diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                                                                en verdad, la paz          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

Este es el lema propuesto por el Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la paz de este año 2006. Sintetizo para todos lo que considero esencial del Mensaje del Sucesor de Pedro invitándoos a que lo leáis y meditéis en su integridad.

 

1. Convertirse a la verdad de la paz

El Concilio Vaticano II (GS,  77) afirma que la humanidad no conseguirá construir «un mundo más humano para todos los hombres, en todos los lugares de la tierra, a no ser que todos, con espíritu renovado, se conviertan a la verdad de la paz». ¿En qué consiste convertirse a «verdad de la paz»? La paz no puede reducirse a la simple ausencia de conflictos armados, sino que debe entenderse como fruto de la justicia. La verdad de la paz llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras, estimula a buscar y recorrer la vía del perdón y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones y fieles a la palabra dada. Jesús se presentó como la Verdad en persona y Él es quien revela la plena verdad del hombre y de la historia. Con la fuerza de su gracia es posible estar en la verdad y vivir de la verdad, porque sólo Él es absolutamente sincero y fiel. Jesús es la verdad que nos da la paz.

La paz, por tanto, es un don de Dios que exige la colaboración de los hombres para conformar la historia humana en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor. La paz no puede convivir con las injusticias y las desigualdades intolerables. La Sagrada Escritura pone de relieve que la mentira impide la consecución de la paz. La mentira está relacionada con el pecado y sus consecuencias perversas, de efectos devastadores en la vida de los individuos y de las naciones. Después de las experiencias del siglo pasado, ¿cómo no preocuparse seriamente ante las mentiras de nuestro tiempo, que son como el telón de fondo de escenarios amenazadores de muerte en diversas regiones del mundo? La auténtica búsqueda de la paz requiere tomar conciencia de que el problema de la verdad y la mentira concierne a cada hombre y a cada mujer, y que es decisivo para un futuro pacífico de nuestro planeta.

La verdad de la paz ha de tener un valor en sí misma y hacer valer su luz beneficiosa, incluso en las situaciones trágicas de guerra. El Concilio Vaticano II subraya que «una vez estallada desgraciadamente la guerra, no todo es lícito entre los contendientes» (GS 79). La Comunidad Internacional ha elaborado un derecho internacional humanitario para limitar lo más posible las consecuencias devastadoras de la guerra, sobre todo entre la población civil, que debe ser respetado por todos. La Iglesia católica confirma su confianza en la ONU y desea su renovación institucional y operativa para que responda a las nuevas exigencias de la globalización. La Organización de las Naciones Unidas ha de ser un instrumento cada vez más eficiente para promover en el mundo los valores de la justicia, de la solidaridad y de la paz.

 

2. La exaltación de las propias diferencias y el terrorismo, obstáculos para la paz

La paz es un anhelo imborrable en el corazón de cada persona, por encima de las identidades culturales específicas. Precisamente por esto, cada uno ha de sentirse comprometido en el servicio de un bien tan precioso, procurando que ningún tipo de falsedad contamine las relaciones. Todos los hombres pertenecen a una misma y única familia. La exaltación exasperada de las propias diferencias contrasta con esta verdad de fondo. Hay que recuperar la conciencia de estar unidos por un mismo destino, trascendente en última instancia, para poder valorar mejor las propias diferencias históricas y culturales, buscando la coordinación, en vez de la contraposición, con los miembros de otras culturas.

Hoy en día, la verdad de la paz sigue estando en peligro y negada de manera dramática por el terrorismo que, con sus amenazas y acciones criminales, es capaz de tener al mundo en estado de ansiedad e inseguridad. «Quien mata con atentados terroristas –enseñó Juan Pablo II- cultiva sentimientos de desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperación ante la vida y el futuro; desde esta perspectiva, se puede odiar y destruir todo». También el fanatismo religioso, que hoy se llama frecuentemente fundamentalismo, puede inspirar y alimentar propósitos y actos terroristas. Juan Pablo II lo denunció enérgicamente llamando la atención sobre quienes pretenden imponer con la violencia la propia convicción acerca de la verdad, en vez de proponerla a la libre aceptación de los demás.

