor evangélico es igualmente la inspiración de innumerables programas de solidaridad con los emigrantes y los refugiados entre nosotros y en otras partes del mundo. Y nos obliga a poner en práctica el diálogo interreligioso.

Pero a menudo la solidaridad resulta difícil. Requiere formación y despojarse de prejuicios y actitudes de aislamiento, que en muchas sociedades se han hecho hoy más sutiles y penetrantes. Para afrontar este fenómeno, la Iglesia posee grandes recursos educativos y formativos en todos los ámbitos. Entre todos y sin ceder al desaliento hemos de combatir el racismo y la xenofobia, inculcando actitudes positivas basadas en la doctrina social católica.

Los cristianos, cada vez más arraigados en Cristo, debemos esforzarnos por superar la tendencia a encerrarnos en nosotros mismos, y hemos de aprender a descubrir en las personas de otras culturas la huella de Dios. Sólo un amor auténticamente evangélico será suficientemente fuerte para ayudar a las comunidades a pasar de la mera tolerancia al respeto real de las diferencias por lo que se refiere a los emigrantes. Sólo la gracia redentora de Cristo puede hacernos vencer este desafío diario de transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el rechazo en solidaridad.

La Iglesia debe estar siempre atenta a la realidad migratoria, en constante evolución, y tratar, en la medida de sus posibilidades, de responder adecuadamente a sus demandas y a sus necesidades. Ahora mismo nos encontramos con dos fenómenos nuevos:

1) A nadie se oculta el considerable aumento de las personas que profesan el Islam en España y en Europa. En el encuentro del Papa Benedicto XVI con la comunidad musulmana en Colonia, con motivo de la XX Jornada Mundial de la Juventud, proponía una "convivencia pacífica y serena", y añadía: "Gracias a Dios, estamos de acuerdo en que el terrorismo, de cualquier origen que sea, es una opción perversa y cruel, que desdeña el derecho sacrosanto a la vida y corroe los fundamentos mismos de toda convivencia civil. Si juntos conseguimos extirpar de los corazones el sentimiento de rencor, contrastar toda forma de intolerancia y oponernos a cada manifestación de violencia, frenaremos la oleada de fanatismo cruel, que pone en peligro la vida de tantas personas, obstaculizando el progreso de la paz en el mundo. La tarea es ardua, pero no imposible. En efecto, el creyente -y todos nosotros, como cristianos y musulmanes, somos creyentes- sabe que puede contar, no obstante su propia fragilidad, con la fuerza espiritual de la oración"

2) Las mujeres inmigrantes han aumentado considerablemente en los últimos veinte años. Tras los trabajadores emigrantes llegados a Europa en los años 70, tras los procesos de reagrupación familiar a los que hemos asistido (y que aún continúan), nos encontramos ahora en un periodo en el que casi el 50% de la inmigración internacional son mujeres. Así lo comenta el Papa Benedicto XVI en el mensaje que ha escrito para esta Jornada: “Con respecto a los que emigran por motivos económicos, cabe destacar el reciente hecho de la “feminización” del fenómeno, es decir, la creciente presencia en él de la mujer. En efecto, en el pasado, quienes emigraban eran sobre todo los hombres, aunque no faltaban nunca las mujeres; sin embargo, entonces ellas emigraban sobre todo para acompañar a sus respectivos maridos o padres, o para reunirse con ellos donde se encontraban ya. Hoy, aun siendo todavía numerosas esas situaciones, la emigración femenina tiende a ser cada vez más autónoma: la mujer cruza por sí misma los confines de su patria en busca de un empleo en el País de destino. Más aún, en ocasiones, la mujer emigrante se ha convertido en la principal fuente de ingresos para su familia. De hecho, la presencia femenina se da sobre todo en los sectores que ofrecen salarios bajos. Por eso, si los trabajadores emigrantes son particularmente vulnerables, entre ellos las mujeres lo son más aún. Los ámbitos de empleo más frecuentes para las mujeres son, además de los quehaceres domésticos, la asistencia a los ancianos, la atención a las personas enfermas y los servicios relacionados con el hospedaje en hoteles. En estos campos los cristianos están llamados a manifestar su compromiso en favor del trato justo a la mujer emigrante, del respeto a su feminidad y del reconocimiento de sus derechos iguales”. Este nuevo rostro de la inmigración conlleva un cambio de comportamiento, que a menudo va unido a dificultades de integración y una disminución de la fecundidad, pero también a un verdadero tráfico de mujeres y a la prostitución.

