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Mondoñedo, 18 de marzo de 2008
Mis queridos hermanos Presbíteros, Seminaristas, Consagrados y fieles Laicos:
1. “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”
En los Sacramentos se manifiesta y se hace eficaz la acción del Espíritu que obra en ella continuamente. La Misa Crismal es una bellísima catequesis y una hermosa celebración de esta unción del Espíritu que mantiene viva y vigorosa a la Iglesia.
Acabamos de escuchar las palabras que Jesús, el Señor, nos dirige a nosotros ahora: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Mis queridos hermanos, no son palabras para remontarnos al pasado, sino voz presente y viva del Señor resucitado. Cuando se proclama en la Iglesia la Escritura Santa, Dios habla con su pueblo, Cristo anuncia la Buena Noticia (cf. SC 7 y 33).
En esta Misa Crismal, aquí y ahora, Cristo nos dice que hemos sido ungidos con su Espíritu y hemos sido enviados para anunciar ‘el año de gracia’, la nueva y permanente oportunidad que Dios nos ofrece para vencer nuestro pecado, superar nuestros miedos y dejar de lado nuestras cobardías. En esta Misa Crismal, Cristo nos dice de una manera especial a nosotros sacerdotes: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Es Cristo mismo la ‘gracia’, el ‘amor de Dios’ que se anuncia, se manifiesta, se cumple y se hace presente. Como un eco de estas palabras de Jesús resuena la voz de Pablo a su discípulo Tito: ‘ha aparecido la gracia de Dios’, ‘se ha manifestado el amor de Dios al hombre’ (Tit 2, 11; 3, 4).
2. Transparencia de mi amor de Pastor y de Esposo
A cada uno de nosotros, queridos sacerdotes, nos dice hoy el Señor: el Amor de Dios Padre manifestado y presente en mí, se cumple hoy en ti. Sí, se manifestó mi amor a la Iglesia mi esposa el día que te elegí, te consagré y te envié como epifanía y transparencia de mi amor de Pastor y de Esposo. El día de tu Ordenación, que hoy agradeces, acoges una vez más y renuevas, te puse en medio de mi pueblo santo como sacramento de mi Amor. Cada vez que entregas tu vida, amando a todos con mi mismo amor, se manifiesta y se hace presente mi amor a los hombres.
Mis queridos hermanos sacerdotes: el amor que debemos a nuestras gentes no es un adorno del ministerio para que resulte más amable y más humano; tampoco es una estrategia pastoral. El amor que debemos a nuestras gentes es la esencia misma del ministerio que Cristo nos confía, porque nos quiere y confía en nosotros, y porque quiere a nuestros hermanos. Para describir este amor, el lenguaje de la Iglesia no duda en utilizar el más expresivo vocabulario matrimonial. Es que se trata –como dice la Exhortación Pastores dabo Vobis- de ‘ser testigos del amor de Cristo como Esposo y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de uno mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de "celo" divino (cf. 2 Cor 11,2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los "dolores de parto" hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles’ (cf. Gál 4, 19) (PDV 22). Merece la pena repetirnos estas palabras una y mil veces, y examinarnos con paz y serenidad acerca del amor a nuestras gentes en el nombre del Señor.
3. Renovación de las promesas sacerdotales
Vamos a renovar las promesas sacerdotales. No se trata de un acto puramente formal y genérico. Renovamos algo tan serio y tan fundamental como el amor a Jesucristo y el amor a los que hemos sido enviados. En realidad de verdad, ni siquiera somos nosotros quienes renovamos nada. Es el Espíritu quien nos renueva hoy. Es el Espíritu quien renueva en nosotros el amor. Y corrige nuestra frialdad, nuestro distanciamiento, nuestra lejanía, nuestra infidelidad, nuestra dureza, nuestros olvidos, nuestra falta de solicitud, nuestro interés egoísta... Cristo resucitado sólo confía sus ovejas a Pedro una vez que éste ha aprendido a verse a sí mismo con los mismos ojos de Jesús y se ha abandonado a su mirar, su saber y su amar. Aun después de todas las debilidades, desde la presuntuosa comparación con sus hermanos hasta la negación más manifiesta, lo que está realmente en juego es el amor. Siempre es posible renovar el amor. ‘Señor, tú sabes que te amo’. Ya no se compara con nadie, y ya no confía en ningún juicio sino en el del Señor. ‘Señor, tú sabes que te amo’. Pedro recibe la misión del pastoreo cuando confiesa su amor al único Buen Pastor. Suyas son las ovejas, suya la misión, suyo el amor que Pedro tiene que manifestar.
