diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                        libres, ¿de qué? ¿para qué? el don de la libertad liberada

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

1. La libertad, un don precioso

En el juego de bolsa de los valores morales y espirituales también se experimentan subidas y bajadas. El valor que más alta cotización adquiere hoy es seguramente el de la libertad. Hoy más que nunca se hace realidad aquella recomendación de Don Quijote a Sancho, su fiel escudero: «La libertad, Sancho, es uno de los dones más preciados que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden compararse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida».


2. Pero escaso

Nicolás Grimaldi, profesor de la Sorbona de París, constata que nunca ha experimentado el hombre tantas libertades como en nuestros días y quizá nunca experimentó con tanta fuerza que no basta tener libertades para ser libre. Y llega a la siguiente afirmación: "Nos hemos aburguesado tanto que hemos llegado a pensar que la única libertad es la libertad de comercio".

La libertad del hombre hoy está encadenada en primer lugar a un insistente escepticismo sobre sí misma: hay mucha gente convencida de que no puede alcanzar la libertad porque todo le viene impuesto. "¿Hasta qué punto es libre-escribía el sacerdote periodista J. L. Martín Descalzo- el que piensa según la información que recibe, la televisión que ve, el trabajo que la realidad le impone, los estilos de vida que, le guste o no, tiene que compartir? [...] Las cadenas más opresoras no son las que heredamos  o las que la sociedad nos impone, sino las que nosotros mismos fabricamos y nos las colocamos en las manos y en el alma [...] Las cárceles más cerradas son las del espíritu empequeñecido"

La libertad no es un 'absoluto', es decir, no está desvinculada de otros valores que forman entre sí como un cosmos armonioso: la verdad, el bien, la felicidad, la amistad. La libertad del hombre no es omnímoda. Es la libertad de una criatura, es una libertad donada por Dios y recibida por el hombre; es contingente y está condicionada por las posibilidades naturales e históricas. Está instalada en un sexo, un tiempo, en una cultura... Está marcada por la debilidad y es deficiente. Y es una  libertad con otros: la libertad del otro es presupuesto y límite de la propia libertad.

Hasta tal punto es todo esto verdad que se ha podido afirmar con verdad: "La libertad total, fundada sobre la ilusión de ser totalmente libre, es una libertad inhumana, afirma Gaspar Mura, director del Instituto para el estudio del ateísmo de la Universidad Urbaniana de Roma. La humana, sometida a la obligación que deriva de la verdad, es siempre una libertad responsable" . La afirmación de una libertad sin límites conduce paradójicamente a la negación de la libertad, a situaciones de serio peligro para el ser humano. La libertad va siempre unida a la responsabilidad porque es inseparable de ella.
 


3. Un sueño de nuestros días: la libertad como ruptura de lazos

En la parábola del hijo pródigo, Jesús hace un retrato de la falsa y de la verdadera libertad humana:

El hombre de hoy, como el hijo pequeño de la parábola siente la tentación de abandonar su casa. Su casa, el lugar donde es hijo y, por ello, muy querido. La casa representa el lugar donde uno es verdaderamente uno mismo, porque no tiene nada que demostrar a nadie: es amado por el hecho de ser hijo. La casa es el lugar donde todo es nuestro y donde todo lo que nos circunda es amigo, donde podemos oír a nuestro padre: «Todo lo mío es tuyo».

Pero la fascinación de ser libre e independiente vence en su corazón; anhela con toda su alma la libertad y se siente como empujado a cortar los lazos más vitales. No parece que le importe mucho alejarse de su padre y de su casa, o lo que es lo mismo de la persona y del lugar que le pertenecen. Más bien todo lo contrario, porque los siente como un obstáculo para su ansia de libertad; la casa le resulta estrecha. Romper los vínculos que le tienen ligado a una casa, es decir, a una tradición, y marcharse lejos de su padre, le parecen la condición indispensable para poder satisfacer sus deseos. El camino lo ve muy llano y considera que tiene al alcance de la mano disfrutar una libertad que nunca había experimentado hasta entonces. Le seduce arreglárselas él solo, sin padre, sin casa, sin verdadera pertenencia.

