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Is 61,1-3a.6a.8b-9
Sal 88
Ap 1,5-8
Lc 4,16-21
Muy queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos, mis queridos hermanos
y hermanas en el Señor:
Celebro lleno de emoción
esta primera Misa Crismal como Obispo vuestro, llamado a pastorear esta
amada Iglesia que peregrina en Mondoñedo-Ferrol. Voy conociendo y amando
las muchas personas y realidades positivas que alberga nuestra diócesis y
vuestra ayuda me va haciendo fácil adaptarme progresivamente a las
nuevas circunstancias en las que he de desarrollar el ministerio episcopal
que he recibido.
Instrumentos de su
amor misericordioso y ministros de esperanza
Nos reunimos para la
celebración más significativa como presbiterio diocesano. Presididos en la
caridad por el Obispo, nos reunimos echando especialmente de menos a
nuestros hermanos sacerdotes enfermos e impedidos que no pueden estar hoy
aquí con nosotros. Con esta celebración nos disponemos a entrar en el
Santo Triduo Pascual y comenzaremos renovando nuestras promesas
sacerdotales. Posteriormente procederemos a bendecir los óleos de los
catecúmenos y de los enfermos. Por fin, consagraremos el Santo Crisma. Así
rememoramos año tras año el don inmenso del sacerdocio recibido de
Jesucristo, único Sumo y Eterno Sacerdote. De aquí nace la misión a la que
servimos. Somos los ministros de su gracia para la salvación del mundo
desde la Cruz, triunfante y gloriosa. Por una unción singular hemos sido
configurados íntimamente con Cristo Cabeza, Esposo y Siervo de la Iglesia,
para poder ofrecer 'a Dios en nombre de todo el pueblo' (LG 10) el
sacrificio eucarístico. Somos instrumentos de su amor misericordioso. ¿No
tendríamos que considerarnos, por tanto, ministros de la esperanza que la
humanidad de nuestro tiempo anhela ansiosamente? Mirando de nuevo -como
nos invita el Vidente del Apocalipsis- a Aquél 'que viene en las nubes',
'el que es, el que era y el que viene', 'el Alfa y Omega', 'el
Todopoderoso', el 'que nos amó' y 'nos ha liberado de nuestros pecados por
su sangre' y 'nos ha convertido en un reino y hechos sacerdotes de Dios,
su Padre', podemos sentir que, por el Sacramento del Orden, nos ha
constituido y comprometido para ser testigos y servidores del Evangelio de
la Esperanza.
El sacerdocio vive y
da frutos por la Eucaristía
Es obligado y, al mismo
tiempo, muy bello afirmar que toda la Iglesia 'vive de la Eucaristía'.
Pero de un modo particular debemos proclamar con vigor y acento únicos que
nuestro sacerdocio, 'tiene su origen, vive, actúa y da frutos 'de
Eucharistia'. 'No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio
sin Eucaristía' (JUAN PABLO II, Don y Misterio, Madrid 1996, 95). La más
profunda verdad de nuestro sacerdocio, nunca reductible al aspecto
funcional, se concentra, expresa y culmina en el momento en que como
ministros ordenados 'in persona Christi' consagramos el pan y el vino,
repitiendo los gestos y las palabras de Jesús en la Última Cena.
De la vivencia fiel y
amorosa de esta verdad que conforma nuestro ser sacerdotal depende la
frescura de nuestra ilusión espiritual y eclesial, el ardor de nuestra
caridad pastoral y la entrega al servicio de los hermanos más necesitados;
y depende, por supuesto, nuestra entrega misionera. De ahí que la
celebración de la Eucaristía sea asunto de primera importancia en la vida
del sacerdote, que nunca debe supeditar a nada. Todos hemos de revisar
nuestro fervor primero, preguntándonos si perdura aquella emoción que nos
hizo temblar cuando el Señor quiso asociarnos a sus ministros y puso en
nuestras manos por vez primera su Cuerpo y su Sangre como dones para la
vida del mundo. La renovación profunda y verdadera del ministerio de los
presbíteros guarda una relación inmediata con su condición de ministros
fieles de la santísima Eucaristía. Permitidme que hoy, como Obispo
vuestro, necesitado como vosotros de la misericordia de Dios, os pida
fidelidad a la celebración eucarística, tanto en lo que afecta a la forma
como en lo que se refiere al contenido. No nos pertenece ni es nuestra; es
para el pueblo santo de Dios. Vosotros y yo viviremos de ella dándola a
los fieles como manjar de peregrinos y prenda de vida eterna.
