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"Llega la hora, ha llegado la hora -decía el Concilio Vaticano II en su Mensaje a las mujeres- en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga"
La mujer no ha sido creada por Dios simplemente en referencia al hombre, sino en referencia a Dios mismo. La mujer no debe su dignidad al hombre, sino a Dios. Su condición de persona humana trasciende todos los roles, también el de hija, esposa y madre. Por eso no puede convertirse nunca en medio para un fin. La dignidad de la persona funda el acceso inmediato a Dios y una intocable libertad. Sólo Dios garantiza esa dignidad que en cualquier caso debe ser incondicionalmente respetada. Tal igualdad de rango debe ser hoy posibilitada económica, social y jurídicamente.
Como todos los laicos, la mujer ha ido tomando conciencia de su dignidad como bautizada. Además de participar muy activamente en la vida eclesial poco a poco va llegando a tomar parte en los órganos de comunión, participación y decisión: consejos diocesanos, arciprestales y parroquiales, Manos Unidas y Cáritas, catequesis, pastoral de la salud, clases de religión, etc… Y esto ha sucedido en unos años en los que ha tomado conciencia de su papel social: el acceso masivo al trabajo fuera del hogar y a los estudios, incluso universitarios, se produce en todos los países occidentales y con ritmo acelerado.
Recojo aquí algunas afirmaciones de la Mulieris dignitatem que escribió Juan Pablo II en 1988. Merecen una profunda reflexión y asimilación:
"La mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del cristianismo de un modo preeminente". "La mujer es creada por Dios "de la costilla del varón" y es puesta como otro yo, es decir, como un interlocutor junto al varón. La mujer es el otro yo en la humanidad común".
"El hombre está llamado a existir para los demás, a convertirse en un don. Esto concierne a todo ser humano, tanto mujer como varón". "La mujer no puede convertirse en objeto de dominación y posesión masculina, y esto concierne también a los diversos campos de la convivencia social, a aquellas situaciones en que la mujer se encuentra en desventaja o en discriminación por el hecho de ser mujer". "El dominio del hombre sobre la mujer indica la alteración y la pérdida de aquella igualdad fundamental que en la "unidad de dos", poseen el hombre y la mujer. Y esto sobre todo con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica comunión personal".
"Estamos ante un acontecimiento sin precedentes: aquella mujer, que además es mujer pecadora, se convierte en discípula de Cristo. Es éste un acontecimiento insólito si se tiene en cuenta el modo usual con que trataban a las mujeres los que enseñaban en Israel". "El hombre, en cualquier situación, debería hacer suyos los elementos del estilo de Cristo al tratar a la mujer. (...). En la relación matrimonial la sumisión no es unilateral, sino recíproca. Esta convicción ha de abrirse camino gradualmente en los corazones, en las conciencias, en los comportamientos, en las costumbres... Se trata de un llamamiento que no cesa de apremiar a las generaciones que se han ido sucediendo, una llamada que los hombres deben acoger siempre de nuevo".
"Un progreso unilateral puede llevar a una gradual pérdida de sensibilidad por el hombre y por todo lo que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo, el momento presente espera la manifestación de aquel "genio" de la mujer que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre por el hecho de que es un ser humano".
"La Iglesia da gracias por todas las mujeres y por cada una de ellas. Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios... tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad". Hasta aquí la palabra del Papa.
En esta línea de la gratitud, aprovecho esta ocasión para agradecer a las mujeres cristianas de nuestra diócesis su participación en las celebraciones de la Iglesia, su trabajo impagable en la transmisión de la fe tanto en las familias como en las catequesis parroquiales, su presencia al lado de los más pobres. Son múltiples y muy variados los servicios que la mujer desempeña en la Iglesia y no siempre suficientemente agradecidos.
"La evangelización renovada –ha escrito Mons. Ricardo Blázquez- debe asumir la nueva conciencia sobre la mujer, si no quiere pasar al margen de una cuestión clavada en el corazón de la cultura contemporánea. El Evangelio, que es al mismo tiempo palabra de verdad y mensaje de salvación, al afrontar este reto nos conducirá bajo la luz del Espíritu Santo a la verdad más plena y a la libertad más honda. Sólo en esta apertura al dinamismo evangélico y a las preguntas históricas hallaremos la respuesta fiel a Jesucristo, en este problema, y fiel también a la creación del varón y de la mujer como "unidad de dos", copartícipes de la misma dignidad"
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