Sin embargo, ¿cuál es el final de la aventura de una libertad sin lazos? Al poco tiempo de embarcarse en ella, se encuentra sin padre, bajo las órdenes de un patrón; y como casa, no puede compartir sino la de los cerdos. ¡Así habían acabado sus sueños de vivir sin vínculos, sin pertenecer a nada ni a nadie!

Menos mal que bajo las ruinas del hijo aventurero y alocado, algo permanece: su corazón. Ni siquiera todas las locuras cometidas pueden arrancar de su corazón la nostalgia de la libertad: ni muerto de hambre puede dejar de desearla, y con la libertad, a aquel que la hacía posible, es decir, su padre. Es la memoria del padre la que activa esta nostalgia de libertad. Con esta decisión reconoce que la única libertad verdadera es la libertad filial: no vivir como un huérfano, siendo hijo; vivir libremente es abrazar conscientemente su condición de hijo.
 


4. La  capacidad de elegir es propia de una libertad en camino

¿Ser libre es poder elegir, es poder hacer lo que a uno le de la gana? ¿O ser libre es vivir como hijo y no conformarse con vivir como huérfano y esclavo? La capacidad de elección es el primer paso de una libertad todavía en camino. Pero no olvidemos que nos encontramos todavía en el primer paso. Con la creación del hombre, según Hannah Arendt, la libertad entra en el mundo. La libertad no es, ante todo, la posibilidad de elegir entre dos alternativas, sino la capacidad de iniciar algo nuevo, la capacidad de romper la rutina de todos los días. El hombre puede dar comienzo a algo nuevo, a algo que de otro modo no existiría, el hombre libre impide que el mundo se convierta en algo homogéneo, un fluir continuo, una mera repetición. Cuando la libertad alcance su plena realización, nos daremos cuenta de que consiste en la adhesión a lo que verdaderamente nos corresponde, es decir, al bien, a la propia vocación.
 


5. La libertad como satisfacción de deseos

Nos sentimos libres cuando vemos satisfecho un deseo. Es la verdad que se esconde detrás de esa impresión inmediata, espontánea, que todos tenemos de ser libres y que expresamos con toda naturalidad cuando decimos: «Ser libres es hacer lo que nos place» Pero ¿por qué no quedamos satisfechos después de ver realizados nuestros deseos? ¿Por qué después del éxito no se está plenamente satisfecho? ¡Entonces! ¿Qué satisface?

«No poder estar satisfecho -afirma G. Leopardi- con ninguna cosa terrena, ni siquiera con la tierra entera; contemplar la amplitud inabarcable del espacio, el número y la mole maravillosa de los mundos, y descubrir que todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo; imaginarse el número de los mundos infinitos, y el infinito universo, y sentir que nuestro ánimo y deseo son todavía más grandes que el universo creado; acusar a las cosas de insuficiencia y nadería, y sufrir incapacidad y vacío, y aun aburrimiento, es para mí el mayor signo de grandeza y nobleza que vemos en la naturaleza humana» . Esta es la grandeza única del hombre: su deseo es «todavía más grande que el universo creado». La persona humana experimenta como medida de su deseo el desear sin medida.

¿Cómo explicar este deseo de "infinitud"? Esta apertura al todo sin conformarse con las partes, el deseo de felicidad plena sin contentarse con parcelas de dicha es el signo más patente de que el ser humano es relación directa con el Misterio que lo ha creado. La libertad finita, es decir creada, orienta a la libertad infinita. La libertad infinita está en el origen de mi libertad, sin aquella, la mía no existiría. Todo el dinamismo del yo se desarrolla y tiende a su perfección, es decir al cumplimiento  de sí que no encuentra en todo aquello que puede coger con sus manos. El hombre tiende a algo que está más allá, siempre más allá. Al final descubre que ese algo en realidad es Alguien, es decir, Dios mismo como Misterio. Dios es el límite extremo al que tiende el deseo del hombre .

