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Ferrol, 13 de abril de 2008
Lecturas: Hech. 2,14a-36-41; Sal 22; 1Pe 2,20b-25; Jn 10,1-10
Saludo con todo afecto a los Rectores de nuestros Seminarios, a los sacerdotes, a Cristóbal con sus familiares y amigos juntamente con los feligreses de la parroquia de Cerdido, a sus compañeros seminaristas, a los consagrados y a los fieles laicos:
1. “El que entra por la puerta es pastor de las ovejas”
El Señor nos congrega en este 4º domingo de Pascua, popularmente conocido como el domingo del buen Pastor, para celebrar la Eucaristía en la que será ordenado diácono Cristóbal, un joven seminarista de nuestro Seminario Mayor San Rosendo.
Las lecturas nos presentan hoy a Cristo como el pastor bueno, el que entra por la puerta y no salta por otra parte como el ladrón y el bandido (Jn. 10, 1 y 2).
El ladrón –advierte Jesús- no viene más que para robar, matar y perder (v.10). El verdadero pastor tampoco es como el asalariado que, como no es pastor ni las ovejas son suyas, cuando ve venir al lobo, las abandona y el lobo las arrebata y las dispersa; porque a un asalariado no le importan las ovejas (Jn 10, 12 – 13).
El buen pastor, en cambio,
siente compasión de las gentes, porque están cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor (Cf. Mt. 9, 35-36);
no abandona a su rebaño, sino que lo acompaña y conduce a los pastos de la vida. Procura diligentemente la unidad del rebaño evitando que se disperse. Cada oveja le es preciosa, porque la conoce y la ama.
El auténtico pastor es una señal personal y viviente de que Dios ama con amor irrevocable y salvador a los hombres y mujeres en cada momento histórico. El Sumo Sacerdote de la alianza nueva, Cristo Jesús, es, sobre todo según el escrito a los Hebreos, sacerdote fiel y misericordioso.
Por una parte Dios Padre se puede fiar de él y le confía su autoridad, que nunca es prepotencia y dominio, sino servicio. El ministerio pastoral es en bellísima expresión de S. Agustín, ‘oficio de amor’. Querido Cristóbal: en la medida en que desempeñes el ministerio de diácono poniendo al servicio de Dios y de la comunidad eclesial toda tu capacidad de amar, vivirás con alegría y en coherencia con el don y el encargo que hoy recibes. Si buscas, en cambio, tu propio interés y dosificas tu entrega, tu testimonio quedará ensombrecido, debilitado tu servicio y malgastada la gracia recibida.
El pastor al estilo de Cristo buen Pastor vive un amor desprendido. Sólo el que ama así, por pura gracia de Dios pedida y mortificada, vive la acogida sincera, sin celos estériles, sin pretender apropiarse de los que le han sido encomendados.
El sacerdote es también misericordioso con la misericordia del buen Pastor que no vive a costa de las ovejas, que cuida a las enfermas y busca a las descarriadas. La configuración con Cristo Sacerdote es configuración también con Cristo Siervo. “Cristo padeció por nosotros dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas” nos ha recordado S. Pedro. Nadie representa fecundamente a Jesucristo Siervo si no llega a ser con El pan partido para sus hermanos. La misericordia no es sentimentalismo superficial, sino capacidad adquirida por haber pasado por las mismas dificultades de los que queremos ayudar. Cristo ha conocido en su propia carne la sed, el hambre, la traición de los amigos, la condenación de los hombres. La disposición suprema del pastor, que encarna a Jesús, consiste en 'dar la vida por las ovejas' (Cf. Jn 10,15). Para que el rebaño viva y esté lleno de vida, se desprende de la vida propia.
Esta vida la ofrece Jesucristo, el Pastor hermoso, con su muerte y resurrección, como canta la liturgia romana de la Iglesia: "Ha resucitado el buen Pastor que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su grey. Aleluya".
Y se desprende de ella voluntariamente.
El, que es "Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo" (Ef. 5, 23), "amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada" (Ef. 5, 25-27).
2. La oración para configurarnos con Cristo Siervo
Los llamados a representar al que es único y supremo Sacerdote, que se hizo Siervo con su cuerpo entregado y su sangre derramada, están urgidos a vivir en la cadencia de su amor, mediante la oración.
