diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                   primera alocución como nuevo Obispo de Mondoñedo-Ferrol          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

"Doy gracias a Nuestro Señor Jesucristo que me ha fortalecido, porque me ha considerado digno de confianza al encomendarme el ministerio... Dios me ha tratado con  misericordia y Jesucristo ha mostrado en mí toda su generosidad. Al Rey de los siglos inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos" (1Tim 1,12-17).

En esta mañana de gozo,  alimentados con la Palabra de Dios y con la Eucaristía, acabamos de  vivir el misterio de la sucesión apostólica. Mis hermanos en el episcopado acaban de consagrarme obispo de la Iglesia Católica. Me han transmitido el don espiritual que recibieron los Apóstoles del mismo Señor y que ellos a su vez comunicaron a sus colaboradores por la imposición de manos (Cf. 1 Tim 4,14; 2 Tim 1, 6-7).  Me siento en profunda comunión de fe y caridad con el actual Sucesor de Pedro, el Papa Benedicto XVI, a quien una vez más agradezco la confianza que ha depositado en mi humilde persona, y que está representado aquí especialmente por su Nuncio Apostólico. Gracias, Señor Nuncio del Santo Padre, por su presencia y por su presidencia.

Saludo con afecto fraternal al Cardenal-arzobispo de Madrid, oriundo de esta diócesis, que nos honra a todos con su cualificada presencia. Gracias Sr Arzobispo de Santiago, querido metropolitano, y  Srs. Arzobispos y Obispos aquí presentes por la entrañable acogida en el colegio episcopal que me habéis  dispensado.  Permitidme que mencione expresamente a D. Rafael Palmero, padre, hermano y amigo, y  a D. José Gea y a D. Miguel Angel Araújo que me han precedido en el celoso cuidado pastoral de esta para mí ya amada diócesis mindoniense.

Hoy la Iglesia mindoniense-ferrolense, una de las más antiguas de Galicia, ha recibido un nuevo pastor. Y lo ha hecho desde la hondura de la fe, con amor y con esperanza. Me siento profundamente conmovido por las muestras de afecto y los ofrecimientos de colaboración que  he recibido de sacerdotes, religiosos y laicos, desde el día en que se hizo público mi nombramiento. Ayudadme a ser, a imagen viva de Cristo, el buen pastor que acompaña al rebaño, lo precede y lo conduce a los pastos de la vida. En momentos de dificultad, el pastor bueno no lo abandona; permanece a su lado y lo defiende. E incluso llega a dar la vida por él.

No vengo a vosotros en nombre propio, ni confío en mis cualidades, más bien escasas. Estoy convencido de que la fuerza me la proporciona el Señor y es El quien sostiene mi debilidad. Precisamente por eso he escogido como lema para mi ministerio episcopal unas palabras del apóstol S. Pablo y con él me atrevoa decir: "Virtus in infirmitate', es decir, "el poder de Dios se manifiesta en la debilidad de los hombres". No se me oculta que para ser obispo hay que estar dispuesto a sufrir. Pero justamente así entraré en comunión con Jesucristo, el Siervo entregado que ha sido constituido Señor del universo. Desde ahora solicito a todos imploréis para mí el don de la fortaleza, que sólo el Espíritu Santo puede otorgar.

Se me confía la porción del Pueblo de Dios que peregrina en el norte de Galicia para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, reuniéndola en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía. Queridos sacerdotes: cuento con vosotros y me pongo a vuestra entera disposición. Por encima de los planes y las programaciones pastorales, están las personas. Me gustaría entablar con cada uno una relación directa, sencilla, cordial, que no terminara en la confianza y pudiera llegar incluso a la confidencia. Sintiéndome hermano y amigo vuestro, no dejaré de ser también padre que alienta, guía y corrige desde la misericordia en el momento oportuno. Estoy plenamente convencido de que, como dijo el Papa Juan Pablo II de amada memoria,  "una diócesis funciona bien sólo si su clero está unido jubilosamente, en fraterna caridad, alrededor de su obispo"[1]. El apoyo recíproco, de los sacerdotes al obispo y del obispo a los sacerdotes, defiende a todos del desaliento y de la tendencia a la mediocridad. Acaba de morir entre nosotros un sacerdote, D. Jaime Cabot, con fama de santo. Su vida fue  un servicio sacrificado, sobre todo, a los enfermos y a las vocaciones sacerdotales. El pueblo cristiano, movido sin duda por el sentido de la fe, ha pedido que se inicie ya su causa de beatificación. Todo habrá de ser considerado con la debida ponderación. Pero  todos hemos de seguir sus pasos caminando con coraje por la senda de la propia santificación.

Sacerdotes del presbiterio de Palencia, gracias por todo lo que me habéis aportado y por el báculo que me habéis regalado. El me recordará siempre que he de cuidar del rebaño que el Espíritu Santo me ha encargado guardar, como pastor de la Iglesia. Gracias también a vosotros presbíteros de las diócesis hermanas de Castilla y León y de otras Iglesias particulares. Seguiré contando con vuestra ayuda y contad con mi amistad agradecida. A los seminaristas de Palencia he dedicado lo mejor de mi vida.  Preparáos con esmero, queridos seminaristas de Mondoñedo-Ferrol, en una amistad cada vez más honda con Jesucristo que os llama y creced en el deseo de servir a los hombres de nuestro tiempo llevándolos a Dios, el único capaz de saciar sus necesidades más profundas.