Bien mirado, tanto el nihilismo como el fundamentalismo mantienen una relación errónea con la verdad y tergiversan la plena verdad de Dios: el nihilismo niega su existencia y su presencia providente en la historia; el fundamentalismo fanático desfigura su rostro benevolente y misericordioso, sustituyéndolo con ídolos hechos a su propia imagen. En el análisis de las causas del terrorismo actual es deseable que, además de las razones de carácter político y social, se tengan en cuenta también las más hondas motivaciones culturales, religiosas e ideológicas.

 

3. Anunciar y testimoniar el ‘Evangelio de la paz’

Ante los riesgos que vive la humanidad en nuestra época, es tarea de todos los católicos intensificar en todas las partes del mundo el anuncio y el testimonio del «Evangelio de la paz», proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es una condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Dios es Amor que salva, Padre amoroso que desea ver cómo sus hijos se reconocen entre ellos como hermanos, responsablemente dispuestos a poner los diversos talentos al servicio del bien común de la familia humana. Dios es fuente inagotable de la esperanza que da sentido a la vida personal y colectiva. Dios, sólo Dios, hace eficaz cada obra de bien y de paz. La historia ha demostrado con creces que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad, temerosa y empobrecida, hacia opciones sin futuro. Esto ha de impulsar a los creyentes en Cristo a ser testigos convincentes de Dios, que es verdad y amor al mismo tiempo, poniéndose al servicio de la paz, colaborando ampliamente en el ámbito ecuménico, así como con las otras religiones y con todos los hombres de buena voluntad.

 

4. No a un optimismo ingenuo y sí al desarme

Constata el Papa con agrado algunas señales prometedoras en el camino de la paz. Pero esto no debe inducir a un optimismo ingenuo. No se pueden olvidar contiendas fratricidas y guerras desoladoras que siembran lágrimas y muerte. Hay situaciones en las que el conflicto, encubierto como el fuego bajo la ceniza, puede estallar de nuevo causando una destrucción de imprevisible magnitud. ¿Qué decir, además, de los gobiernos que se apoyan en las armas nucleares para garantizar la seguridad de su país? Se puede afirmar que este planteamiento, además de funesto, es totalmente falaz: en una guerra nuclear no habría vencedores, sino sólo víctimas. La verdad de la paz exige que todos —tanto los gobiernos que de manera declarada u oculta poseen armas nucleares, como los que quieren procurárselas— inviertan conjuntamente su orientación encaminándose hacia un desarme nuclear progresivo y concordado. Los recursos ahorrados podrían emplearse en proyectos de desarrollo en favor de todos y, en primer lugar, de los más pobres.

 Los primeros beneficiarios de una valiente opción por el desarme serán los países pobres que, después de tantas promesas, reclaman justamente la realización concreta del derecho al desarrollo.

 

5. Llamada a los creyentes en Cristo

La Iglesia no deja de proclamar por doquier el «Evangelio de la paz», convencida de prestar un servicio indispensable a la paz. La paz auténtica y duradera ha de estar construida sobre la roca de la verdad de Dios y de la verdad del hombre. Sólo esta verdad puede sensibilizar los ánimos hacia la justicia, abrirlos al amor y a la solidaridad, y alentar a todos a trabajar por una humanidad realmente libre y solidaria.

Es necesario que cada comunidad se entregue a una labor intensa y capilar de educación y de testimonio, que ayude a cada uno a tomar conciencia de que urge descubrir cada vez más a fondo la verdad de la paz. Intensifiquemos la oración porque la paz es ante todo don de Dios que se ha de suplicar continuamente. Dirijamos con confianza y filial abandono la mirada hacia María, la Madre del Príncipe de la Paz.

En comunión con el Siervo de los siervos de Dios, sigamos sus orientaciones

                                   

   
   
   
 
 

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