Cercana la
solemnidad de los santos Pedro y Pablo y el conocido entre nosotros como
‘el Día del Papa’ creo que es bueno caer en la cuenta del nuevo estilo
pastoral que Benedicto XVI trata de imprimir en la Iglesia de nuestros
días. El estilo es el hombre, suele decirse. Pues bien el estilo de
Benedicto XVI nos revela una personalidad saturada de teología y
convencida de que lo medular de su misión como obispo de Roma es
confirmar la fe de sus hermanos. El Papa
actual es un hombre de esencialidades y no pierde el
tiempo en otras cosas. El estilo pastoral que Benedicto XVI ha
inaugurado en la Iglesia es para obispos, sacerdotes, consagrados y
fieles laicos un referente constante que nos alienta y estimula.
Tratemos de comprender los acentos, los subrayados y las prioridades que
el Papa ha ido marcando en estos cuatro años que desempeña la tarea de
Pastor de la Iglesia universal. Me limito a trazar un diseño, al menos
esbozado, del nuevo estilo pastoral del Siervo de los siervos de Dios.
Hay plumas mucho más autorizadas que la mía que podrán llevar a cabo un
trabajo de mayor consistencia y calado.
En noviembre del 2005 hice
este retrato del Papa actual que me sirve hoy de pórtico: El Papa
Benedicto, dotado de una rica personalidad humana, es ante todo un
creyente sin fisuras. Con la firmeza de su fe, siempre dialogante,
protege al rebaño que le ha sido confiado. Defender la fe de los
sencillos contra las pretensiones de los que se creen sabios, es uno de
sus más importantes cometidos. Lleno de finura y cariño en el trato
personal, se está mostrando cada día más humano, sencillo y afectuoso,
amable y con su pizca de buen humor. Por el camino del corazón cautiva a
católicos y no católicos. Sus palabras son hermosas y atinadas,
respetuosas y, al mismo tiempo, autorizadas; sus discursos meditados,
sobrios y tan cuidados en la forma como llenos de sugerencias
alentadoras en el contenido. Rezuman sabiduría, pero no abruman. En sus
homilías desgrana las verdades cristianas con sencillez, con calidad
humana y delicadeza. Con su finura de oído distingue perfectamente los
ruidos de la verdadera música. Utilizando la senda del corazón, no sólo
nos anima a pensar, sino que nos anima a la acción. En una palabra,
pretende iluminar la mente para mover el corazón. En medio de la
humildad que le caracteriza, aparece como un profundo teólogo siempre
dispuesto a ir al fondo de las cuestiones y como un gran pedagogo de la
fe. Intelectualmente goza de una bien merecida autoridad. Sus palabras
merecen ser leídas y releídas con apertura de espíritu. En definitiva,
sin abandonar la sombra benéfica de Juan Pablo II, Benedicto XVI brilla
con luz propia y radiante. Como su antecesor, ha iniciado su andadura
sin miedo, con paciencia, prudencia, resolución y delicadeza. No le
seducen las masas, pero tampoco las rehuye. Benedicto XVI es recatado y
comedido. Camina despacio, domina el escenario del pensamiento, sus
gestos son sobrios.
Hecha esta
breve semblanza, me gustaría destacar las claves que ayudan a entender
muchas palabras, comportamientos y gestos del Papa Benedicto que, de
otro modo, pudieran resultar ininteligibles. Pero he ido comprobando a
lo largo de este modesto trabajo que las claves que he encontrado no
sirven sólo para comprender las enseñanzas del Papa actual, sino que
pueden ser consideradas auténticas orientaciones para vivir y anunciar a
Jesucristo hoy. No tienen interés sólo para los pastores en la Iglesia,
sino que poseen un valor más universal. Todo cristiano puede encontrar
un camino para vivir y anunciar a Jesucristo hoy.
1. En
Cristo encontramos al Dios vivo y verdadero
La esencia
del cristianismo no es una idea ni un proyecto, es una persona.
Esta es una de las insistencias más recurrentes en el magisterio de
Benedicto XVI que en su primera encíclica decía:
"No se comienza a
ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva".
Lo
que marca el comienzo de ser cristiano es, por tanto, un acontecimiento:
el encuentro con la persona de Jesucristo.
Nosotros no podemos provocar el encuentro personal con el Señor, pero lo
podemos facilitar. ¿Hasta qué punto nuestro testimonio y nuestra acción
pastoral se dirigen a este objetivo fundamental y no se pierden en otros
elementos accesorios?
Más aún,
como consecuencia de lo anterior, el Papa invita a que Cristo no sólo
entre como un ingrediente más en nuestra vida, sino que sea el centro de
nuestra existencia:
“Cristo ocupe siempre el primer
lugar en nuestros pensamientos y en toda nuestra actividad… cuanto más
amamos a Cristo y más le conocemos, tanto más crece nuestra libertad y
nuestra alegría de ser creyentes”. No son las ideologías las que salvan
el mundo, sino dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro
creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es
realmente bueno y auténtico.
Un
teólogo de la talla del cardenal Angelo Scola destaca este rasgo del
Papa Ratzinger en el prólogo del libro "Mi vida": “la
constante referencia a la centralidad de Jesucristo, el "unicum
sufficiens"; su teología transida de ensimismamiento de Jesucristo,
aprendido de la mirada a Cristo y al crucifijo”.
1) En
Cristo descubrimos el verdadero rostro de Dios.
Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo temen que, si Dios es
demasiado grande, quita algo a su vida. Piensan que deben apartar a Dios
a fin de tener espacio para ellos mismos. “Este Dios –se ha pensado y se
ha dicho- no nos deja libertad, nos limita el espacio de nuestra vida
con todos sus mandamientos. Por tanto, Dios debe desaparecer; queremos
ser autónomos, independientes. Sin este Dios nosotros seremos dioses, y
haremos lo que nos plazca" […] Pero “el hombre es grande, sólo si
Dios es grande. Con María debemos comenzar a comprender que es así.
No debemos alejarnos de Dios, sino hacer que Dios esté presente, hacer
que Dios sea grande en nuestra vida; así también nosotros seremos
divinos: tendremos todo el esplendor de la dignidad divina. Apliquemos
esto a nuestra vida. Es importante que Dios sea grande entre
nosotros, en la vida pública y en la vida privada”.
El Dios
que nos revela Jesucristo es fuente de vida, de amor, de belleza, de
alegría: “Únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida.
Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la
vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución.
Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de
nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario.
Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por
el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y
comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del
pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa
y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría
de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.
Son palabras del Papa en la inauguración de su ministerio como sucesor
de Pedro. Y añadía a continuación: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no
quita nada, y lo da todo” con este grito invitaba a jóvenes y adultos a
abrir de par en par las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, el Hijo
de Dios vivo.
2) Anunciar al
Dios de Jesucristo es la prioridad de las prioridades para la
Iglesia hoy: "En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la
tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra
ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer
presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios.
No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios
cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn
13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema
en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del
horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de
Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos
efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto"
El
problema no es sólo que Dios desaparezca del horizonte de los hombres,
sino que: “Cuando Dios desaparece, -predicaba el Papa en la fiesta de la
Asunción-, el hombre no llega a ser más grande, al contrario, pierde la
dignidad divina, pierde el esplendor de Dios en su rostro. Al final se
convierte sólo en el producto de una evolución ciega, del que se puede
usar y abusar”.