Saludo ahora a los consagrados y consagradas que vivís y trabajáis en la diócesis, en la atención a los pobres y necesitados, en la enseñanza y en las distintas tareas de la evangelización. ¡Qué sería de la Iglesia y de nuestra sociedad si les faltaran estas personas que, desde el amor a Jesucristo, se entregan al servicio de los demás a tiempo completo y de por vida! Sed fieles a vuestros Fundadores que se cuentan entre los mejores hijos de la Iglesia y los más insignes bienhechores de la humanidad. Gracias, queridas monjas de clausura, por vuestra oración y por la ofrenda de vuestras vidas. En el corazón de nuestra madre la Iglesia, vosotras sois -como dijo santa Teresita de Lisieux- el amor.

Queridos fieles laicos, vosotros sois luz del mundo y  sal de la tierra. A través de vuestro testimonio llega el Evangelio, con toda su frescura y novedad, a las familias, al mundo del trabajo, a la cultura, a la vida pública, a todos los ambientes donde viven los hombres. En la misión, los pulmones de la Iglesia se ensanchan. La Iglesia asume las diversas culturas purificándolas y profundizándolas, e insertando en ellas la sabia del Evangelio, las impulsa a transcenderse a sí mismas. No es hora de lamentos estériles, ni de acobardamientos, ni de responder con agresividad al hostigamiento que padecemos en algunas ocasiones. ¡No tengamos miedo porque Cristo no quita nada de lo noble y bueno que hay en la persona y en la sociedad y, en cambio lo da todo! Porque sabemos que la victoria que vence al mundo es la fe en Cristo resucitado, porque estamos seguros de que contamos con la presencia del Señor hasta la consumación del mundo. La Iglesia está viva y es joven. Nos lo acaba de recordar el Papa Benedicto XVI. Lo que nos impulsa a alabar a Dios y a darle gracias no es el éxito o la contradicción en nuestra relación con el mundo, sino la contemplación de la fidelidad, la gratuidad y la ternura de Dios que no abandona nunca a su pueblo.

No podemos ser Iglesia de Dios en el aislamiento, que nos llevaría a convertirnos en secta y a morir ahogados en nuestros pequeños problemas. Solamente somos Iglesia en la comunión con las demás Iglesias que celebran la misma y única Eucaristía, y en comunión con los otros obispos y con el sucesor de Pedro. La comunión con el Papa no la siento como un lujo o un adorno, sino como garantía y acreditación de mi ministerio en esta diócesis concreta. Entre nosotros y en la Iglesia universal necesitamos comprender y vivir que la diferencia no es siempre discriminación, ni la pluralidad dispersión, ni la unidad uniformidad. En el cuerpo eclesial las justas diferencias no deben llevar a la confrontación, sino al mutuo enriquecimiento dentro de la comunión.

El obispo es, para el pueblo de Dios que preside en la caridad, maestro, sacerdote y pastor.

Como maestro de la fe quiero, con vosotros, anunciar a Jesucristo, transmitir la experiencia vivida de que El se nos ha convertido en pan de vida, en agua capaz de saciar nuestra sed, en amigo, en hermano, en esposo.... Y transmitir esta experiencia, no individualmente y por libre, sino como Iglesia del Señor, fundada en el testimonio autorizado de los apóstoles que, liberándonos de los límites de nuestra particularidad, nos abren a la comunidad católica. La auténtica palabra apostólica, guardada por el Espíritu en la memoria de la Iglesia, se hace especialmente presente en la palabra del obispo cuando la predica a sus fieles procurando iluminar con ella las más diversas experiencias y situaciones vitales. Quiero ser  maestro en la fe con un magisterio humilde y respetuoso, atento a los carismas que el Espíritu suscita en cada comunidad. Pero nunca podré olvidar que, antes que maestro, soy discípulo que necesita acercarse cada día a la Palabra de Dios con corazón dócil y orante, para que ella engendre en mí una mentalidad nueva, la mentalidad de Cristo (1 Cor 2,16). No quisiera olvidar nunca la recomendación de S. Buenaventura: "No basta la lección, sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia".

Como Sacerdote, deseo congregar al pueblo cristiano por la celebración de los sacramentos de la fe. Que la Eucaristía, sea el centro al que converja y del que mane toda nuestra acción pastoral. Sin celebración sacramental de la gracia de Dios ni hay sanación ni purificación de los hombres, ni hay redención ni santificación del mundo. Es tal la relación entre el obispo y la Eucaristía que ya a principios del s. II pudo escribir san Ignacio de Antioquía: "Sólo aquella Eucaristía tiene solidez, que se celebre por el obispo o por quien de él tenga autorización" (Ad Smyr. 8,1). La celebración de la Eucaristía dominical ha de ser siempre el acto central de nuestras comunidades cristianas.

