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Vivimos una
hora de gracia para la Iglesia española. El domingo 28 de octubre serán
beatificados 498 mártires del siglo XX. Ellos derramaron su sangre por
confesar su fe en Jesucristo y “no amaron tanto su vida que temieran la
muerte” (Ap. 12,11). Cada causa de beatificación ha recorrido su propio
camino aunque se hayan unido todas en la Eucaristía que se celebrará en
la plaza de San Pedro en Roma. Con su vida y con su muerte nos han
demostrado que se puede vivir el espíritu de las bienaventuranzas de
Jesús: amar, perdonar, construir la paz, ser limpios de corazón, mantener
la fe en tiempos de persecución…
Quiero
destacar que murieron perdonando. Al odio, respondieron con amor.
Sembraron en el surco de la historia una semilla de amor para la
reconciliación. No ofendieron a nadie ni impusieron a nadie sus creencias,
querían vivir en libertad su fe. Y murieron perdonando y amando a quienes
les mataban.
El martirio
es el signo más auténtico de la Iglesia de Jesucristo. Los mártires,
hombres y mujeres frágiles y pecadores, dan testimonio de su fe vigorosa y
de su amor incondicional a Jesucristo. Son personas de todos los ámbitos
sociales, que vivieron haciendo el bien y murieron renunciando a salvar
su vida y perdonando a quienes los maltrataban. Ellos nos sitúan ante una
realidad que supera lo humano. Una vez más la fuerza de Dios resplandece
en la debilidad de los hombres.
No faltarán quienes pretendan desfigurar la grandeza de estos hombres y
mujeres politizando el acontecimiento, desfigurando la historia, o
silenciando su humilde heroísmo. La Iglesia, sin embargo, los propone hoy
a los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad, como ejemplo de
amor, de perdón y de reconciliación. Ni más ni menos. Durante el siglo XX,
en España y en otros muchos lugares de la tierra, la Iglesia ha sufrido
persecución. Y sabe que seguirá padeciéndola hasta el fin del mundo. Tres
cuartas partes del total de mártires de toda la historia de la Iglesia son
mártires del siglo XX. Pero también es verdad que nunca la Iglesia ha
crecido tanto como en nuestros días. Los mártires nos enseñan que el amor
acaba triunfando, que sólo del perdón y de la reconciliación puede surgir
la nueva civilización del amor. Nunca como ahora la Iglesia espera una
nueva primavera. Porque la sangre de los mártires ha sido siempre, y lo
seguirá siendo, semilla de nuevos cristianos.
Los mártires
de todos los tiempos, y también los del siglo XX, muestran la vitalidad de
la Iglesia y constituyen la encarnación del Evangelio de la esperanza. Son
para ella y para la humanidad entera como una luz, la luz de Cristo, que
disipa las tinieblas de nuestro mundo.
Demos
gracias a Dios por el valiente testimonio de estos mártires en medio de su
fragilidad. Que ellos nos ayuden hoy a vivir nuestra fe con coraje y con
audacia en este momento de la historia. En ellos se ha demostrado que el
amor es más fuerte que la muerte. Nadie podrá impedirnos amar hasta dar la
vida por el Señor y por los hermanos.
Con mi
afecto y bendición,
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