El que se ha
encontrado realmente con Cristo, el que se ha dejado transformar por El,
no puede guardárselo para sí, sino que siente la necesidad de
comunicarlo a los demás. Y precisamente como el mejor tesoro, como
la fuente de agua viva que renueva por dentro: "Viajo a África con la
convicción de que no tengo nada que proponer o dar a aquellos con
los que me encuentre si no es Cristo y la buena nueva de su cruz,
misterio de amor supremo, de amor divino que vence toda resistencia
humana y hace posible incluso el perdón y el amor a los enemigos. Esta
es la gracia del Evangelio, capaz de transformar el mundo […] Por tanto,
la Iglesia no persigue objetivos económicos, sociales o políticos; la
Iglesia anuncia a Cristo, convencida de que el Evangelio puede tocar el
corazón de todos y transformarlo, renovando de este modo desde dentro a
las personas y las sociedades".
3) Ni siquiera la Iglesia
puede impedir el acceso a Cristo y al Dios amigo de la vida. El Papa
Benedicto no quiere una Iglesia que se mire constantemente a sí misma,
sino una Iglesia unida en torno a Cristo. Porque la Iglesia no tiene
la misión de iluminar al mundo con la propia luz, sino con la de
Jesucristo. “Cuantas más vueltas de la Iglesia sobre sí misma y no tenga
ojos mas que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma
medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de
grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no
vive en ella la primacía de Dios, no puede vivir ni dar fruto”.
La Iglesia con frecuencia se ocupa demasiado de sí misma y no habla con
la fuerza y la alegría necesarias de Dios, de Jesucristo. El mundo no
tiene sed de conocer nuestros problemas internos, sino el mensaje que ha
dado origen a la Iglesia: el fuego que Jesucristo trajo a la tierra. La
crisis de nuestra cultura se funda en la ausencia de Dios y tenemos que
confesar que también la crisis de la Iglesia es en buena parte la
consecuencia de una difundida marginación del tema de Dios. Sólo
podremos ser mensajeros creíbles de Dios viviente, si este fuego se
enciende en nosotros mismos. Sólo si Cristo vive en nuestro interior, el
Evangelio anunciado por nosotros mostrará la presencia de Cristo hoy y
tocará los corazones de nuestros contemporáneos.
2. Hacer visible el gran "sí" de
la fe
Hay mucho
interés fuera de la Iglesia en presentar el cristianismo como un sistema
de pensamiento pasado de moda y envejecido, haciendo hincapié sobre todo
en sus prohibiciones. Ante quienes presentan el cristianismo como la
religión del ‘no’, Benedicto XVI insiste con fuerza en que:
a)
“el cristianismo no es una filosofía
complicada y envejecida con el pasar del tiempo; no es un amasijo
inmenso de dogmas y preceptos; la fe cristiana consiste en ser tocados
por Dios y ser sus testigos”.
b)
“El cristianismo, el catolicismo no
es un cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Y es muy
importante que eso se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha
desparecido casi completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está
permitido, y ahora hay que decir: Pero nosotros tenemos una idea
positiva que proponer”. Y añade a continuación con un ejemplo práctico:
“el hombre y la mujer están hechos el uno para el otro; existe una
escala, por decirlo de algún modo. Sexualidad, eros, ágape, que son
dimensiones del amor; así se forma en primer lugar el matrimonio como
encuentro, lleno de felicidad entre un hombre y una mujer y después la
familia, que garantiza la continuidad entre las generaciones”.
Esta
visión positiva de la fe cristiana no es un fenómeno coyuntural, sino
que se sostiene sobre bases sólidas. El cristianismo son muchos ‘sí“
porque se asienta en Jesucristo que es el ‘sí’ irreversible de Dios al
hombre y del hombre a Dios: “Por mi parte, quisiera poner de relieve
cómo, a través de este testimonio multiforme, debe brotar sobre todo
el gran "sí" que en Jesucristo Dios dijo al hombre y a su vida, al amor
humano, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; y, por tanto,
cómo la fe en el Dios que tiene rostro humano trae la alegría al mundo.
En efecto, el cristianismo está abierto a todo lo que hay de justo,
verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones; a lo que
alegra, consuela y fortalece nuestra existencia. San Pablo, en la carta
a los Filipenses, escribió: "Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de
justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa
digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (Flp 4, 8).
Una doble
consecuencia hemos de sacar de todo esto: 1) “los discípulos de Cristo,
por una parte, reconocen y acogen de buen grado los auténticos
valores de la cultura de nuestro tiempo, como el conocimiento
científico y el desarrollo tecnológico, los derechos del hombre, la
libertad religiosa y la democracia. 2) Sin embargo, por otra parte,
no ignoran y no subestiman la peligrosa fragilidad de la naturaleza
humana, que es una amenaza para el camino del hombre en todo
contexto histórico. En particular, no descuidan las tensiones interiores
y las contradicciones de nuestra época. Por eso, la obra de
evangelización nunca consiste sólo en adaptarse a las culturas, sino que
siempre es también una purificación, un corte valiente, que se
transforma en maduración y saneamiento, una apertura que permite nacer a
la "nueva criatura" (2 Co 5, 17; Ga 6, 15) que es el fruto
del Espíritu Santo”
De aquí nace el interés del
Papa Benedicto por presentar el cristianismo como un encuentro con Dios
en Jesucristo, siempre nuevo y siempre positivo: “Me gustaría hacer
comprender a los jóvenes –decía poco antes de salir para Colonia- que es
bonito ser cristiano. Existe la idea difusa de que los cristianos
debemos observar muchos mandamientos, prohibiciones, etc… agobiantes y
opresivos. Yo quiero dejar claro que nos sostiene un gran Amor. Que
la revelación no es un peso, sino unas alas, y que es bonito ser
cristiano”.
Nada hay
tan humanizador como el Evangelio de Jesucristo; en el amor a Cristo se
asienta la verdadera alegría. En su libro Informe sobre la fe
utiliza el cardenal Ratzinger una imagen muy reveladora y significativa:
“El dogma no es un muro que impide ver la verdad, sino más bien una
ventana desde la que se contempla el infinito”
En
resumen, dos imágenes bellísimas para testimoniar la fe cristiana: la
verdad revelada no es un muro sino una ventana; no es un peso, sino unas
alas.
Por otra
parte, la Iglesia no vive anclada en el pasado, sino que vive abierta al
futuro y proclama las promesas de Dios. La Iglesia es viva, joven y
portadora de futuro en la medida en que deja que en ella se transparente
Cristo, el Hombre nuevo. “Esto es lo que significa ser Iglesia abierta
al futuro y, como tal, rica de promesas para las nuevas generaciones. En
efecto, los jóvenes no buscan una Iglesia juvenil, sino joven de
espíritu; una Iglesia en la que se transparenta Cristo, Hombre nuevo”.
3. Vivir
la belleza y la alegría de la fe
Entremos
en la tercera clave que nos ayude a comprender el magisterio del Papa
actual: “Para nosotros, cristianos de hoy en este mundo secularizado, es
importante vivir con alegría la libertad de nuestra fe, vivir la
belleza de la fe, y mostrar al mundo de hoy que es bello ser
creyente, que es bello conocer a Dios, Dios con un rostro humano en
Jesucristo, mostrar la posibilidad de ser creyente hoy, e incluso que es
necesario para la sociedad de hoy que haya hombres que conocen a Dios y
que, por tanto, puedan vivir según los grandes valores que nos ha dado y
contribuir a la presencia de valores que son fundamentales para la
construcción y supervivencia de nuestros Estados y sociedades”
Ya el cardenal Ratzinger
hablaba de que no se contraponen “la preocupación por la belleza de la
casa de Dios y la preocupación por los pobres de Dios” porque “no sólo
necesita el hombre de lo útil, sino también de lo bello; no sólo de una
casa propia, sino de la proximidad de Dios y de sus signos”.
