|
(NOTA: a versión en galego é unha traducción automática. Se atopas algún erro comunícanolo en
mcs@mondonedoferrol.org)

Cuando el Papa
habla de pobreza, no se refiere a la pobreza que se asume libremente
como hacen tantos consagrados y consagradas en el mundo entero. Se
refiere más bien a la pobreza impuesta, a la carencia de los recursos
básicos para sobrevivir que aflige a tantos seres humanos, sobre todo en
lo que llamamos Tercer Mundo. La pobreza obligada tiene su raíz en la
falta de respeto a la dignidad de la persona humana.
Pues bien,
considerando la relación entre la pobreza y la paz, podemos advertir
pronto que la pobreza extrema se encuentra frecuentemente entre los
factores que favorecen las guerras y que los conflictos armados provocan
a su vez trágicas situaciones de penuria. ¿Cómo salir de este círculo
maligno aparentemente inevitable? Benedicto XVI propone combatir la
pobreza para construir la paz.
Desde la
perspectiva de la globalización, no entiende la pobreza solamente como
carencia de medios materiales. Hay también pobrezas inmateriales que no
son consecuencia directa de carencias materiales. La falta de amor, la
pérdida de la salud, la soledad obligada de tantas personas… son otras
tantas formas de pobreza. También el Papa subraya que la gran pobreza
entre nosotros es la reducción de la natalidad. Algún día hemos de tener
la valentía de reconocer que el exterminio de millones de niños no
nacidos en nombre de la lucha contra la pobreza es, en realidad, la
eliminación de los seres humanos más pobres. La población se está
confirmando como una riqueza y no precisamente como un factor de
pobreza.
De un modo
especial se refiere el Santo Padre a la pobreza de los niños: “Cuando la
pobreza afecta a una familia, los niños son las víctimas más
vulnerables: casi la mitad de quienes viven en la pobreza absoluta son
niños”. Para que la pobreza no afecte a los niños frecuentemente hay que
empezar por el cuidado de las madres, la defensa de la familia, la
extensión de la tarea educativa, el acceso a las vacunas, a las curas
médicas y al agua potable, la salvaguardia del medio ambiente…
Para combatir en
serio la pobreza hemos de empeñarnos los Estados y los ciudadanos en
reducir los gastos en armamento. Los recursos ahorrados se podrían
destinar a proyectos de desarrollo de las personas y de los pueblos más
pobres y necesitados.
Nadie duda que las
grandes hambrunas originan muchas tensiones e incluso conflictos
armados. “Esta crisis –recuerda el Papa refiriéndose a la crisis
alimentaria- se caracteriza no tanto por la insuficiencia de alimentos,
sino por las dificultades para obtenerlos y por fenómenos especulativos
y, por tanto, por la falta de un entramado de instituciones políticas y
económicas capaces de afrontar las necesidades y emergencias”. El
crecimiento de las desigualdades provoca reacciones que, en no pocas
ocasiones, llegan a ser violentas.
¿Cómo combatir
todas estas pobrezas y muchas más? El actual Sucesor de Pedro repite una
y otra vez que la globalización por sí sola no acarrea la paz sin más y
por eso llama a la globalización de la solidaridad: “Una de las vías
maestras para construir la paz es una globalización que tienda a los
intereses de la gran familia humana. Sin embargo, para guiar la
globalización se necesita una fuerte solidaridad global, tanto entre
países ricos y países pobres, como dentro de cada país, aunque sea rico.
Es preciso un “código ético común”, cuyas normas no sean sólo fruto de
acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el
Creador en la conciencia de todo ser humano (cf. Rm 2,14-15)”.
Tenemos diseñado
aquí todo un programa de vida para el año que estrenamos. Que Jesús, el
Príncipe de la paz, y su Madre santísima, la Reina de la paz, nos ayuden
a trabajar sin cansancios en esta tan noble causa.
Con mi afecto y mi
bendición,
|