¿Qué podemos hacer? ¿Por dónde ha de ir nuestro compromiso ante el desafío que supone la inmigración para nosotros?

Crear espacios en los que sea posible el encuentro. Así podremos intercambiar experiencias y nos enriqueceremos mutuamente. Creemos espacios de encuentro que nos permitan pasar de la mera tolerancia al respeto real de las diferencias, vencer toda tendencia a encerrarnos en nosotros mismos y transformar el egoísmo en generosidad, el temor en apertura y el rechazo en solidaridad. Espacios de confianza, en que aprendamos unos y otros a superar los propios temores y encontrar luz y estímulos para vivir juntos, a partir del Evangelio de Cristo, un camino de fraternidad y reconciliación.

Educar en el diálogo. La comunidad cristiana ha de educar para el pluralismo, integrando en sus planes pastorales y procesos educativos la diversidad. Al mismo tiempo ha de informar y sensibilizar al pueblo sobre las causas de los flujos migratorios y sobre la presencia enriquecedora de los trabajadores inmigrantes entre nosotros. Los cristianos no podemos dejarnos llevar de ciertas mentalidades cuyas reacciones no proceden de la fe, sino de sistemas de valores contrapuestos al Evangelio.

Ser promotores de justicia defendiendo y reconociendo los derechos de los inmigrantes y sus familias, afrontando el reto decisivo de transformar la globalización excluyente y generadora de injusticia y de violencia en una globalización de la solidaridad a fin de que en nuestro mundo pueda alumbrar una humanidad nueva.

Nuestras parroquias han de ver en los inmigrantes a hermanos llamados a compartir los bienes de la fe en Cristo. Cuando se trata de cristianos, éstos han de poder reconocer en nuestras comunidades su misma fe y compartir la original expresión de la misma con igualdad de derechos. En la Iglesia nadie es extranjero. Si se trata de no cristianos, la misma fe ha de llevarnos a reconocer y a servir en ellos a Cristo, recordando sus palabras: «Era extranjero y me acogisteis». “Asociar a los hombres y mujeres inmigrantes, que viven y trabajan entre nosotros, a la construcción de nuestro pueblo, de nuestro barrio y de nuestra comunidad es la acción propia de una comunidad cristiana que vive la catolicidad como una apertura esencial a todo lo que es obra del Espíritu en cada pueblo”. Este es el único camino para alimentar la esperanza, ahuyentar la indiferencia y rechazar el espectro de la xenofobia y del racismo. Es la acción urgente frente al deterioro humano que los repliegues egoístas provocan socavando muchas veces nuestra convivencia diaria. Especialmente acojan y den responsabilidades a las mujeres emigrantes.

— los diferentes servicios de la Iglesia acrecienten el apoyo que dan a las mujeres indocumentadas, más indefensas que los hombres en nuestras sociedades;

— los responsables de las Iglesias participen en la labor de los gobiernos nacionales y de las instancias europeas a favor de la lucha contra el tráfico de mujeres y de su protección, ya sea en el país de destino como en el de origen.

En definitiva, se trata de respetar mejor los derechos de todo hombre y de toda mujer y, por tanto, de luchar contra cualquier forma de esclavitud moderna. A ello nos invitan las Convenciones internacionales, más aún la Palabra de Dios: para nosotros, todo ser humano es imagen de Dios.

Damos gracias a Dios por la presencia, el servicio y la riqueza de los hermanos inmigrantes entre nosotros, así como por las iniciativas, los servicios y las acciones por parte de las comunidades cristianas para acogerles y colaborar en su integración. Aliento a las Parroquias, a Caritas, a los Centros Educativos de la Iglesia, a las Comunidades Cristianas y a las personas de buena voluntad, para que sigan trabajando con ilusión en este campo y asuman en su tarea pastoral el compromiso explícito en favor de los hermanos y hermanas inmigrantes.

                                              

   
   
   
 
 

                       (c) diócesis de mondoñedo-ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2007                                   mcs@mondonedoferrol.org