Somos, mal que nos pese, irreducible relación con el Infinito. Esta es la razón última de la grandeza del hombre. Es tan imponente esta grandeza que a veces le da miedo. Porque se necesita mucho valor para estar a la altura de nuestros deseos infinitos. «La peor amenaza para la libertad -advertía Georges Bernanos- no está en dejársela cortar ― porque quien se la ha dejado cortar puede siempre reconquistarla ―, sino en dejar de amarla».
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Escribe María Zambrano: «El hombre se encuentra de nuevo encadenado a la necesidad, pero ahora por decisiones propias y en nombre de la libertad: ha renunciado al amor a favor de una función orgánica, ha cambiado sus pasiones por sus complejos, porque no quiere aceptar la herencia divina creyendo con ello liberarse del sufrimiento, de las pasiones que todo lo divino sufre en medio de nosotros y dentro de nosotros» .

La libertad finita sólo puede cumplirse en la libertad infinita, es decir en la adhesión al Misterio que nos ha creado, al Tú real y misterioso por el que somos hechos en cada instante. Sin la adhesión al Misterio infinito el hombre se queda indefenso al descubierto ante todas las fuerzas del poder en cualquier circunstancia. Sin reconocimiento del Misterio como raíz y cumplimiento de cada deseo y atracción parcial, la libertad no es más que una ilusión, la noche avanza, la confusión crece y ― por lo que respecta a la libertad ― aumenta la rebeldía, o la desilusión llega a tal punto que es como si no se esperara ya nada y se viviera sin desear nada, salvo la satisfacción furtiva de un deseo inmediato.

Pero el deseo infinito del ser humano ¿no quedará sin cumplirse, sin verse nunca satisfecho? Sé que deseo el Infinito y que este Infinito existe porque siempre tengo la nostalgia de él, como decía Lagerkvist, pero cada día aferro lo particular, me aferro a cualquier objeto, que después me deja insatisfecho. Este es el destino del hombre, a menos que ― como escribía L. Wittgenstein, en Diari 1936-37― "Dios" se digne visitarlo: «Tenemos necesidad de redención, si no, te pierdes (...) A veces entra una luz, se podría decir, a través del tragaluz, del techo bajo el que trabajo y al que no quiero subir (...) Este tender al absoluto, hace que parezca demasiado mezquina cualquier felicidad terrena... me parece estupendo, sublime, pero fijo mi mirada en las cosas terrenas: salvo que "Dios" me visite» .
 


6. Dios nos ha visitado: Jesucristo, el hombre libre

En Jesucristo, Dios nos ha visitado realmente. Dios ha plantado su tienda entre las tiendas de los hombres, como leemos en el prólogo del evangelio de S. Juan. Sólo cuando el Misterio, como la persona amada, desvela su rostro el hombre puede tener clarividencia para descubrir la auténtica libertad y energía afectiva para adherirse a El. Con Jesús el Misterio se hace «una presencia efectivamente atrayente». El enciende el deseo del hombre y desafía como nadie su libertad, es decir, su capacidad de adhesión.

Guillermo de Saint Thierry dice que Cristo es «el único capaz de enseñarme a ver lo que deseo». Es Él, Cristo, quien desvela plenamente el hombre al hombre mismo. «Cuando encontré a Cristo, me descubrí hombre», decía el famoso orador romano Gayo Mario Vitorino.