4. Amor y Eucaristía
Queridos sacerdotes: no pastoreamos legítimamente sino cuando amamos a las ovejas de Cristo, cuando aplicamos en nuestra vida toda, y no sólo en las actuaciones ministeriales, los criterios, la mirada de Cristo Pastor, los sentimientos de Cristo, amando como Él nos ama y como Él ama a sus ovejas. El ejercicio del ministerio sacerdotal y la vida de cada día y de cada momento no pueden estar en desacuerdo. No somos Pastores sólo cuando realizamos acciones litúrgicas. Somos Pastores siempre y en todo momento. No somos testigos y amigos del Esposo sólo cuando celebramos la Eucaristía. Somos testigos y amigos del Esposo siempre y en cada minuto del día. El momento justo de la Misa Crismal, que celebramos anticipadamente para facilitar la participación y las tareas pastorales de estas fechas, es la mañana del Jueves Santo: el Día del Amor, el Día de la Eucaristía, el Día del Sacerdocio.
Jesús inicia el ministerio público en la sinagoga de Nazaret anunciando el cumplimiento en él del anuncio del Año de gracia del Profeta. ¿Qué gracia mayor, qué don más grande que el que nos hace Cristo inseparablemente en la Última Cena y en la Cruz? Él hace presente su entrega por amor, y aún hoy se sigue entregando, poniéndose literalmente en nuestras manos. Él entrega su presencia permanente para siempre por amor.
Hacer presente el Amor de Cristo a la gente, ser testigos de su Amor, es inseparable de esta manifestación de su Amor que se nos da en la Eucaristía. Creo que podemos afirmar que debemos dejarnos modelar mejor por la Eucaristía. Y debemos cuidar mejor el lugar de la Eucaristía en nuestra propia vida y en la vida de la comunidad cristiana, en la vida de la gente a la que servimos. Seguramente hasta podemos hacer en paralelo nuestro examen de amor a la gente, y nuestro examen de amor a la Eucaristía. Seguramente hasta podemos encontrar en los dos ámbitos los mismos entusiasmos y las mismas lagunas.
Jesús nos enseña en el sacramento de la Eucaristía la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios. Ésta es la verdad evangélica que interesa a cada hombre y a todo el hombre. (SC 2). Y nos interesa muy singularmente a nosotros, sacerdotes, que tenemos por misión manifestar a los hombres que Dios les quiere de verdad, incluso cuando nadie les aprecia y les valora.
Es por esta relación profunda entre la Eucaristía, el Ministerio Sacerdotal y el Amor, que es su contenido esencial, por lo que el Santo Padre habla de “la forma eucarística de la existencia cristiana” que “se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal”. Por ello nos recomienda “la celebración cotidiana de la santa Misa, incluso cuando no hubiera participación de fieles… Si la santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” (SC 80). Es muy importante que prestemos atención a este concepto de formación, verdadera y exquisitamente bíblico. Dios nos plasmó como criaturas suyas para que fuéramos imagen suya en el Hijo. Por su Espíritu nos configura con Cristo, el Ungido, como Hijos en el Bautismo, y como Pastores en el Orden Sacerdotal. En la Eucaristía y por la Eucaristía nos va dando forma, nos va conformando día a día en criterios, en sentimientos, en obras a quien es la manifestación del Dios que se entrega por Amor, el Señor Jesús.
5. Acción de gracias
Dou gracias a Deus, benqueridos irmans sacerdotes, por vosoutros, polo testemuño das vosas vidas, pola vosa adicación e entrega, polo voso amor os fieis, polo amor que profesades a Sagrada Eucaristía.
Pidovos perdón polas miñas faltas de testemuño, e polas ocasions nas que os sentirades menos amados por min no meu servizo a Comunidade cristiá e o Presbiterio. Dou gracias a Deus polas vocacions que suscita na nosa Igrexa de Mondoñedo-Ferrol e invitovos de novo a todos a asumir a tarefa da proposta vocacional e a oración polas vocacions coma un dos traballos e un dos compromisos preferenciais hoxe.
Nesta Eucaristía, levo na memoria agradecida do meu corazón os nomes dos irmans sacerdotes enfermos, dos que non puderon estar hoxe connosco e dos que traballan lonxe da nosa diocese servindo a outras Iglexias irmás. Lembramos especialmente os nosos bispos e sacerdotes que descansan no Señor. E lembramos tamen os irmans que xa non estan connosco no ministerio. Que o Señor nos bendiga co seu amor e nos encha de amor mutuo e de amor a todos.
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