Ahora bien, la búsqueda de la belleza ha de ir siempre unida a la
búsqueda de la verdad y de la bondad, de lo contrario se caerá en el
esteticismo y en la superficialidad. “De hecho,
una
búsqueda de la belleza que fuese extraña o separada de la búsqueda
humana de la verdad y de la bondad se transformaría,
como por desgracia sucede,
en mero
esteticismo,
y, sobre todo para los más jóvenes, en un itinerario que desemboca en
lo efímero, en la apariencia banal y superficial, o incluso en una fuga
hacia paraísos artificiales, que enmascaran y esconden el vacío y la
inconsistencia interior. Ciertamente, esta búsqueda aparente y
superficial no tendría una inspiración universal, sino que
inevitablemente resultaría del todo subjetiva, si no incluso
individualista, para terminar quizás incluso en la incomunicabilidad”
Descubrir
y vivir la belleza y el gozo de la fe es como una nueva primavera dentro
de la Iglesia: “Yo diría que es importante que los jóvenes puedan
descubrir la belleza de la fe, que es bello tener una orientación,
que es bello tener un Dios amigo, que nos sabe decir realmente lo
esencial de la vida”.
“Esta es la primavera: una nueva vida de personas convencidas con el
gozo de la fe. […] Podemos vivir en el futuro. Diría que si tenemos
jóvenes que realmente viven la alegría de la fe y viven además la
irradiación de esta alegría; tenemos entonces a un grupo de personas que
le dicen al mundo ‘incluso si no podemos compartirla, si no podemos
convertir a nadie en este momento, aquí está la forma para vivir el
mañana’“.
No se trata de cualquier
alegría o de la alegría a cualquier precio. «La alegría –manifestaba el
cardenal Ratzinger en el libro-entrevista La sal de la tierra- es
el elemento constitutivo del cristianismo (somos amados por Dios de modo
absoluto). Alegría, no en el sentido de diversión superficial, que
puede ocultar en su fondo la desesperación. Sabemos bien que el
alboroto es, a menudo, una máscara de la desesperación. Me refiero a la
alegría propiamente dicha, que es compatible con las dificultades de
nuestra existencia… Precisamente cuando se quiere resistir al Mal,
conviene no caer en un moralismo sombrío y taciturno, que no es capaz de
alegrarse con nada; por el contrario, hay que mirar toda la belleza que
hay y, a partir de ahí, oponer una fuerte resistencia a lo que destruye
la alegría». Al final experimentamos que el bien, la verdad y la belleza
se identifican. Negarse a buscar la verdad, dando por sentado que el ser
humano sólo puede alcanzar verdades parciales de andar por casa, es
también verse privado del bien y de la belleza. Y “sin una referencia
moral, se cae en el afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca
toda visión evangélica de la realidad social.
4. Invitación a la esperanza
El mundo de hoy,
y sobre todo la vieja Europa, necesitan esperanza. Tienen abundancia de
medios pero carecen de fines. Por todo esto, Benedicto XVI se une a su
amigo y predecesor Juan Pablo II para pedir a los cristianos que seamos
portadores de esperanza, de la gran esperanza que es la esperanza
cristiana.
La esperanza
cristiana no es una esperanza corta ni una esperanza fácil.
Las pequeñas esperanzas que
prevalecen en nuestros países desarrollados y postmodernos, son muy
pequeñas y raquíticas. Esperamos, por ejemplo, que nos toque la lotería,
o que nos suban el sueldo, o que lleguen las vacaciones y el fin de
semana, o tener un piso y un coche mejor, o que tengamos salud, o que
nos dejen en paz. Una esperanza alicorta y mercantil, a la que siempre
puede ponerse un precio.
Una esperanza
fácil. Y si no
conseguimos enseguida lo que esperamos, caemos en la desesperación. No
estamos acostumbrados a esperar sufriendo, ni a sufrir esperando. Lo que
equivale a decir que no sabemos esperar, que no tenemos esperanza.
La esperanza
cristiana ni es fácil ni es barata.
Es una esperanza que brota, se
enraíza y se alimenta de dos grandes realidades: la debilidad humana y
la fortaleza de Dios; la miseria humana y la misericordia divina; la
capacidad humana para sufrir y la generosidad divina para redimir el
sufrimiento; la sed del hombre y los veneros de Dios; el poder creador
del hombre y la animación de Dios; la libertad del hombre y el respeto
de Dios. La esperanza cristiana se abona con la paciencia y el
sufrimiento. Es un «esperar contra toda esperanza». Está siempre en
tensión y en vigilancia. Los aplazamientos, las contradicciones y los
fracasos no la doblegan, porque su punto de apoyo es una roca
inconmovible. Confía en el Dios del éxodo y de la cruz. «Podrán cortar
todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Ni podrán
detener el viento del Espíritu ni la fuerza de la resurrección.
“Quien no
conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin
esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La
verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las
desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos
sigue amando «hasta el extremo», «hasta el total cumplimiento». Quien ha
sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente
«vida»” (SS 27)
En la
pradera de Lourdes ponía a María como referente: “El mensaje de María es
un mensaje de esperanza para todos los hombres y para todas las mujeres
de nuestro tiempo, sean del país que sean. Me gusta invocar a María como
“Estrella de la esperanza” (SS, n. 50). En el camino de nuestras vidas,
a menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos
orienta en nuestro caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma,
Ella abrió a Dios las puertas de nuestro mundo y nuestra historia. Nos
invita a vivir como Ella en una esperanza inquebrantable, rechazando
escuchar a los que pretenden que nos encerremos en el fatalismo. Nos
acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes
personales, familiares y nacionales”.
5. La aplicación del Concilio Vaticano II
El cardenal Amigo
no dudaba en afirmar al ser elegido Benedicto XVI que para el nuevo Papa
el Concilio Vaticano II es la brújula que orienta los pasos de la
Iglesia en el camino de la evangelización: “El Papa decía que la Iglesia
mira con serenidad el pasado y no tiene miedo del futuro, que es libre,
valiente y joven. Que el Concilio Vaticano es nuestra brújula
evangelizadora y que sus documentos no han perdido actualidad. El
nuevo Papa quiere ser la piedra en la que todos pueden apoyarse con
seguridad y hacer que resplandezca la luz de Cristo, no la propia luz.
Tomar el Evangelio y aplicarlo al mundo actual. Y adentrarse en el mar
de la historia y echar de nuevo las redes”.
Ahora bien,
Benedicto XVI ha explicado muy bien las dos maneras de interpretar el
Concilio Vaticano II que él denomina “hermenéutica de la ruptura”
y “hermenéutica de la reforma”.
La primera reviste
dos formas: una que prevalece, en base a la cual el Concilio
constituiría una novedad radical y sería importante “el espíritu del
Concilio” más que la letra de sus textos; la otra forma, opuesta, para
la cual contaría solamente la tradición anterior al Concilio, respecto a
la cual el Concilio habría representado una ruptura de consecuencias
funestas, como sostienen precisamente los lefebvritas.
Por el contrario,
Benedicto XVI propone la “hermenéutica de la reforma”, o sea, de la
novedad en la continuidad en la única tradición católica. Así lo han
venido sosteniendo ya Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Solamente
este tipo de hermenéutica es sostenible teológicamente y pastoralmente
fructífera, ha explicado en alguna ocasión el cardenal Ruini.