La santidad personal es un requisito y un fruto espléndido de la celebración de los sacramentos, pero he de recordar que el ministerio me obliga a preocuparme no sólo de mi santificación personal sino también de la de los cristianos que me son confiados. No olvidemos nunca, hermanos, que los únicos que dejan huella imborrable con el paso del tiempo y los que abren de verdad al futuro, son los santos.

En cuanto pastor y guía del rebaño, por encargo y con la autoridad de Cristo, dándole rostro y presencia, 'velaré sobre' la Iglesia que me ha sido confiada y cuidaré de ella, tratando ser 'modelo del rebaño' (1 Pe 5,3; cf. 1 Cor 4,16; 11,1; Fil 3,17; 1 Tim 4,12; Tit. 2,7). Intentaré hacer visible a Cristo Cabeza y Señor de su Iglesia, pero en la forma de Siervo. Por eso no podré guiar al pueblo de Dios desde el despotismo, el aislamiento, el acaparamiento de responsabilidades..., sino desde el aliento servicial. La koinonía o comunión eclesial, que define a la Iglesia en su realidad interior, exige la diakonía o servicio a los demás, sobre todo a los pobres y necesitados. "La esperanza en Jesús el Buen Pastor es la que llena el corazón del obispo de compasión impulsándolo a acercarse al dolor de cada hombre y mujer que sufre, para aliviar sus llagas, confiando siempre en que podrá encontrar la oveja extraviada" (JUAN PABLO II, Pastores gregis, 4). La caridad cristiana que es amor gratuito, universal, abnegado y eficaz, antes que organización, es virtud imprescindible y centro de la vida cristiana. Los pobres para la Iglesia no son una abstracción, sino que tienen rostro. Por eso nuestra caridad debe llegar a ayudar a cada persona en la forma que necesita ser ayudada. Pero el verdadero amor cristiano impulsa también a la colaboración y solidaridad con otras personas, cristianas o no, en el terreno social, en la defensa y promoción de la justicia y los derechos humanos a favor de los más necesitados. Hoy la caridad eclesial tiene entre nosotros un destinatario de primer orden: los inmigrantes, con sus necesidades y sus padecimientos. Nuestras parroquias y comunidades tienen que ser auténticas casas abiertas para los pobres.

Presento mi saludo respetuoso a las  autoridades civiles, académicas y militares que nos acompañan. Señor Presidente de la Xunta de Galicia, Sra Presidenta del Parlamento gallego, Srs Presidentes de las Diputaciones de Lugo, Coruña y Palencia, Srs. Alcaldes de Mondoñedo, Ferrol, Palencia y Fuentes de Nava, mi pueblo natal. Os aseguro mi compromiso para trabajar con todas mis fuerzas en favor del bien religioso y civil de aquellos que el Señor me ha confiado. El anuncio del Evangelio no sólo ayuda al crecimiento en la fe y en la vida cristiana, sino que también impulsa el legítimo progreso por los caminos de la concordia y de la paz. Cuando alguien acoge verdaderamente el Evangelio,  se hace más atento a las exigencias del bien común y más solidario con los pobres, abandonados y marginados.

La Iglesia no quiere poderes ni reclama privilegios. Tan sólo quiere pasar por el mundo como Jesús "haciendo el bien y sanando a los oprimidos" (Hech. 10,38). Entre los poderes públicos y la Iglesia deben establecerse -según el Concilio Vaticano II (GS 76)- unas relaciones basadas por una parte en la independencia y la autonomía y, por otra, en la generosa colaboración y entendimiento al servicio de las personas. Quiero subrayar hoy  que la autonomía de la esfera temporal, no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores que derivan de una visión integral del hombre y de su destino, temporal y  eterno. Tratar de debilitar o romper los vínculos espirituales y morales que unen a la sociedad española y a la Iglesia, supondría un grave daño para ambas. Nuestra cultura, como en general la cultura europea, es una cultura íntimamente empapada de los valores cristianos como ponen de manifiesto tantas obras maestras en el campo del pensamiento y del arte.

Por último a vosotros mi querida familia, mi afecto y mi agradecimiento. Vosotras,  mis hermanas, habéis sido siempre para mí estímulo y aliento. Nuestros padres, ya desde el cielo, contemplan con gozo, los frutos de la 'Iglesia doméstica' que ellos pretendieron fundar en la tierra. Ante mis amigos y paisanos de Fuentes, de Palencia y de otros lugares, que habéis ensanchado esta jornada madrugando y estáis dispuestos a trasnochar,  reconozco que estoy en deuda con todos ellos por tanto cariño como me venís demostrando. Rezad mucho por el obispo de Mondoñedo-Ferrol, que se siente muy necesitado de vuestras oraciones.

Poño, ós pés de Nosa Señora dos Remedios -Santiña Churrusqueiriña, que dixo o poeta-, patrona do meu pobo natal e desta Diocese que se me encomendou, tódalas intencións do meu recén inaugurado ministerio episcopal. Que San Rosende, o noso patrón, me protexa agora e sempre. Amén.

1. JUAN PABLO II, Hom. en la clausura del Sínodo de Obispos 27.10.2001 

   
   
   
 
 

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