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“Estoy convencido –confiesa el Papa Benedicto XVI-
de que respetando a la persona se promueve la paz, y que construyendo la paz
se ponen las bases para un auténtico humanismo integral”. Creo que este
convencimiento es compartido por todos, aunque alguna vez no seamos del todo
coherentes. Resumo a continuación el Mensaje pontificio para la Jornada
Mundial de la Paz del año 2007.
1. Respetar la dignidad de la persona es tener en cuenta sus derechos
Respetar la dignidad de la persona humana implica no poder disponer de ella
a capricho. “Quien tiene mayor poder político, tecnológico o económico, no
puede aprovecharlo para violar los derechos de los otros menos afortunados.
En efecto, la paz se basa en el respeto de todos. Consciente de ello, la
Iglesia se hace pregonera de los derechos fundamentales de cada
persona. En particular, reivindica el respeto de la vida y la libertad
religiosa de todos”.
Hay conductas contra el derecho a la vida humana que son un verdadero
atentado contra la paz: “Por lo que se refiere al derecho a la vida: además
de las víctimas de los conflictos armados, del terrorismo y de diversas
formas de violencia, hay muertes silenciosas provocadas por el hambre, el
aborto, la experimentación sobre los embriones y la eutanasia. ¿Cómo no ver
en todo esto un atentado a la paz?”
También no respetar la pública y libre expresión
de las convicciones religiosas rompe la convivencia pacífica: “Respecto a la
libre expresión de la propia fe, hay un síntoma preocupante de falta de paz
en el mundo, que se manifiesta en las dificultades que tanto los cristianos
como los seguidores de otras religiones encuentran a menudo para profesar
pública y libremente sus propias convicciones religiosas…. Hay regímenes que
imponen a todos una única religión, mientras que otros regímenes
indiferentes alimentan no tanto una persecución violenta, sino un escarnio
cultural sistemático respecto a
las creencias religiosas. En todo caso, no se respeta un derecho humano
fundamental, con graves repercusiones para la convivencia pacífica. Esto
promueve necesariamente una mentalidad y una cultura negativa para la paz”.
Sólo puede ser sólida la paz que se funda en la
justicia. Las injustas desigualdades que se dan entre nosotros están en el
origen de la falta de paz: “En el origen de frecuentes tensiones que
amenazan la paz se encuentran seguramente muchas desigualdades injustas que,
trágicamente, hay todavía en el mundo. Entre ellas son particularmente
insidiosas, por un lado, las desigualdades en el acceso a bienes esenciales
como la comida, el agua, la casa o la salud; por otro, las persistentes
desigualdades entre hombre y mujer en el ejercicio de los derechos humanos
fundamentales”.
En concreto: “La insuficiente consideración de la
condición femenina provoca también factores de inestabilidad en el orden
social. Pienso en la explotación de mujeres tratadas como objetos y en
tantas formas de falta de respeto a su dignidad; pienso igualmente —en un
contexto diverso— en las concepciones antropológicas persistentes en algunas
culturas, que todavía asignan a la mujer un papel de gran sumisión al
arbitrio del hombre, con consecuencias ofensivas a su dignidad de persona y
al ejercicio de las libertades fundamentales mismas”.
Por otra parte, “la experiencia demuestra que toda
actitud irrespetuosa con el medio ambiente conlleva daños a la convivencia
humana, y viceversa”
2. El crecimiento del «árbol de la paz»
La paz exige un cuidado positivo. Es preciso
cultivar el árbol de la paz para que crezca y pueda dar frutos sazonados.
En las circunstancias actuales es necesario subrayar que “son igualmente
inaceptables las concepciones de Dios que impulsen a la intolerancia ante
nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos. Éste es un
punto que se ha de reafirmar con claridad: nunca es aceptable una guerra en
nombre de Dios”
“Formas inéditas de violencia, exigen que la comunidad internacional
corrobore el derecho internacional humanitario y lo aplique en todas las
situaciones actuales de conflicto armado, incluidas las que no están
previstas por el derecho internacional vigente. Además, la plaga del
terrorismo reclama una reflexión profunda sobre los límites éticos
implicados en el uso de los instrumentos modernos de la seguridad nacional”.
Respecto a las armas nucleares, que aparecen en el horizonte actual como
nubes amenazadoras, hay que recordar la exhortación del Concilio Ecuménico
Vaticano II: «Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la
destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes es
un crimen contra Dios y contra el hombre mismo que hay que condenar con
firmeza y sin vacilaciones».
Asegurar un futuro de paz para todos exige no sólo la no proliferación de
armas nucleares, sino también en el compromiso de intentar con determinación
su disminución y desmantelamiento definitivo.
Por fin, el Papa pide a los cristianos orar por la paz y hace “un
llamamiento apremiante al Pueblo de Dios, para que todo cristiano se sienta
comprometido a ser un trabajador incansable en favor de la paz y un valiente
defensor de la dignidad de la persona humana y de sus derechos inalienables”
Y concluye: “Al comienzo del año 2007, al que nos asomamos —aun entre
peligros y problemas— con el corazón lleno de esperanza, confío mi constante
oración por toda la humanidad a la Reina de la Paz, Madre de Jesucristo,
«nuestra paz» (Ef 2,14). Que María nos enseñe en su Hijo el camino de la
paz, e ilumine nuestros ojos para que sepan reconocer su Rostro en el rostro
de cada persona humana, corazón de la paz”.

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