A la
hermenéutica de la discontinuidad se opone la hermenéutica de la
reforma, como la presentaron primero el Papa Juan XXIII en su discurso
de apertura del Concilio el 11 de octubre de 1962 y luego el Papa Pablo
VI en el discurso de clausura el 7 de diciembre de 1965. Aquí quisiera
citar solamente las palabras, muy conocidas, del Papa Juan XXIII, en las
que esta hermenéutica se expresa de una forma inequívoca cuando dice que
el Concilio "quiere transmitir la doctrina en su pureza e integridad,
sin atenuaciones ni deformaciones", y prosigue: "Nuestra tarea no es
únicamente guardar este tesoro precioso, como si nos preocupáramos tan
sólo de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente,
sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época (...). Es necesario que
esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente
obediencia, se profundice y exponga según las exigencias de nuestro
tiempo. En efecto, una cosa es el depósito de la fe, es decir, las
verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta el
modo como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo
sentido y significado" (Concilio ecuménico Vaticano II,
Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp.
1094-1095)”
6. Defensa de la razón
“Ratzinger –ha
recordado Olegario G. de Cardenal- es el primer Papa que llega a la
cátedra de San Pedro tras haber mantenido un diálogo permanente con
culturas, ideologías y religiones, con los hombres de pensamiento y con
los políticos. Sus intervenciones en Universidades públicas como la
Sorbona, sus diálogos con filósofos como Habermas o D´Arcais, con
políticos como Marcello Pera, le habían convertido en la víspera del
Cónclave en el hombre representativo de una fe cristiana, que reclama la
razón histórica junto con el diálogo entre Evangelio e Ilustración, que
acepta el desafío de una modernidad erguida en soberana de la razón, a
la vez que la urge a confrontarse con las últimas cuestiones de la
existencia: la justicia, el sentido, la esperanza, el prójimo, la
muerte, Dios”.
Ya el cardenal Ratzinger
subrayaba en su día que en la separación de la fe y la razón, sufren
ambas y pierden ambas: “Una gran tarea de la Iglesia es reclamar la
razón. Cuando la fe y la razón se dividen, sufren ambas. La razón
pierde sus criterios, se hace cruel puesto que ya no se tiene nada por
encima de ella. Entonces, el intelecto del hombre decide por sí sólo
cómo continuar la creación, decide por sí solo quién tiene derecho a
vivir y quién debe quedar excluido de la mesa de la vida: llegados a
este punto se abre el camino del infierno. Pero la fe también puede
enfermar sin una ayuda de la razón. No es casualidad que en el
Apocalipsis se presente la religión enferma que ha roto con la fe en la
creación, como el verdadero poder del Anticristo. Tener una fe clara,
basada en el credo de la Iglesia, se suele considerar hoy día como
fundamentalismo. Y el relativismo, que es dejarse llevar por cualquier
vaivén de las enseñanzas, parece hoy la única actitud aceptable. Estamos
avanzando hacia una dictadura del relativismo, que no reconoce ninguna
certidumbre y que tiene como su principal objetivo el propio ego y los
propios deseos”.
Para tomar
conciencia del empeño racional y cultural de Benedicto XVI, a fin de
extender la razón humana hasta Dios y hacer espacio a Dios en los
comportamientos y en la vida personal y social, pública y privada, son
particularmente importantes el discurso de Ratisbona, el más reciente de
París y también el de Verona de 2006.
En cuanto a la
razón tal como hoy es contemplada, Benedicto XVI desarrolla una
“crítica desde el interior” de la racionalidad científico-tecnológica,
que ejerce el liderazgo cultural. La crítica no se refiere a la razón en
sí misma, sino a su absolutización, es decir, a constituirla en el único
camino para acceder a un conocimiento válido de la realidad. Porque,
planteada así, la razón se torna insostenible e inhumana, ya que impide
interrogarnos racionalmente sobre las preguntas decisivas de nuestra
vida, las que se refieren al sentido y a la finalidad por los que
existimos. “Una cultura
meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no
científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la
renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina
del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es
la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad
para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera
cultura”.
Por eso no se
cansa de proponer: “un
ensanchamiento de los horizontes de la razón, y, desde esta
perspectiva, es necesario volver a comprender también la íntima conexión
que une la búsqueda de la belleza con la búsqueda de la verdad y de la
bondad. Una razón que quisiera despojarse de la belleza resultaría
disminuida, como también una belleza privada de razón se reduciría a una
máscara vacía e ilusoria”.
Como ha dicho
Benedicto XVI en Verona, justamente la fe cristiana se presenta hoy como
el "gran sí" al hombre, a su razón y a su libertad. La libertad
individual no puede constituirse en el criterio supremo de toda opción
ética, como ocurre en la cultura actual, sino que ha de regirse también
por la razón.
“Nosotros luchamos para que se
amplíe la razón y, por tanto, para una razón que esté abierta también a
la belleza, de modo que no deba dejarla aparte como algo totalmente
diverso e irracional. El arte cristiano es un arte racional -pensemos en
el arte gótico o en la gran música, o incluso en nuestro arte barroco-,
pero es expresión artística de una razón muy amplia, en la que el
corazón y la razón se encuentran. Esta es la cuestión. A mi parecer,
esto es, de algún modo, la prueba de la verdad del cristianismo: el
corazón y la razón se encuentran, la belleza y la verdad se tocan. Y
cuanto más logremos nosotros mismos vivir en la belleza de la verdad,
tanto más la fe podrá volver a ser creativa también en nuestro tiempo y
a expresarse de forma artística convincente”.
La fe, lejos de negar a la
razón le abre a horizontes nuevos: “El Espíritu abre a la inteligencia
humana nuevos horizontes que la superan y le hace comprender que la
única sabiduría verdadera reside en la grandeza de Cristo”.
Es la verdad la que custodia la dignidad humana, rompe los
particularismos y unifica a los hombres:
“Si el hombre
queda fuera de la verdad, entonces ya sólo puede dominar sobre él lo
coyuntural, lo arbitrario. Por eso no es 'fundamentalismo', sino un
deber de la humanidad proteger al hombre contra la dictadura de lo
coyuntural convertido en absoluto y devolverle su dignidad, que
justamente consiste en que ninguna instancia humana puede dominar sobre
él, porque está abierto a la verdad misma. Es justamente la verdad quien
mantiene al hombre en su dignidad, rompe los particularismos y unifica a
los hombres, más allá de los límites culturales, por su dignidad común”.
No se le puede imponer al hombre por la violencia sino que ha de
aceptarla por la persuasión.
La pastoral de
Benedicto XVI es una ‘pastoral de la inteligencia’ (J. Navarro Vals).
Vivimos una época en que la gente se ha cansado de pensar y se está
olvidando de razonar. Y en su ausencia, se ha instalado la retórica
barata. Se abordan temas fundamentales del ser humano con una pobreza de
pensamiento espeluznante y ridícula. No se hace ni siquiera política, se
hace ideología. Muy poca gente quiere hacer el esfuerzo de distinguir lo
que realmente es verdad de lo que no es más que propaganda. Cuando no se
quiere entender, se cercenan las palabras del interlocutor para
adaptarlas a la propia manera de pensar.
