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                                                                                                             violencia contra las mujeres

                                                                                                 

 
 
 
   

 

 

Casi a diario algunas imágenes que nos ofrece la televisión nos avergüenzan con episodios grotescos de violencia física contra las mujeres, frecuentemente dentro del mismo hogar. En este mismo año ya pasan de cuarenta las que han encontrado la muerte por esta causa. También se ejerce sobre ellas violencia psicológica, moral y sexual. No podemos permanecer pasivos ante la multiplicación de atropellos, amarga realidad que manifiesta una falta absoluta de respeto a la dignidad de la mujer. Por eso quiero unir mi voz a la de otros hermanos obispos que se han pronunciado ya sobre esta realidad, sin ánimo de polemizar y con el deseo de concienciar a los católicos y gente de buena voluntad a que lea este escrito en orden a una toma de conciencia más viva y una acción más coordinada ante esta situación absolutamente horrenda e indigna de la condición humana.

La violencia en la mayoría de las ocasiones y en todos los ámbitos de la sociedad no arregla nada y lo estropea todo. Más aun, "si toda violencia es moralmente condenable, esta que se comete contra una mujer aprovechándose de la prepotencia física, y, además, contra una mujer con la que se ha compartido, o se pretende compartir, la vida, negando su dignidad personal y hasta su derecho a vivir, es mucho más injusta, más denigrante y más condenable desde cualquier punto de vista que se quiera considerar", ha escrito el arzobispo de Pamplona. Cualquier violencia contra la mujer, por tanto, debe ser condenada sin reticencias ni paliativos, sea cual sea la forma en que se manifieste. No podemos permanecer pasivos y como acostumbrarnos a que este tipo de comportamientos se vayan convirtiendo entre nosotros en moneda diaria. Sería una manera de ser cómplices de estos males graves que nos aquejan. Incluso tenemos la obligación de indagar sus orígenes y sus causas para desterrarlas de entre nosotros. ¿Qué tipo de relaciones estamos creando en nuestra sociedad que llevan a este tipo de comportamientos? ¿No son relaciones de dominación y de posesión de las personas, con un componente fuerte machista?

La manipulación de la imagen de la mujer en los medios de comunicación social y en la publicidad, ni es inocente ni se lleva a cabo impunemente, pasa factura generando comportamientos negativos hacia ellas. El autentico tráfico de mujeres con fines de explotación laboral o sexual, nos recuerda tiempos de esclavitud, lo mismo que otras prácticas de violencia sutilmente ejercidas sobre ellas. "La mujer –ha escrito el Papa Juan Pablo II- no puede convertirse en objeto de dominación y posesión masculina, y esto concierne también a los diversos campos de convivencia social, a aquellas situaciones en que la mujer se encuentra en desventaja o en discriminación por el hecho de ser mujer" (Mulieris dignitatem 10).

Evidentemente, el legislador no puede permanecer impasible ante esta realidad. Tiene algo que decir y tiene algo que hacer. Es necesario poner todos los medios para proteger a la víctima y para disuadir al agresor. Pero no todo se arregla con incrementar las penas y encarcelar a más personas. La solución pasa también por educar de manera que se haga ver la dignidad personal de la mujer al mismo plano que la del varón, y que sitúe la sexualidad en el contexto de unas relaciones interpersonales de amor electivo, fiel y perpetuo. La sexualidad humana ha de ser comprendida y vivida como expresión de amor verdaderamente personal entre un hombre y una mujer. Amor de donación y no de posesión, movido y dirigido desde las raíces espirituales de la propia libertad y no desde la fuerza ciega de los instintos. El hogar ha de ser un espacio para el amor y la solidaridad de unos para con otros. La Iglesia siempre debe estar del lado del más vulnerable. Es una exigencia del imperativo evangélico y de lo mejor de la tradición eclesial.

Los cristianos queremos situarnos al lado de las víctimas porque vemos en ellas el rostro doliente de Jesucristo y la imagen profanada del Dios de Jesucristo, que nos llama a la vida y a la libertad. Este posicionamiento lleva a la Iglesia a comprometerse, a través Cáritas y de diversas congregaciones religiosas, a ser pionera y jugar un destacado papel en la atención a las mujeres maltratadas y a los niños y jóvenes con problemas de desarraigo familiar.

Pero no nos quedemos solamente en lo negativo. Es la hora de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Así lo dijo el Concilio Vaticano II en su mensaje a las mujeres: "Ha llegado la hora de que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder, jamás alcanzados hasta ahora". La igual dignidad del hombre y de la mujer reclama igualdad en lo que se refiere a los derechos fundamentales de la persona humana. Desde la fe cristiana, interpretamos las justas reivindicaciones de la mujer en nuestro tiempo como un signo de la acción del Espíritu Santo entre nosotros y, por tanto, toda forma de discriminación debe ser eliminada como contraria al plan de Dios.

Las mujeres tienen derecho a participar activamente en los ámbitos de la cultura, la salud, la enseñanza, la economía, la política y en la misma vida eclesial. "La participación de la mujer en estos espacios no debe ser nunca excepción, sino una realidad normal y ya es lamentable que estas tengan que ser objeto de campaña electoral o de propaganda política", declaraba no hace mucho el arzobispo de Santiago de Compostela.

En muy diversos campos de la Iglesia, como por ejemplo, la catequesis y la enseñanza religiosa, el compromiso socio-caritativo, la animación litúrgica, los procesos de formación, la lucha contra el hambre en el mundo... las mujeres están siendo ya autenticas protagonistas. La Iglesia les debe mucho y es de obligación ser agradecidos. "La Iglesia –escribía Juan Pablo II al final de su carta sobre `La dignidad de la mujer"-da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan y necesitan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia; por las mujeres que trabajan profesionalmente, a veces con grandes responsabilidades; por las mujeres fuertes y por las mujeres débiles".

Ferrol, 26 de septiembre de 2005

             

   
   
   
 
 

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