Un año de oración por la vida

      27.03.2009

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La vida humana es buena noticia, es un don precioso, un regalo de Dios. Por tanto, debe ser siempre acogida con amor y respeto. Sobre todo, desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de una madre, la Virgen María. Causa tristeza observar cómo la paternidad y la maternidad son presentadas y percibidas en nuestra sociedad del bienestar como un mal, como un peligro, cuando debieran ser fuente de gozo y acción de gracias. No se puede presentar el aborto como un progreso y un logro positivo en favor de la mujer. Porque nunca puede considerarse positiva la opción por la muerte ni de un hijo ni de nadie. Sólo la opción por la vida dignifica a la persona humana y produce la verdadera alegría del corazón, al tiempo que humaniza y da grandeza a la sociedad. Una proximidad acogedora, un buen consejo, una ayuda oportuna y eficaz a las mujeres embarazadas que se encuentran en difíciles encrucijadas tienen que ser consecuencia de nuestra opción por la vida.

 

Son muchas las amenazas que se ciernen sobre la vida humana: Un tercio de la humanidad padece hambre, la violencia contra las mujeres en muchas ocasiones termina en tragedia, el terrorismo elimina vidas humanas a capricho y ensombrece la convivencia, los accidentes de tráfico ocasionan demasiadas muertes en nuestras carreteras (recordemos los 4 jóvenes muertos hace unos días en Friol (Lugo), la muerte de trabajadores en accidentes laborales debería evitarse por todos los medios pero no se evita, las drogas merman la libertad y arrancan la vida de tantos jóvenes… Merece mención especial, sin embargo, el drama del aborto. Por ser la eliminación voluntaria y querida de un ser humano por decisión de sus padres. Y porque algunos de nuestros conciudadanos quieren imponerlo invocando el progreso social y los derechos de la mujer. Hoy la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Y, por otra parte, quieren convertirlo poco a poco en prólogo para la introducción de la eutanasia. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. Es verdad que en el año 2008,  la sociedad española se sintió conmovida por las noticias de crueles prácticas abortivas. Pero desgraciadamente la conmoción se pasó muy pronto y la magnitud de las cifras sigue ahí: 110.000 abortos en el año 2007.  "Hay que reconocer -dijo el Papa Benedicto XVI el 12 de mayo de 2008 - que defender la vida humana se ha convertido actualmente en algo más difícil, porque se ha creado una mentalidad de pérdida progresiva de su valor, confiado al juicio del individuo. Como consecuencia, existe un respeto menor a la misma persona humana, un valor que es el fundamento de toda convivencia civil, por encima de la fe que se profesa".

 

Hay quienes acusan a la Iglesia de estar obsesionada con el tema del aborto. No se trata de obsesión ninguna. Si ha hablado reiterativamente de él se debe, por una parte, a la gravedad del mismo y, por otra, al deterioro de la conciencia moral al que acabo de referirme. Ante estos acontecimientos, la Iglesia no puede callar. La Iglesia tiene que recordar, tantas veces cuantas sean necesarias, que “la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral... Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo” (JUAN PABLO II, EV 57).

 

No podemos arrojar la toalla, abrumados por los datos negativos. Pero tampoco podemos quedarnos sólo con las sombras, con los aspectos que inducen al pesimismo, cuando hay luces espléndidas en medio de nosotros. También hoy muchos esposos, con generosa responsabilidad, saben acoger a los hijos como el don más excelente del matrimonio. No faltan familias que, además de su servicio cotidiano a la vida, acogen a niños abandonados, a personas minusválidas, a ancianos solos. Algunas familias  vienen acogiendo durante el verano niños saharauis, necesitados de todo. El voluntariado a favor de la vida crece sin cesar. Pensemos en Pro-vida, Adevida, Red Madre… y un largo etcétera. En definitiva, un trabajo  de reconocida efectividad.  Estas personas e instituciones, y sobre todo nuestra confianza en el Dios amigo de la vida, alimentan nuestra esperanza.

 

Un modo magnífico de defender el valor sagrado de toda vida es la oración. Lo que parece imposible para los hombres, es posible para Dios. Por ello hemos declarado los Obispos de España el año 2009 como Año de Oración por la Vida bajo el lema "Bendito sea el fruto de tu vientre". Responde a la invitación que Juan Pablo II hiciera a toda la Iglesia: "es urgente una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica apasionada a Dios, Creador y amante de la vida" (EV 100). Exhorto vivamente a que en las preces de las Eucaristías, en la recitación del Rosario, en los momentos de adoración del Santísimo, etc… se utilicen los materiales elaborados por la Subcomisión de Familia de la Conferencia Episcopal Española y que está distribuyendo nuestra Delegación Diocesana de Pastoral Familiar.

 

Encomendamos este Año de Oración por la Vida a la intercesión materna de la Virgen María, pidiéndole la creatividad pastoral necesaria para que todos afrontemos con decisión y efectividad la tutela del don de la vida.

 

 

                                                       
                                                 

 

                                               

 

 

   
   
 
 

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