Volvamos a
escuchar al Papa Benedicto XVI, esta vez en el Ángelus del 28 de enero
2007: "Urge redescubrir de modo nuevo la racionalidad humana abierta a
la luz del Logos divino y a su perfecta revelación, que es Jesucristo,
Hijo de Dios hecho hombre. Cuando es auténtica, la fe cristiana no
mortifica la libertad y la razón humana; y entonces, ¿por qué la fe y la
razón deben tener miedo una de la otra, si encontrándose y dialogando
pueden expresarse perfectamente? La fe supone la razón y la perfecciona,
y la razón, iluminada por la fe, encuentra la fuerza para elevarse al
conocimiento de Dios y de las realidades espirituales. La razón humana
no pierde nada abriéndose a los contenidos de la fe; más aún, esos
contenidos requieren su adhesión libre y consciente."
7. Superar la dictadura del relativismo
Nos encontramos con una
expresión muy utilizada por el Papa Benedicto: ‘la dictadura del
relativismo’. «El relativismo se ha convertido en el problema central de
la fe en la hora actual. Sin duda, ya no se presenta tan sólo con su
vestido de resignación ante la inmensidad de la verdad, sino también
como una posición definida positivamente por los conceptos de
tolerancia, conocimiento dialógico y libertad, conceptos que quedarían
limitados si se afirmara la existencia de una verdad válida para todos.
A su vez, el relativismo aparece como fundamentación filosófica de la
democracia. Ésta, en efecto, se edificaría sobre la base de que nadie
puede tener la pretensión de conocer la vía verdadera, y se nutriría del
hecho de que todos los caminos se reconocen mutuamente como fragmentos
del esfuerzo hacia lo mejor; por eso, buscan en diálogo algo común y
compiten también sobre conocimientos que no pueden hacerse compatibles
en una forma común. Un sistema de libertad debería ser, en esencia, un
sistema de posiciones que se relacionan entre sí como relativas,
dependientes, además, de situaciones históricas abiertas a nuevos
desarrollos. Una sociedad liberal sería, pues, una sociedad relativista;
sólo con esta condición podría permanecer libre y abierta al futuro».
Con toda nitidez ha señalado
el Papa actual los dos escollos que debe salvar la Iglesia en este
momento histórico: el secularismo (que marca toda forma de cultura
religiosa como regresión tradicional) y el fundamentalismo (que pretende
imponer, incluso con violencia, una única confesión religiosa): “La
Iglesia católica desea recorrer un camino que por una parte excluye la
secularización y por otra evita el fundamentalismo; ni puede dejar de
testificar el nombre de Dios, fundamento de vida y libertad, de justicia
y de esperanza, ni puede caer en el fundamentalismo, que humilla la
dignidad del hombre creado por Dios a su imagen para que lo busque
ejercitando la razón y el corazón, y para que hallándole descanse en El
con todo su ser. La fe y la razón no son competitivas; deben ser amigas,
respetarse mutuamente y tratarse bien. Están llamadas a vivir en
armonía”.
Benedicto
XVI ha realizado un análisis muy fino del relativismo al poner de
relieve que el relativismo ofrece, de entrada, una libertad sin
cortapisas, pero termina convirtiéndose en una cárcel porque encierra a
quienes lo practican en el propio yo y en los propios caprichos. De aquí
la expresión: dictadura del relativismo. “Un obstáculo particularmente
insidioso en la obra educativa es hoy la masiva presencia en nuestra
sociedad y cultura de ese relativismo que, al no reconocer nada como
definitivo, sólo tiene como medida última el propio yo con sus gustos y
que, con la apariencia de la libertad, se convierte para cada quien en
una prisión, pues separa de los demás, haciendo que cada quien se
encuentre encerrado dentro de su propio «yo»”.
8. El Papa de la familia y de la
vida
n
El matrimonio y la
familia hunden sus raíces en la verdad del hombre y en la historia de
amor de Dios con su pueblo
Por lo
tanto, "el matrimonio y la familia no son, en realidad, una construcción
sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas
particulares. Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre el
hombre y la mujer, hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser
humano y sólo a partir de ella puede encontrar su respuesta".
No se puede empezar desde cero en lo que se refiere al matrimonio y a la
familia. No todo puede ser objeto de diseño por parte del hombre de hoy.
La
alianza de amor entre el hombre y la mujer para un cristiano es un
reflejo de la alianza de amor de Dios con su pueblo, con la humanidad:
"La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde sus raíces en la
verdad del hombre, se ha hecho realidad en la historia de la salvación,
en cuyo centro están las palabras ‘Dios ama a su pueblo’. En efecto, la
revelación bíblica es, ante todo, expresión de una historia de amor, la
historia de la alianza de Dios con los hombres; por eso, la historia del
amor y de la unión de un hombre y de una mujer en la alianza del
matrimonio pudo ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la
salvación".
Pero
esta concepción cristiana del matrimonio no perjudica para nada al amor
humano, sino que lo sana, lo fortalece y le abre caminos de libertad:
"La fe y la ética cristiana no pretenden ahogar el amor, sino hacerlo
sano, fuerte y realmente libre: precisamente este es el sentido de los
diez mandamientos, que no son una serie de "no", sino un gran "sí" al
amor y a la vida".
Y más claramente aún: "El amor humano necesita ser purificado, madurar y
también ir más allá de sí mismo y poder llegar a ser plenamente humano
para ser principio de una alegría verdadera y duradera".
n
La familia “patrimonio de la humanidad”
La
familia no sólo es un bien para la persona, también lo es para la
sociedad. Los Estados, en consecuencia, y todas las instituciones
públicas están obligadas a protegerla, a promover su desarrollo; lejos,
por supuesto, de atacar sus fundamentos con legislaciones y políticas
familiares destructivas de la misma: "Todos los pueblos para dar un
rostro verdaderamente humano a la sociedad no pueden ignorar el don
precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio. La alianza
matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un
consorcio para toda la vida, ordenado por su misma índole natural al
bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, es el
fundamento de la familia, patrimonio y bien común de la humanidad. Así
pues, la Iglesia no puede dejar de anunciar que, de acuerdo con los
planes de Dios (Mt 19,3-9), el matrimonio y la familia son
insustituibles y no admiten otras alternativas”.
Benedicto XVI invoca dos razones fundamentales para sustentar su
porpuesta de que la familia sea declarada ‘patrimonio de la humanidad’:
Por una parte, que "el matrimonio cristiano constituye el lugar natural
dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la
familia de la Iglesia".
Y por otra, que en ella se fragua el futuro de la humanidad: "La
familia, fundada en el matrimonio, constituye un patrimonio de la
humanidad, una institución social fundamental; es la célula vital y el
pilar de la sociedad y esto afecta tanto a creyentes como a no
creyentes. Es una realidad por la que todos los Estados deben tener la
máxima consideración, pues, como solía repetir Juan Pablo II, el futuro
de la humanidad se fragua en la familia".
n
Amenazas al matrimonio y la familia
Intentando llegar a las raíces de donde brotan las
amenazas y peligros para el matrimonio y la familia, el Papa señala
la libertad anárquica y la trivialización del hombre: "Las diversas
formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones libres y
el matrimonio a prueba, hasta el pseudo matrimonio entre personas del
mismo sexo, son expresiones de una libertad anárquica, que se quiere
presentar erróneamente como verdadera liberación del hombre".
"Esa pseudo
libertad se funda en una trivialización del cuerpo, que inevitablemente
incluye la trivialización del hombre. Se basa en el supuesto de que el
hombre puede hacer de sí mismo lo que quiera: así su cuerpo se convierte
en algo secundario, algo que se puede manipular desde el punto de vista
humano, algo que se puede utilizar como se quiera. El libertarismo, que
se quiere hacer pasar como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es
en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, situándolo -por
así decirlo- fuera del auténtico ser y de la auténtica dignidad de la
persona".