El sacerdocio eucarístico
de Cristo, cuesta la vida. Comporta una entrega y una apuesta de amor
infinito de Dios por los hombres, buscados y acogidos con un amor
impregnado de misericordia que por sí mismo nunca merecería y que jamás
pudo esperar o soñar. ¿Estaremos dispuestos a vivir nuestro sacerdocio,
participando con todo el peso de nuestra existencia personal en la ofrenda
sacerdotal de Cristo, el Sumo y Eterno Sacerdote? Merece la pena, queridos
hermanos presbíteros, experimentar y saborear día a día con confiada y
alegre perseverancia la sintonía de nuestro corazón de sacerdotes con el
Corazón Sacerdotal por excelencia, el de Cristo mismo. Merece la pena, es
posible, y encierra una belleza singular procurar y vivir sin desmayo esa
íntima y plena identificación con Él en la comunión de la Iglesia animada
por el Espíritu Santo; confiados a la Santísima Virgen, su Madre, la Madre
de la Iglesia, 'Madre del Amor Hermoso'.
No somos dominadores del
rebaño, dice san Pedro, sino servidores de la grey puesta a nuestro cargo,
para la cual estamos llamados a ser modelos (cf. 1Pe 5,2-3). Hemos sido
ungidos con el santo crisma, a fin de llevar "la Buena Noticia a los
pobres y anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos la vista" y
así "anunciar el año de gracia el Señor" (Lc 4,18-19; cf, Is 61,1-2). Por
esta unción Cristo hace de nosotros sacerdotes del Nuevo Testamento, no
para prolongar un sacerdocio incompleto, sino para actualizar el suyo que
dura por siempre. Y por medio de nuestro ministerio El se prepara un
pueblo sacerdotal formado por aquellos que, al creer en El y ser
bautizados, van siendo agregados al pueblo de salvados, gracias a "aquel
que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha
convertido en su reino, y nos ha hecho sacerdotes de Dios su Padre", a
quien "sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos" (Ap 1,5-6).
Con el santo Crisma, en
verdad, son ungidos los bautizados de nuevo en la Confirmación y de esta
manera reciben el sello del Espíritu Santo para llevar una vida adulta en
la fe, testigos de Cristo con fortaleza para confesar su nombre.
Al renovar hoy vuestras
promesas sacerdotales ante el Obispo y los fieles, recordad, queridos
presbíteros, la llamada y la elección que Cristo hizo de vosotros y
devolvedle agradecidos por don tan inmerecido el compromiso acrecentado de
amar a los hermanos, por los que El entregó su vida para hacer de ellos el
pueblo sacerdotal. Por ellos se santificó Cristo y por ellos, como
representación suya y en su propia persona, hemos de santificarnos
nosotros en él para la vida de los hermanos.
El amor de los
sacerdotes
Amor a Jesucristo hecho
Eucaristía, amor a nuestro sacerdocio y amor a los hombres hermanos
nuestros van inseparablemente unidos. Esta unidad de consagración,
ministerio y vida constituye la pieza clave para el programa de nuestra
espiritualidad y renovación sacerdotal.
¡La luz de Cristo, que
subió a la Cruz cargado con nuestros pecados, resplandecerá de nuevo con
radiante claridad en esta Pascua florida, disipando incertidumbres y
temores, oscuridades y tinieblas del alma, convirtiendo los corazones de
sus sacerdotes en Mondoñedo-Ferrol y entusiasmándolos para una vida santa!
Iluminados por Él, podremos ser, queridos hermanos sacerdotes, los
testigos de la Esperanza pascual que tanto necesitan y reclaman nuestros
hermanos.
El triunfo es y será
suyo, de Cristo Resucitado, de 'Cristo ayer, hoy y siempre'
A Igrexa necesita
sacerdotes, testemuñas do Evanxeo da esperanza. ¿Quen o pon en dúbida? De
aí a importancia da pastoral vocacional. Pero, lembremos que "sen embargo,
máis que calquera outra iniciativa vocacional, é imprescindible a nosa
fidelidade persoal. En efecto, importa a nosa adhesión a Cristo, o amor
que sentimos pola Eucaristía, o fervor con que a celebramos, a devoción
con que a adoramos, o interese co que a dispensamos ós irmáns, dun xeito
especial ós enfermos. Xesús, Sumo Sacerdote, segue invitando persoalmente
a obreiros a súa viña, pero quixo necesitar da nosa cooperación desde o
principio. Os sacerdotes, namorados da Eucaristía, son quen de comunicar
ós rapaces e ós xoves o 'abraio eucarístico' que pretendín suscitar coa
encíclica Ecclesia de Eucharistia (cf.n.6). Precisamente son eles os que
polo xeral atraen deste xeito ós xoves cara o camiño do sacerdocio, como
podería demostrar elocuentemente a historia da nosa propia vocación".
Meus queridos irmáns,
consagrados e fieis laicos, tedes bos motivos para, por unha banda, dar
gracias a Deus polo don da Eucaristía e do Sacerdocio e, por outra banda,
para pedir incesantemente que non falten sacerdotes na Igrexa. ¡Facédeo
así e, daquela, nunca faltarán as testemuñas e os testemuños vivos
da esperanza!

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