diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                        la pastoral de la salud más necesaria cada día          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

 

 

En el mundo de la salud crecen cada día los cuidados médicos y los servicios técnicos. Pero el problema mayor en este campo es la desproporción notable entre los logros científico-técnicos y la falta de atención al orden de los fines y de los valores; entre el desarrollo de las especialidades y la atención al hombre como totalidad; entre la atención a los problemas físicos, materiales, corporales, y el olvido de las preguntas transcendentes y del cultivo de lo espiritual. El enfermo tiene rostro y tiene nombre: necesita también cercanía y calor humano. La enfermedad no es nunca un hecho exclusivamente orgánico o biológico, afecta a toda la persona y por lo tanto el cuidado de la salud tiene que tener en cuenta la totalidad de la persona del enfermo. Hay que mirar asimismo la salud, no como algo cerrado en sí mismo o como puro bienestar, sino como vocación, como historia y como empeño. Sólo una medicina ‘espiritual’ puede devolver al paciente el amor a la vida y las ganas de luchar para superar su enfermedad, decisivas muchas veces para recuperar la salud. El enfermo necesita bienestar físico, psicológico, moral y espiritual. Los profesionales de la salud, sobre todo si son católicos, están llamados a ser testigos de aquellos valores que tienen en la fe su más sólido fundamento. Por otra parte, la continua y rápida evolución de las estructuras sanitarias, lejos de perjudicar la asistencia espiritual a los enfermos, la hace cada día más necesaria. Bien entendida y practicada constituye una aportación especialmente cualificada con vistas a una humanización plena de la medicina

 

Hoy, además, el ámbito de la sanidad tiende a ampliarse y pretende lograr un conjunto de condiciones capaces de mejorar la calidad de vida. No se puede atentar contra la salud, pero tampoco se puede vivir obsesionados por ella. El Evangelio pone de manifiesto que no hay salvación sin salud, aunque la salud no agota ni mucho menos el contenido de la salvación. Ya en el Antiguo Testamento Dios se manifiesta como "el que perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades" (Sal.147). La prueba de que el Reino ha llegado con Jesús en el Nuevo Testamento es que "los ciegos ven, etc...". Entre los títulos que los autores antiguos atribuían a Jesús se encuentra el de ‘Cristo médico’. Y es que si del Evangelio excluyéramos las acciones de Jesús relacionadas con "curar, sanar, salvar, dar vida", eliminaríamos gran parte del Evangelio.

 

Mediante la Encarnación, el Hijo de Dios ha entrado de lleno en la vida de los hombres. No ha tocado a la humanidad con la punta de los dedos, sino que ha pasado a través de su opaco espesor de miseria y de dolor. Más aún, ha compartido profundamente la vida de los hombres: "trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre" (GS 22). En definitiva: El Hijo de Dios ha hecho suyos la vida y la muerte, el gozo y el sufrimiento que tejen el diario vivir. Incluso ha preferido la condición de los más pobres y desheredados. "En su vida mortal El pasó haciendo el bien y sanando a todos los que estaban prisioneros del mal; también hoy como Buen Samaritano, viene a nosotros en cada hombre herido en el cuerpo y en el espíritu, y echa en sus heridas el bálsamo del consuelo y el vino de la esperanza. Por este don de tu gracia, también la noche del dolor se abre a la luz pascual de tu Hijo crucificado y resucitado", proclamamos en un prefacio de la celebración eucarística.

 

Jesús, sin embargo, curó a muchos enfermos, pero no a todos. No consideraba el bienestar corporal como algo absoluto: "Si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo fuera de ti" (Mt 5,29). ¿Cuál es, en consecuencia, el significado profundo de los milagros de sanación?  No son un fin en sí mismos, sino signos de la venida del Reino de Dios entre los hombres (cf Mt 11,4-6). La curación del cuerpo es símbolo de una curación más amplia, de la curación de lo más profundo del ser humano.

 

 

La comunidad de los discípulos de Jesús ha recibido de él no sólo un buen ejemplo, sino un mandato, una misión: "Proclamad que el Reino de Dios está cerca. Sanad enfermos…” (Mt 10,7; cf. Lc 9,1-26). Pero hemos de reconocer que la Pastoral de la salud no ha penetrado todavía en la vida y acción de las comunidades cristianas en su conjunto. Es necesario, pues, concienciar a los cristianos de que el cuidado de la salud y la lucha contra la enfermedad forman parte del núcleo del mensaje cristiano. Por otra parte, la Pastoral de la salud, que abarca lo curativo, lo preventivo y lo promocional, no necesita motivaciones, finalidades o acciones añadidas para convertirse en una pastoral evangelizadora. No es que permita acercarse a cristianos largo tiempo alejados de la comunidad cristiana ni tan sólo que éstos superen prejuicios y se acerquen a una Iglesia que para ellos ha adquirido un rostro amable. Es que la presencia misma de los cristianos en el mundo de la salud hace presente al hombre y a la mujer sufrientes la buena nueva de que el sufrimiento puede ser integrado en la experiencia humana, que puede tener un sentido en el conjunto de la vida; la buena noticia de que el hombre es más que el sufrimiento que le aqueja, que éste tiene una presencia y una función en la vida, pero que no tiene la última palabra sobre ella.

 

Agradezco a la Delegación diocesana de pastoral de la salud y a cada grupo parroquial que ella anima, lo mismo que a los profesionales y voluntarios que trabajan en este mundo, su entusiasmo, su labor tantas veces callada y su labor evangelizadora. Seguid tratando de dar respuesta a los nuevos desafíos que cada día se os presentan. La ayuda de Cristo Médico y de Nuestra Señora, salud de los enfermos no os faltarán.

               

          

   
   
   
   
   
   
 

28 de junio de 2007

   
   
 
 

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