Por
otra parte, Benedicto XVI no duda en dar la voz de alerta: "La
estabilidad de la familia está hoy en peligro. Para salvaguardarla,
con frecuencia es necesario ir contracorriente a la cultura dominante, y
esto exige paciencia, esfuerzo, sacrificio y búsqueda constante. Pero
también hoy los cónyuges pueden superar las dificultades y mantenerse
fieles a su vocación, recurriendo a la ayuda de Dios con la oración y
participando asiduamente en los sacramentos, especialmente en la
Eucaristía".
El
agnosticismo, el relativismo y la secularización forman el caldo de
cultivo donde anidan las tendencias que ahogan el sentido religioso
inscrito en la naturaleza y destruyen los vínculos más sagrados y los
afectos más dignos del hombre: "La primera de esas líneas es el
agnosticismo, que brota de la reducción de la inteligencia humana a
simple razón calculadora y racional y que tiende a ahogar el sentido
religioso inscrito en lo más íntimo de nuestra naturaleza. La segunda es
el proceso de relativización y de desarraigo que destruye los
vínculos más sagrados y los afectos más dignos del hombre, y como
consecuencia hace frágiles a las personas y precarias e inestables
nuestras relaciones recíprocas".
Con anterioridad había denunciado: "Los valores fundamentales del
matrimonio y de la familia están amenazados por el fenómeno actual de la
secularización que impide a la conciencia social llegara
descubrir adecuadamente la identidad y misión de la institución familiar
y últimamente por la presión de leyes injustas que desconocen los
derechos fundamentales de la misma".
Hay
que evitar a toda costa confundir el matrimonio cristiano con
otras uniones del amor débil. Sería como introducir moneda falsa que
acaba dañando seriamente a la moneda de curso legal: "La comunidad de
vida y de amor, que es el matrimonio, se conforma de este modo como un
auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con los demás tipos
de uniones basadas en el amor débil constituye hoy algo especialmente
urgente. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre el hombre y la
mujer es capaz de fundamentar la construcción de una sociedad que se
convierta en una casa para todos los hombres".
Pero las amenazas
a las familias no se encuentran solamente fuera de ellas; dentro de
ellas mismas el Papa ha denunciado dos males que pueden traer
incalculables consecuencias. Hablando a los sacerdotes y diáconos de
Roma, comentaba lo siguiente: “Los padres, como se ha dicho, en gran
parte se desentienden de la formación de la familia. Y además,
también las madres se ven obligadas a trabajar fuera de casa. La
comunión entre ellos es muy frágil. Cada uno vive su mundo: son
islas del pensamiento, del sentimiento, que no se unen. El gran problema
de este tiempo –en el que cada uno, al querer tener la vida para sí
mismo, la pierde porque se aísla y aísla al otro de sí- consiste
precisamente en recuperar la profunda comunión que, en definitiva, sólo
puede venir de un fondo común a todas las almas, de la presencia divina
que nos une a todos. Es necesario superar la soledad y también la
incomprensión, porque también esta última depende del hecho de que el
pensamiento hoy es fragmentado. Cada quien tiene su modo de pensar, de
vivir y no hay una comunicación en una visión profunda de la vida”.
n
Testimonio de las familias cristianas
Ante
este panorama lo primero que reclama el Papa actual es el testimonio de
las familias cristianas: "El momento histórico que estamos viviendo
exige que las familias cristianas testimonien con valiente coherencia
que la procreación es fruto del amor. Este testimonio estimulará a los
políticos y legisladores a salvaguardar los derechos de las familias".
Las
familias cristianas que viven su fe con autenticidad dan credibilidad a
la buena noticia de Jesús sobre el matrimonio y la familia que la
Iglesia no se cansa de predicar: "Por eso, además de la palabra de la
Iglesia, es muy importante el testimonio y el compromiso público de las
familias cristianas, especialmente para reafirmar la intangibilidad de
la vida humana desde la concepción hasta su término natural, el valor
único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la
necesidad de medidas legislativas y administrativas que sostengan a las
familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos, tarea esencial
para nuestro futuro común".
Con su
testimonio cristiano las familias son verdaderos pulmones no sólo para
la Iglesia, sino también para la sociedad:"La unidad y la firmeza de las
familias ayudan a la sociedad a respirar los auténticos valores humanos
y abrirse al Evangelio".
n
Tarea de la familia: formar personas libres y responsables
La Iglesia entiende la tarea
educativa de las familias como un auténtico ‘servicio’, como un
‘ministerio’ comparable al de los sacerdotes. No se trata de imponer
nada ni de amaestrar en la sumisión a nadie, sino que la familia educa
proponiéndose como objetivo formar personas libres y responsables. He
aquí como lo formulaba Juan Pablo II: “El deber educativo recibe del
sacramento del matrimonio la dignidad y la vocación de ser un verdadero
y propio ‘ministerio’ al servicio de la edificación de la Iglesia al
servicio de sus miembros. Tal es la grandeza y el esplendor del
ministerio educativo de los padres cristianos, que santo Tomás no duda
en compararlo con el ministerio de los sacerdotes: ‘Algunos propagan y
conservan la vida espiritual como un ministerio únicamente espiritual:
es la tarea del sacramento del orden, otros hacen lo mismo en la vida
corporal y espiritual, que se realiza con el sacramento del matrimonio,
que une a un hombre y una mujer para que tengan hijos y los eduquen para
el culto de Dios”.
n
La familia y la transmisión de la fe
Los padres
cristianos han de empeñarse muy seriamente hoy en la tarea de transmitir
la fe a los hijos. Es muy importante y básico su testimonio de fe vivida
y comprometida, pero no es suficiente. Aunque el encuentro con Cristo no
se puede provocar de una manera mecánica, sí se puede facilitar. He ahí
la tarea de los padres. “La fe –recordaba Benedicto XVI en Valencia- no
es, pues, una mera herencia cultural, sino una acción continua de la
gracia de Dios que llama y de la libertad humana que puede o no
adherirse a esa llamada. Aunque nadie responde por otro, sin embargo los
padres cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su fe y
esperanza cristiana”.
Ahora
bien, “la familia tiene un modo específico de evangelizar, hecho no de
grandes discursos o lecciones teóricas, sino a través del amor
cotidiano, la sencillez, la concreción y el testimonio diario. Con esta
pedagogía transmite los valores más importantes del Evangelio. A través
de este método, la fe penetra como por ósmosis, de un modo
imperceptible, pero tan real, que también convierte a la familia en el
primer y mejor seminario vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada
y al celibato en medio del mundo”. Por todo esto, la familia cristiana
es considerada como un cauce privilegiado para la transmisión de la fe.
La afectividad que ha de rebosar en el ámbito familiar hace que la fe se
transmita como por ósmosis, de un modo imperceptible, pero real y
eficaz.
Transmitir la fe se
traduce, al final, en acciones muy concretas rezar y enseñar a rezar,
introducir en la vida eclesial, preparar para celebrar los sacramentos,
acoger la Palabra de Dios tratando de iluminar con ella la propia vida
familiar, iniciar en la oración de alabanza: “La familia cristiana
transmite la fe cuando los padres enseñan a sus hijos a rezar y rezan
con ellos (cf. Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a
los sacramentos y los van introduciendo en la vida de la Iglesia; cuando
todos se reúnen para leer la Biblia, iluminando la vida familiar a la
luz de la fe y alabando a Dios como Padre”.
