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Os saludo con afecto a vosotros queridos
hermanos diáconos que pronto vais a ser ordenados sacerdotes, igualmente
saludo al Cabildo de esta Iglesia Catedral que nos acoge así como también
a los presbíteros y seminaristas que nos acompañan. Queridos consagrados y
hermanos laicos. Nuestros hermanos José Emilio Aparisi y José Vega van a
ser ordenados presbíteros como ministros de la Eucaristía, al servicio de
la comunidad cristiana precisamente cuando celebramos con toda la Iglesia
la fiesta de Nuestra Señora del Pilar. Con este motivo comentaré
brevemente, teniendo en cuenta la Palabra de Dios que se nos acaba de
proclamar, las dimensiones eucarística, eclesial y mariana del ministerio
sacerdotal.
1. Dimensión eucarística
Como tantas veces recordó el Papa Juan Pablo
II, la Eucaristía y el sacerdocio han nacido juntos en la Última Cena, la
tarde del Jueves Santo. Por esta razón, «la existencia sacerdotal (así
escribió en la última carta a los sacerdotes, pocas semanas antes de su
muerte); ha de tener, por un título especial, “forma eucarística”» . El
cuerpo y la sangre del sacerdote, a semejanza de los de Cristo en la
Eucaristía, han de ser cuerpo entregado y sangre derramada. Cuando el
sacerdote preside la Eucaristía y precede a sus fieles no lo puede hacer
como quien domina, sino como quien sirve. Porque sólo así podrá comer y
beber en la mesa del Reino de Cristo.
Entre los sacramentos del Orden y de la
Eucaristía existe un lazo indisoluble: el sacerdote es para la Eucaristía.
Ambos sacramentos, por tanto, son correlativos, de manera que el
ministerio sacerdotal está al servicio del Misterio eucarístico, para
asegurar perpetuamente su celebración en la comunidad cristiana.
El secreto y la clave de la vida sacerdotal,
queridos hermanos diáconos, es un amor apasionado a Cristo, y
especialmente a Cristo en la Eucaristía. El sacerdote reencuentra y vive
profundamente su identidad si decide no anteponer nada al amor de Cristo,
y hacer de Él el eje de la propia existencia. El Papa Benedicto XVI, al
hablar a los sacerdotes de la diócesis de Roma, les invitaba a “volver
continuamente a la raíz del sacerdocio. Esta raíz, decía, es una sola:
Jesucristo Nuestro Señor”, de manera que “el tiempo de estar en la
presencia de Dios es una verdadera prioridad pastoral, que es, en último
término, la más importante”.
Nuestra relación con la Eucaristía, por otra
parte, ha de fundamentar también nuestra relación con los hermanos. No se
pueden separar el cuerpo eucarístico y el cuerpo místico de Cristo (cf. 1
Cor 10,16-17; 12,27). De la Eucaristía nace la fuerza de la caridad
pastoral que constituye nuestra primera actitud y nuestro principal
servicio, es decir, el “oficio de amor” que define, con palabras de San
Agustín, el ministerio que recibís en esta celebración. La caridad
pastoral no es, pues, un sentimiento que nace de mi temperamento afectivo,
de mi talante servicial o de mi espíritu responsable. Todo esto le da
cuerpo y encarnadura; pero el origen es otro. Nuestra caridad pastoral
tiene su fuente en la caridad pastoral de Cristo que nos es transmitida
por el Espíritu Santo, a partir de la ordenación sacerdotal.
Queridos ordenandos: tened siempre presente
que el don y la tarea de consagrar la Eucaristía, que hoy os concede el
Señor, comporta una responsabilidad muy grande. Alguna vez os vendrá a la
mente el pensamiento de que sois unos pobres hombres, y es verdad: todos
lo somos. Pero no tengáis miedo. Dios, que os ha llamado, también os
ofrece toda su ayuda para ser sacerdotes santos; es decir, sacerdotes
enamorados de Cristo, dedicados a tiempo completo a los hombres, vuestros
hermanos, y plenamente disponibles ante las necesidades propias del
anuncio del Evangelio. No olvidéis que sois ungidos con el Espíritu para
dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los corazones
desgarrados, para proclamar a los prisioneros de tantas esclavitudes la
verdadera libertad (Cf. Is. 61,1-3).
2. Dimensión eclesiológica
Si es cierto que la Iglesia “hace” la
Eucaristía por medio de sus sacerdotes, también es cierto que la Iglesia
misma “nace” de la Eucaristía, como subrayó Juan Pablo II en encíclica
Ecclesia de Eucaristia. De la dimensión eucarística del sacerdocio deriva
necesariamente su dimensión eclesiológica. El sacerdote es para la
Eucaristía en la Iglesia y al servicio de la Iglesia. Sin una plena
comunión con el Sucesor de Pedro y con el Obispo propio, el sacerdote no
puede hacer un verdadero servicio eclesial. Desde la más remota
antigüedad, un importante testimonio de este hecho se encuentra en la
misma liturgia de la Misa, donde siempre se hace mención del Papa que
preside en la caridad la Iglesia universal y del propio Obispo, así como
de todos los demás Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro.