En las últimas décadas la interioridad fue sospechosa de intimismo y privacidad. Pero el servicio pastoral sin interioridad se convierte en activismo vacío. Y en seguida vendrá la desilusión. Sin oración pronto llega la dimisión. Necesitamos tiempo para Dios; para estar ante él y con él. Es una prioridad pastoral. No una carga añadida, sino que sin él nos quedamos necesariamente sin aliento, perdemos el aliento del Espíritu Santo... La oración auténticamente cristiana es también acción pastoral y precisamente la más importante de todas.... Necesitamos menos discusión y más oración. El Papa Benedicto XVI ha comentado:
“Por lo que respecta a la vida interior […], es esencial para nuestro servicio sacerdotal. El tiempo que dedicamos a la oración no es un tiempo sustraído a nuestra responsabilidad pastoral, sino que es precisamente "trabajo" pastoral, es orar también por los demás. En el "Común de pastores" se lee que una de las características del buen pastor es que "ora mucho por sus hermanos". Es propio del que ejerce una labor pastoral ser hombre de oración, estar ante el Señor orando por los demás, sustituyendo también a los demás, que tal vez no saben orar, no quieren orar o no encuentran tiempo para orar. Así se pone de relieve que este diálogo con Dios es una actividad pastoral”.
3. Jornada Mundial de oración por las vocaciones
Nuestra Iglesia de Mondoñedo-Ferrol se verá enriquecida con un nuevo ministro ordenado, con un nuevo servidor, justamente en la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Como bien sabéis, propiamente hablando, el ministerio en la Iglesia es el ministerio ordenado y todas las demás funciones, dones y servicios sólo de forma analógica se entienden como ministerios. Entre ellos son de gran importancia para la buena ordenación de la comunidad los llamados ministerios laicales, que se desempeñan para la proclamación litúrgica de la Palabra divina, su explicación y aplicación en la catequesis; o para el servicio del altar. Estos ministerios de acólito y lector han sido ejercidos con competencia por el candidato que hoy recibe el ministerio ordenado del diaconado. Cristóbal ha desempeñado los ministerios laicales con miras al sacerdocio, que con la ayuda de Dios recibirá después de un tiempo suficiente para el ejercicio del diaconado que hoy recibe.
Las vocaciones seleccionadas, cultivadas y alimentadas en nuestro Seminario diocesano en los últimos años van fructificando en estas ordenaciones que venimos realizando. En orden a la pastoral vocacional, tenemos recursos importantes en nuestras manos y no debemos desperdiciarlos. No podemos seguir dando prioridad a los aspectos sociológicos, estadísticos o culturales. No podemos seguir por más tiempo retraídos sobre nuestros propios prejuicios vocacionales, descargando sobre las circunstancias ambientales la carencia de vocaciones. No todo se arregla repartiendo mejor los escasos sacerdotes de la diócesis ni reclamando más ayuda pastoral de los seglares. El Papa Juan Pablo II recordaba con meridiana claridad: “Para la parroquia, tener un sacerdote como pastor propio es, por tanto, de importancia capital. Y el de pastor es un título reservado específicamente al sacerdote. De hecho el orden del presbiterado representa para él la condición indispensable e imprescindible para ser nombrado párroco válidamente”. Por eso, continua el Papa, la colaboración de los fieles ante la escasez de sacerdotes no puede ser un tranquilizante de conciencia y un paliativo con el que las comunidades cristianas tengan que conformarse sin cuestionar su propio proceder, “como si hubiera que prepararse para una Iglesia del mañana, imaginada casi privada de presbíteros. De este modo, las medidas adoptadas para suplir las carencias actuales resultarían sumamente perjudiciales para la comunidad eclesial, a pesar de toda buena voluntad” [L' Osservatore Romano 48 (30 noviembre 2001), p. 656].