9. El Papa de la palabra y de la Palabra
de Dios
a) El Papa de
la palabra
Benedicto
XVI puede ser conocido como “el Papa de la palabra”. De la palabra con
minúscula y de la Palabra con mayúscula. De ella ha hecho en buena
medida el centro de su ministerio. No se apoya tanto en los gestos como
en las palabras. Incluso en sus viajes, se recuerda más lo que dice que
lo que hace. Antes los peregrinos solían ir a Roma para ver en persona
al Papa y se pensaba que era la atracción que ejercía la figura de Juan
Pablo II. Al morir Juan Pablo II no sólo no han disminuido los
peregrinos sino que han aumentado. Porque ahora los peregrinos van por
miles y no les importa repetir ya que van a escuchar los mensajes de
Benedicto XVI.
Benedicto XVI es un Papa de "lectura obligatoria": sus homilías, sus
discursos, sus documentos merecen ser leídos por su riqueza, su
intuición, su acertado diagnóstico de la realidad y sus propuestas
dirigidas siempre a lo esencial de la fe cristiana y a cooperar con la
verdad.
Su estilo literario y oratorio es directo, pulcro, lleno de imágenes,
fresco, siempre novedoso, sugerente y enriquecedor. Benedicto XVI va a
las esencias y a la propuesta permanente de la verdadera y hasta única
novedad del cristianismo y de la Iglesia que no es otra que Jesucristo,
el Hijo de Dios, el Dios y hombre verdadero.
b)
El
Papa de la Palabra de Dios
Espléndido conocedor de la Sagrada Escritura y magnífico teólogo, el
Papa Ratzinger –ha escrito Jesús de las Heras Muela- debe y merece ser
leído íntegramente con paz, con apertura, con agradecimiento. Siempre
encontramos en sus escritos algo nuevo, decisivo y esclarecedor.
“¿Cómo podemos discernir la
voz de Dios entre las mil voces que escuchamos cada día en nuestro
mundo?”, se preguntaba el Papa ante los seminaristas de Roma. Y él mismo
respondía: “Yo diría que Dios habla con nosotros de muchísimas maneras.
Habla por medio de otras personas, por medio de los amigos, de los
padres, del párroco, de los sacerdotes que se encargan de vuestra
formación, que os orientan. Habla por medio de los acontecimientos de
nuestra vida, en los que podemos descubrir un gesto de Dios. Habla
también a través de la naturaleza, de la creación, y, naturalmente,
habla sobre todo en su Palabra, en la Sagrada Escritura leída en la
comunión de la Iglesia y leída personalmente en conversación con Dios.
Es importante leer la Sagrada Escritura, por una parte de modo muy
personal, y realmente, como dice san Pablo, no como palabra de un hombre
o como un documento del pasado, como leemos a Homero o a Virgilio, sino
como una Palabra de Dios siempre actual, que habla conmigo. Aprender a
escuchar en un texto, que históricamente pertenece al pasado, la
Palabra viva de Dios, es decir, entrar en oración, convirtiendo así la
lectura de la Sagrada Escritura en una conversación con Dios. S. Agustín
dice a menudo en sus homilías: llamé muchas veces a la puerta de esta
Palabra, hasta que pude percibir lo que Dios mismo me decía”.
La Palabra de Dios tiene
una casa: la Iglesia. “Los
apóstoles –ha dicho Benedicto XVI a los jóvenes- acogieron la palabra de
salvación y la transmitieron a sus sucesores como una joya preciosa
custodiada en el cofre seguro de la Iglesia: sin la Iglesia esta perla
corre el riesgo de perderse o hacerse añicos. Queridos jóvenes, amad la
Palabra de Dios y amad a la Iglesia, que os permite acceder a un tesoro
de un valor tan grande introduciéndoos a apreciar su riqueza”.
La Escritura no
está aislada ni es solamente un libro. Ha nacido en el seno de una
comunidad viva –la Iglesia- y en la Iglesia ha de ser interpretada. La
Iglesia no sólo custodia celosamente la Palabra, sino que trata de
enfocar con su luz los temas de cada día. “Sin su sujeto vivo e
imperecedero que es la Iglesia, le faltaría a la Escritura la
contemporaneidad con nosotros. Ya no estaría en condiciones – como es su
razón de ser – de unir sincronía y diacronía, historia y presente, sino
que decaería en lo irrecuperablemente perdido en el pasado. Quedaría
reducida a simple literatura, que es interpretada como se puede
interpretar cualquier obra literaria. Y de ese modo, también la teología
quedaría convertida, de una parte, en pura historia de la literatura y
en historia de tiempos pasados y, por otro lado, en filosofía de la
religión y en ciencia de la religión en general”.
No es
suficiente escuchar la Palabra de Dios, hay que meditarla, es decir,
ponerla en relación con nuestra vida, tratar de leer los acontecimientos
con los ojos de Dios: “Queridos jóvenes, meditad a menudo la palabra de
Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis
entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados
a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la
historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la
verdad. En el camino de la vida, que no es fácil ni está exento de
insidias, podréis encontrar dificultades y sufrimientos y a veces
tendréis la tentación de exclamar con el salmista: “estoy humillado en
exceso” (Sal 118 v.107). No os olvidéis de añadir junto a él: Señor
“dame la vida conforme a tu Palabra… mi alma está en mis manos sin cesar
más no olvido tu ley. La presencia amorosa de Dios, a través de su
Palabra, es antorcha que disipa las tinieblas del miedo e ilumina el
camino, también en los momentos difíciles”.
La Palabra
de Dios es inagotable. Siempre puede decirnos algo nuevo, siempre
podremos profundizar más en ella. “La Palabra es siempre más grande,
este es nuestro gran consuelo. Y, por una parte, es hermoso saber que
hemos comprendido solamente un poco. Es hermoso saber que existe aún un
tesoro inagotable y que cada nueva generación redescubrirá nuevos
tesoros e irá adelante con la grandeza de la Palabra de Dios, que va
siempre delante de nosotros, nos guía y es siempre más grande. Con esta
certeza se debe leer la Escritura”.
Hay otra propuesta muy interesante de
Benedicto XVI respecto a la interpretación de la Palabra de Dios
escrita. “Los santos –afirma- son los verdaderos intérpretes de la
Sagrada Escritura”. Con esta propuesta pretende subrayar, por una
parte, que la interpretación de la Escritura no puede ser un asunto
meramente académico ni se puede relegar a un ámbito exclusivamente
histórico. Y por otra parte, que cada paso de la Escritura lleva en sí
un potencial de futuro que se abre sólo cuando se viven y se sufren a
fondo sus palabras, como han hecho los santos.
c)
Recomendación de la ‘lectio divina’
Benedicto
XVI ha exhortado a los jóvenes a adquirir intimidad con la Biblia, a
tenerla a mano, para que sea para ellos como una brújula que indica el
camino a seguir. Leyéndola –les ha dicho-, aprenderéis a conocer a
Cristo. S. Jerónimo observa al respecto: “El desconocimiento de las
Escrituras es desconocimiento de Cristo” (PL. 24,17). Y les ha indicado
un camino para profundizar y gustar la Palabra de Dios: la lectio
divina. “Constituye un verdadero y apropiado itinerario
espiritual en etapas. De la lectio, que consiste en leer y
volver a leer un pasaje de la Sagrada Escritura tomando los elementos
principales, se pasa a la meditatio, que es como una parada
interior, en la que el alma se dirige hacia Dios intentando comprender
lo que su Palabra dice hoy para la vida concreta. A continuación sigue
la oratio, que hace que nos entretengamos con Dios en el coloquio
directo, y finalmente se llega a la contemplatio, que nos ayuda a
mantener el corazón atento a la presencia de Cristo, cuya palabra es
“lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se
levanten vuestros corazones el lucero de la mañana” (2Pe. 1,19). La
lectura, el estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar
después en una vida de coherente adhesión a Cristo y a su doctrina”.