Recordemos, hermanos, con agradecimiento a
Dios Nuestro Señor la imponente manifestación de comunión que se verificó
en Roma y en todo el mundo primero en torno a Juan Pablo II, en un adiós
lleno de conmoción, y luego en torno a Benedicto XVI. En aquellos días, la
Iglesia se mostró más viva que nunca, bajo el impulso del Espíritu Santo.
Es tarea de todos, y en primer lugar de los sacerdotes, hacer que esta
preciosa herencia no sólo no se deteriore, sino que se refuerce en el
futuro. De una comunión compacta (afectiva y efectiva) de los católicos en
torno al Vicario de Cristo, se seguirán necesariamente grandes bienes para
la Iglesia y para la humanidad entera.
Vosotros, queridos José Emilio y José,
tendréis de ahora en adelante en vuestras manos nuevas posibilidades para
forjar y reforzar esta comunión. Como presbíteros seréis hombres de
comunión. Vuestra conformación con Cristo Sacerdote os capacita para
enseñar con autoridad la Palabra de Dios, que congrega al pueblo de Dios.
Celebrando los sacramentos, especialmente la Eucaristía, construiréis bajo
la guía del Espíritu Santo la comunión en la Iglesia, os convertiréis en
instrumentos de unidad en el seno de la comunidad cristiana. Un gran
cometido os espera; ¡y qué eficaz será el servicio que prestaréis a la
Iglesia! Otro modo específico de ser forjadores de comunión, en cuanto
presbíteros, es la entrega gozosa, aunque a veces comporte fatiga, al
ministerio de la Reconciliación que hoy se
os confía. Este sacramento realiza la comunión con Dios y con los demás,
reconciliando con Dios y con la Iglesia a los fieles que se reconocen
pecadores y reforzando la vida cristiana de quienes lo reciben dignamente.
Ésta debe ser otra pasión vuestra: acercar a muchas personas a Dios,
especialmente cuando llevan mucho tiempo alejadas de El.
Pero la unidad de la Iglesia admite
diversidad de funciones y ministerios. Cuando prediquéis hacedlo con
esmero después de haber meditado previamente la Palabra, cuando sirváis al
pueblo de Dios, hacedlo con toda dedicación, cuando presidáis hacedlo con
empeño, cuando repartáis limosna, hacedlo con agrado (Cf. Rom. 12,4-8).
3. Dimensión mariana
Aunque sea brevemente, deseo aludir a la
particular relación del presbítero con la Virgen, Nuestra Señora. Cristo
Redentor, de quien los sacerdotes hacemos las veces, no es una
abstracción, sino una Persona concreta: es el Hijo eterno de Dios, nacido
en el tiempo de una mujer concreta, María de Nazaret, cuya sangre lleva en
las venas. Siendo sacerdote precisamente en cuanto hombre, Jesús ha
querido asociar a su Madre a la obra redentora. Desde la Cruz se dirigió
al discípulo amado para revelarle a él y a todos nosotros que nos hacía un
último regalo: se dirigió a María para recomendarle: ahí tienes a tu hijo
(cfr. Jn 19,26-27) y luego le encareció al discípulo amado: he aquí a tu
Madre. Ciertamente todo cristiano es con verdad hijo de María, pero el
sacerdote lo es además por un nuevo título. Efectivamente: cuando se
dirigía a Juan, Jesús hablaba a un hombre que había sido revestido de la
dignidad sacerdotal la tarde anterior, en el Cenáculo.
«Vivir en la Eucaristía el memorial de la
muerte de Cristo –enseñaba el Papa Juan Pablo II en su última encíclica-
implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con
nosotros, a ejemplo de Juan, a quien una vez nos fue entregada como Madre.
Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo,
aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por Ella. María está
presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras
celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio
inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía».
Para terminar, quisiera transmitiros un
pensamiento de Benedicto XVI, tomado de la homilía que pronunció en la
toma de posesión de la Basílica de San Juan de Letrán, sede del Obispo de
Roma. El Papa recuerda que del Sacrificio eucarístico nacen y crecen los
anhelos apostólicos del pueblo de Dios, y añade: «En este misterio, el
amor de Cristo se hace siempre tangible en medio de nosotros. Aquí, Él se
entrega siempre de nuevo. Aquí, se hace traspasar el corazón siempre de
nuevo. Aquí mantiene su promesa, la promesa según la cual, desde la Cruz,
atraería a todos a sí (...), gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace
siempre de nuevo. La Iglesia es la red, la comunidad eucarística, en la
que todos nosotros, al recibir al mismo Señor, nos transformamos en un
solo cuerpo y abrazamos a todo el
mundo» .
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha
hecho?”, decíamos con el salmo responsorial. Y contestábamos: “Alzaré la
copa de la salvación, invocando su nombre… Te ofreceré un sacrificio de
alabanza, cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo”.
Continuemos alabando al Señor en esta Eucaristía. Que toda vuestra vida
sacerdotal sea un canto de acción de gracias porque el Señor ha estado
grande con vosotros y rebosáis de gozo y alegría. Con la intercesión de la
Madre de la Iglesia, de la Madre de los sacerdotes, de la Madre de todos
los cristianos, amén.
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