La vida humana es
buena noticia, es un don precioso, un regalo de Dios. Por tanto, debe
ser siempre acogida con amor y respeto. Sobre todo, desde que el Hijo de
Dios se ha hecho hombre en el seno de una madre, la Virgen María. Causa
tristeza observar cómo la paternidad y la maternidad son presentadas y
percibidas en nuestra sociedad del bienestar como un mal, como un
peligro, cuando debieran ser fuente de gozo y acción de gracias. No se
puede presentar el aborto como un progreso y un logro positivo en favor
de la mujer. Porque nunca puede considerarse positiva la opción por la
muerte ni de un hijo ni de nadie. Sólo la opción por la vida dignifica a
la persona humana y produce la verdadera alegría del corazón, al tiempo
que humaniza y da grandeza a la sociedad. Una proximidad acogedora, un
buen consejo, una ayuda oportuna y eficaz a las mujeres embarazadas que
se encuentran en difíciles encrucijadas tienen que ser consecuencia de
nuestra opción por la vida.
Son muchas
las amenazas que se ciernen sobre la vida humana: Un tercio de la
humanidad padece hambre, la violencia contra las mujeres en muchas
ocasiones termina en tragedia, el terrorismo elimina vidas humanas a
capricho y ensombrece la convivencia, los accidentes de tráfico
ocasionan demasiadas muertes en nuestras carreteras (recordemos los 4
jóvenes muertos hace unos días en Friol (Lugo), la muerte de
trabajadores en accidentes laborales debería evitarse por todos los
medios pero no se evita, las drogas merman la libertad y arrancan la
vida de tantos jóvenes… Merece mención especial, sin embargo, el drama
del aborto. Por ser la eliminación voluntaria y querida de un ser humano
por decisión de sus padres. Y porque algunos de nuestros conciudadanos
quieren imponerlo invocando el progreso social y los derechos de la
mujer. Hoy la percepción de su gravedad se ha ido debilitando
progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en
la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de
una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz
de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el
derecho fundamental a la vida. Y, por otra parte, quieren convertirlo
poco a poco en prólogo para la introducción de la eutanasia. Ante una
situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de
frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a
compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. Es verdad
que en el año 2008, la sociedad española se sintió conmovida por las
noticias de crueles prácticas abortivas. Pero desgraciadamente la
conmoción se pasó muy pronto y la magnitud de las cifras sigue ahí:
110.000 abortos en el año 2007.
"Hay
que reconocer -dijo el Papa Benedicto XVI el 12 de mayo de 2008 - que
defender la vida humana se ha convertido actualmente en algo más
difícil, porque se ha creado una mentalidad de pérdida progresiva de su
valor, confiado al juicio del individuo. Como consecuencia, existe un
respeto menor a la misma persona humana, un valor que es el fundamento
de toda convivencia civil, por encima de la fe que se profesa".
Hay
quienes acusan a la Iglesia de estar obsesionada con el tema del aborto.
No se trata de obsesión ninguna. Si ha hablado reiterativamente de él se
debe, por una parte, a la gravedad del mismo y, por otra, al deterioro
de la conciencia moral al que acabo de referirme. Ante estos
acontecimientos, la Iglesia no puede callar. La Iglesia tiene que
recordar, tantas veces cuantas sean necesarias, que “la eliminación
directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente
inmoral... Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano
inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable
o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí o
para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita
o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni
permitirlo” (JUAN PABLO II, EV 57).
No podemos
arrojar la toalla, abrumados por los datos negativos. Pero tampoco
podemos quedarnos sólo con las sombras, con los aspectos que inducen al
pesimismo, cuando hay luces espléndidas en medio de nosotros. También
hoy muchos esposos, con generosa responsabilidad, saben acoger a los
hijos como el don más excelente del matrimonio. No faltan familias que,
además de su servicio cotidiano a la vida, acogen a niños abandonados, a
personas minusválidas, a ancianos solos. Algunas familias vienen
acogiendo durante el verano niños saharauis, necesitados de todo. El
voluntariado a favor de la vida crece sin cesar. Pensemos en Pro-vida,
Adevida, Red Madre… y un largo etcétera. En definitiva, un trabajo de
reconocida efectividad. Estas personas e instituciones, y sobre todo
nuestra confianza en el Dios amigo de la vida, alimentan nuestra
esperanza.
Un modo
magnífico de defender el valor sagrado de toda vida es la oración. Lo
que parece imposible para los hombres, es posible para Dios. Por ello
hemos declarado los Obispos de España el año 2009 como Año de Oración
por la Vida bajo el lema "Bendito sea el fruto de tu vientre". Responde
a la invitación que Juan Pablo II hiciera a toda la Iglesia: "es urgente
una gran oración por la vida, que abarque al mundo entero. Que desde
cada comunidad cristiana, desde cada grupo o asociación, desde cada
familia y desde el corazón de cada creyente, con iniciativas
extraordinarias y con la oración habitual, se eleve una súplica
apasionada a Dios, Creador y amante de la vida" (EV 100). Exhorto
vivamente a que en las preces de las Eucaristías, en la recitación del
Rosario, en los momentos de adoración del Santísimo, etc… se utilicen
los materiales elaborados por la Subcomisión de Familia de la
Conferencia Episcopal Española y que está distribuyendo nuestra
Delegación Diocesana de Pastoral Familiar.
Encomendamos este
Año de Oración por la Vida a la intercesión materna de la Virgen María,
pidiéndole la creatividad pastoral necesaria para que todos afrontemos
con decisión y efectividad la tutela del don de la vida.