10.
Anunciar a Cristo
con humildad, con libertad, con serenidad y con afecto
La última clave se
refiere al modo de anunciar a Jesucristo hoy y se podría resumir en esta
frase: “proponer las verdades esenciales con atrevimiento humilde”. En
Benedicto XVI destacan su humildad, su libertad, su serenidad. “Esto le
confiere el atrevimiento humilde y la credibilidad con que enuncia esas
verdades esenciales que, por consabidas, olvidamos y pocos se atreven a
recordarnos: que Dios es origen amoroso del hombre; que naturaleza y
gracia convergen; que el impulso que asciende hacia Dios y la
condescendencia encarnativa de Dios se encuentran; que la libertad es
don de Dios para vivirla en gozo y construcción del mundo como servicio
al prójimo; que nuestra razón no puede proceder de lo irracional-natural
sino del Logos; que Europa tiene que reconocer las fuentes de su verdad
y cultivar los fundamentos de su dignidad; que el único Dios y creador
de todos, encarnado en nuestra historia para acompañarnos en nuestro
destino, es el punto de origen y el punto de encuentro, es decir de la
paz entre todos los hombres”, escribía Olegario González de Cardedal en
ABC a los pocos días de ser elegido el Papa actual.
Vittorio Messori,
el gran periodista italiano, definió a Benedicto XVI como “un Papa que
mira a los ojos”. Y añadía: “Si nos fijamos en las imágenes de Juan
Pablo II, se ve cómo estrechaba miles de manos, a la carrera, pero
mirando poco a la cara a sus interlocutores. Ratzinger mira a los ojos,
siempre. Se para a hablar con cada uno, quiere saber a quién tiene
delante. Cuestión de carácter, supongo. Pero no sólo eso”.
Confiesa el
embajador de España cerca de la Santa Sede: “La mirada dulce y profunda
de sus ojos de un azul intenso, la suavidad del tono de su voz, su
afabilidad y sencillez, crean inmediatamente un ambiente distendido que
permite un diálogo fácil, en el que sus ideas las va exponiendo ordenada
y yo diría que pedagógicamente, sin ningún atisbo de acritud y siempre
de forma respetuosa con los criterios de su interlocutor”.
El añorado
carmelita P. Jesús Castellano, que trabajó muy cerca del cardenal
Ratzinger en Roma, le definía así: “Tiene una particular finura en las
relaciones personales, caracterizadas siempre por la gentileza y la
atención por el otro, por la confianza y por el interés por lo que uno
quiere decir. Desde el punto de vista espiritual siempre he admirado en
él la interioridad que me recuerda su amor por san Agustín y san
Buenaventura, los dos autores sobre los que ha elaborado sus dos tesis.
Tengo la certeza de que el Santo Padre, como ha expresado en varias
ocasiones, tiene la preocupación de encontrar el lenguaje más adaptado,
con palabras y gestos, para que la verdad y la vida de Cristo sean
comprendidas y acogidas por los hombres y mujeres de hoy”.
“Su manera de comunicar
–manifiesta Joaquín Navarro Vals- es la propia del maestro. Más que
comunicar pensamientos lo que él quiere es hacer ir más allá de la
transmisión de un saber, quiere mover a la persona en una determinada
dirección. Está tan convencido de la verdad que transmite que no se
conforma con dejarla ahí, como en el libro de un filósofo, sino que la
expone, la explica, la comunica de un modo que mueve a la persona en
distintas direcciones. La mueve a interesarse más por el tema, la mueve
a un nivel más profundo, a cambiar una conducta, a mejorar una actitud,
etc… Lo que le importa de la verdad no es jugar con ella, sino que sea
operativa en quien la recibe. Es por ello una comunicación pedagógica,
con mayúsculas. Es, en definitiva, un tipo de comunicación que creo que
a todos nos gustaría poseer, pero que es tremendamente difícil tener. En
primer lugar, porque exige que quien comunique de este modo conozca muy
bien no sólo la idea que transmite, sino el itinerario intelectual que
lleva a la conquista de esa idea. Entonces puede transmitir la idea, la
verdad, como una cosa a la que se llega después de un proceso, de un
camino, que él además explica y señala. Debe también conocer muy bien
cómo piensan las personas que reciben ese tipo de comunicación”.
Esta
manera suya de ser: afectuosa, serena, respetuosa y libre la pone al
servicio de la comunicación del Evangelio de Jesús. Y nos invita a
nosotros a hacer lo mismo. Propongamos las verdades esenciales con un
atrevimiento humilde.

M. SANCHEZ MONGE,
Benedicto
XVI, infatigable buscador de la verdad.
Conferencia
en Olbeira (Pontevedra), 9.11.2005.
BENEDICTO XVI, Homilía en la fiesta de la Asunción,
Castelgandolfo 15.8.2005.
BENEDICTO XVI, Homilía de inauguración del ministerio petrino.
BENEDICTO XVI, Carta a los obispos, 10.03.09.
BENEDICTO XVI, Homilía en la fiesta de la Asunción en la
parroquia de Santo Tomás de Villanueva en Castelgandolfo, 15.8.
2005: Ecclesia 3274 (10.9.2005) 29
BENEDICTO XVI, Ángelus 15.03.09.
Cf. Cardenal J. RATZINGER, Intervención en el Sínodo de los
Obispos, 8.10.2001.
Cardenal RATZINGER, La Razón 23 de abril de 2001.
BENEDICTO XVI, Entrevista a varias televisiones sobre el viaje a
Alemania, Castelgandolfo 5.08.2006.
BENEDICTO XVI,
Discurso en Verona 19.06. 2006.
BENEDICTO XVI,
Viaje a Francia, 2008.
J. RATZINGER,
El rostro de Dios, Sígueme, Salamanca 1983, 71 s.
Benedicto XVI,
Mensaje al Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura,
24. 11. 2008.
Cardenal RATZINGER, en el canal de televisión EWTN de USA, 24 de
agosto de 2003.
BENEDICTO XVI, A los obispos mejicanos en visita ad limina,
15.09.05
Card. AMIGO, Prólogo al libro de E. SAN MARTÍN, El
alma de Benedicto XVI, Ed. CCS, Madrid 2005, 10.
BENEDICTO XVI, Discurso a la Curia romana, 22. 12. 2005.
Cardenal J. RATZINGER, en La Razón, 23.4.2001.
BENEDICTO
XVI, Mensaje al Presidente del Pontificio Consejo para la
Cultura, 24. 11. 2008.
J.
RATZINGER, Conferencia en el encuentro de presidentes de
comisiones episcopales de América Latina para la doctrina de la
fe, celebrado en Guadalajara (México). Noviembre 1996.
BENEDICTO
XVI, Discurso en la visita a la sinagoga de Colonia,
agosto 2005.
Cf.
J.
RATZINGER-BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007,
106.
D.
Francisco Vázquez, Mirada de un embajador en la Santa Sede
sobre el pontificado de Benedicto XVI, en: Homenaje a Su
Santidad Benedicto XVI, Roma 2008, 105.
J.
NAVARRO VALS, Benedicto XVI y su imagen mediática, en:
Homenaje a Su Santidad Benedicto XVI, Roma 2008, 60-61.