Las vocaciones sacerdotales y consagradas nunca serán fruto exclusivo de nuestros esfuerzos y de nuestros trabajos exquisitamente programados. Las vocaciones son un regalo de Dios y por eso hay que pedirlas con perseverancia y recibirlas con gratitud. Oremos por las vocaciones, personalmente y comunitariamente, sin desánimos. Me contó un sacerdote que, convencido de la necesidad urgente de la oración por las vocaciones, avisó a su parroquia de todos los jueves estaría el Señor expuesto y, al menos, estaría él rezando por esta intención. Que invitaba también a los feligreses que se quisieran unir libremente a esta iniciativa suya. De los jóvenes que poco a poco se fueron sumando, algunos son ya seminaristas y otros sacerdotes. Propongamos el camino del sacerdocio a algunos de nuestros niños y jóvenes con toda valentía y con una santa insistencia. Quizá tengamos que iniciarlos antes en la lectura meditada del evangelio de cada día y animarlos a frecuentar los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Uno a uno y con el apoyo del pequeño grupo cristiano. En la parroquia, en Movimientos juveniles, entre los alumnos de los Colegios católicos, los alumnos de Religión en los diversos Centros educativos. No olvidemos a los jóvenes integrados en nuestras Cofradías y voluntariados y -¿cómo no?- nuestros jóvenes universitarios. Hago una llamada con la fuerza y el cariño de Pastor de la diócesis a los sacerdotes, a los catequistas y profesores, a las familias cristianas. Sembrad la inquietud de la vocación sacerdotal, bien orientados y auxiliados por la Delegaciones diocesanas de Vocaciones y de
Infancia y Juventud.
Necesitamos la especial colaboración de las familias católicas. La familia es la iglesia doméstica donde los niños han de ser iniciados en la fe y han de percibir el respeto y el apoyo de los padres a los adolescentes que sienten la inclinación hacia la vocación sacerdotal. Sin familias verdaderamente inquietas por vivir la fe y transmitirla, difícilmente surgirán vocaciones, y si surgen, no podrán sostenerse. Hoy quiero recordar también que la actuación de los sacerdotes en este campo es insustituible. Buscad, queridos hermanos presbíteros, la cercanía de los niños, adolescentes y jóvenes. ¿Os habéis dado cuenta de que vivimos bastante alejados de ellos? Con vuestro testimonio de vida entregada alegremente y sin reservas a Dios y a los hermanos podéis hacer mucho bien. Tratad de descubrir los gérmenes de vocación sacerdotal en el corazón de los adolescentes y de los jóvenes. Para ello tenéis un don muy especial. El contagio de vuestra experiencia vocacional es el resultado de aquel gozo inefable de haber sido llamados por Cristo para seguirle de cerca y no disponer sino sólo de su amor, dejándolo todo por Él: la familia y las redes, los parientes y la empresa familiar, el futuro que pudo ser cuajada realidad matrimonial y familiar, y, en algunos casos, una profesión consolidada. Cuando los sacerdotes y los obispos no contagiamos esta singular experiencia clave de nuestra vida, esa falta de contagio no se debe principalmente al ambiente hostil ni a las dificultades de la cultura ambiente. Más bien hemos de prestar atención a un probable decaimiento del amor a la propia vocación, a la
mediocridad en nuestro hacer rutinario, en definitiva, al oscurecimiento de nuestra fe y la falta de un amor a Jesús verdaderamente intenso y determinante de la propia vida.
Tú, querido Cristóbal, recibes hoy el sagrado Orden del Diaconado para servir al ministerio del Obispo en forma propia y colaborar con el ministerio de los presbíteros. Tu meta es el presbiterado.
(Cómo desearía que tu ministerio sirviera para contagiar a los adolescentes y a otros jóvenes entusiasmo para vivir la gran aventura de seguir a Jesucristo!
(Cómo quisiera que el Señor nos regalara adultos, célibes y casados, deseosos de servir a la predicación del Evangelio y como diáconos permanentes para colaborar con el Obispo y el Presbiterio en la predicación, la instrucción doctrinal y el servicio de los pobres! Los diáconos, adornados con los dones del Espíritu Santo y fortalecidos por la gracia del sacramento del Orden, están llamados a prestar una contribución propia en la Iglesia, de gran valor al servicio de los fieles en la distribución de las mesas de la Palabra y de la Eucaristía. Los diáconos, en cuanto partícipes del ministerio ordenado, actúan con aquella autoridad que les confiere su condición de colaboradores de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y de su Presbiterio, para hacerse cargo de la caridad cristiana, la administración eclesial y la instrucción de los fieles, que se inspira en la Palabra de Dios y el magisterio de los pastores. Miembros del clero, a ellos confía también la Iglesia la recitación perpetua de la alabanza divina o Liturgia de las Horas y así, por su consagración a las cosas de Dios y de su Iglesia, los diáconos encarnan en su persona y ministerio la condición del Señor en cuanto Siervo, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida por todos.

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