"El hombre, proclamaba JUAN PABLO II [23.6.1996] en un lugar tan emblemático como la Puerta de Brandenburgo, está llamado a la libertad. Anuncio a todos vosotros que me escucháis: la plenitud y la realización de esta libertad tiene un nombre: Jesucristo. Es él quien dijo de sí: yo soy la puerta. En él el hombre tiene acceso a la plenitud de la libertad y de la vida. Es él quien hace al hombre verdaderamente libre, porque disipa las tinieblas del corazón de los hombres y revela la verdad. Realiza su camino como hermano nuestro y es solidario con nosotros, dando su vida por nosotros. Así nos libera del pecado y de la muerte, hace que reconozcamos en el prójimo su rostro, el rostro del verdadero hermano. Nos muestra el rostro del Padre y se convierte para nosotros en el vínculo del amor. Cristo es nuestro Salvador, es nuestra libertad". Y añadía: "No hay libertad sin verdad. No hay libertad sin solidaridad. No hay libertad sin sacrificio. No hay libertad sin amor".


El cristiano es libre porque Cristo lo va liberando de sus ataduras externas y, sobre todo, internas. Ser libre para S. Pablo es "caminar según el Espíritu", sin ahogar su voz, evitando todo lo que le entristece (Gal 5,25; 1 Tes 5,19; Ef. 4,30; 1 Tes 4,8). La nueva ley por la que se rige el cristiano no es ya, como la antigua, 'letra que mata', sino 'Espíritu que vivifica', no está escrita en tablas de piedra, sino en los corazones de carne. El que ama de verdad cumple perfectamente la ley entera.

Ahora bien, la libertad cristiana no es libertinaje ni anarquía: Rom. 6,15; 1 Cor 9,21; Gal 5,13: "Es cierto, hermanos, que habéis sido llamados a la libertad. Pero no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor". Nosotros seremos juzgados según la 'ley perfecta de la libertad', dice el apóstol Santiago (1,25; 2,12). La verdad os hará libres, enseña el evangelista S. Juan (8,32).
 


7. Libertad para servir con amor

Libertad ¿para qué? Para servir con amor. El pasaje del lavatorio de los pies tiene un valor muy singular. Ocupa en el evangelio de Juan el puesto que en los Sinópticos ocupa la narración de la institución de la Eucaristía. Pues bien, en él Jesús, reconociéndose a sí mismo Maestro y Señor, enseña que la auténtica libertad lleva a hacer con los demás tareas propias de esclavo movidos por el amor. Y concluye: "Dichosos si, sabiendo todo esto, lo lleváis a la práctica".

"Sólo desde el amor la libertad germina,
sólo desde la fe
van creciéndole alas.
Desde el cimiento mismo del corazón despierto
desde la fuente clara
de las verdades últimas"
(Luis ROSALES).

"Desde que mi voluntad
está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.

Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestro y vos mío.

A fuerza de amor humano
me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me di sin tender la mano
para cobrar el favor;
me di en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor. Amen".
(Himno del Oficio de Lectura Común de santos varones: LH III, 1622-1623)

La libertad del cristiano se manifiesta como 'parresía', como atrevimiento y osadía, como confianza audaz.

"Que vuestro amor no sea una farsa; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno. Amaos de verdad unos a otros como hermanos y rivalizad en la mutua estima. No seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y prontos para el servicio del Señor. Vivid alegres por la esperanza, sed pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración. Compartid las necesidades de los creyentes; practicad la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis. Alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran. Vivid en armonía unos con otros y no seáis altivos, antes poneos al nivel de los sencillos. Y no seáis autosuficientes" (Rom. 12, 9-16)

«El que ama vuela, corre, goza, es libre y nada puede retenerlo. (...) Con frecuencia el amor no conoce medida, sino que se extralimita. El amor no siente el peso ni el cansancio, quisiera hacer más de lo que puede; nada le parece imposible, todo le parece lícito y posible. El amor se siente capaz de cualquier cosa, y muchas de estas cosas las consigue, mientras que el que no ama se rinde enseguida» . Este texto tan sugerente por una parte y tan realista por otra pertenece a un libro que algunos de nosotros leímos más de una vez en nuestra infancia. Se trata nada más y nada menos que de 'La imitación de Cristo'.


                                        

   
   
   
 
 

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