| |
|

Jesús de Nazaret, la Palabra de
Dios que se vierte en palabras humanas, nos ha revelado el rostro del Padre
con comportamientos, con palabras y con silencios. Se acercó a los pecadores
sentándose a la mesa con ellos, abrazó a los niños considerados entonces
marginados, curó y reintegró a la comunidad a los leprosos… “Yo tampoco te
condeno” le dijo a la adúltera y le dio un horizonte y una oportunidad
nueva. “¡Qué grande es tu fe!” exclamó espontáneamente Jesús ante la
reacción de la cananea, una mujer que no pertenecía al pueblo elegido…. Y
Jesús guardó un silencio elocuente en su infancia, ante Pilatos, cuando le
maltrataban en la pasión.
Los contemplativos meditan en
silencio los comportamientos y las actitudes de Jesús, escuchan con atención
sus palabras y acogen con respeto sus silencios. Para ellos, que hacen de la
escucha su profesión, todo les resulta elocuente. Su silencio custodia la
Buena Noticia para que no se deteriore ni se tergiverse. Y son felices
guardando en el corazón la Palabra que es vida, alegría y esperanza. El
silencio permite escuchar con apertura de mente y corazón, posibilita la
respuesta adecuada al momento y a la persona, facilita el encuentro y la
presencia mutua. En vida mística, su posibilidad más alta, la palabra recibe
-en la sorpresa y la pasividad- el don de un silencio más elevado.
Nuestros monjes y monjas no se
conforman con custodiar la Palabra, también la testimonian. Toda su vida, y
a veces sus palabras, nos hablan de Dios. Porque toda su existencia tiene al
Absoluto como centro y gira en torno a El. Porque sus palabras, que nacen en
el silencio, no son palabras vacías, sino palabras que reflejan su amor
apasionado a Jesucristo y a los hombres.
El silencio no es aburrido para
ellos. ¿Es triste el silencio? "Dicen las gentes, comentaba un joven
trapense como el beato Rafael, que el silencio en el monasterio es triste, y
difícil de llevar en la Regla. No hay silencio en el monasterio es triste, y
difícil de llevar en la Regla. No hay cosa más equivocada que esa opinión...
El silencio en la Trapa es la más alegre algarabía que los hombres puedan
sospechar... ¡Ay! si Dios nos diese facultad para ver en los corazones,
entonces veríamos que del alma de ese trapense de mísero aspecto exterior y
que vive en silencio, brota a raudales y constantemente un glorioso canto de
júbilo, lleno de amor y de alegría a su Criador, a su Dios, al Padre amoroso
que le cuida y le consuela... El silencio del monasterio no es triste; al
contrario, se puede decir que no hay cosa más alegre que el silencio de un
trapense" (HERMANO RAFAEL, Obras Completas, Ed. Monte
Carmelo, Burgos 1988, 18, 37).
Dios ha puesto en el corazón de
todo hombre un pozo profundo en el que puede hallar el agua de la vida. Hay
que excavarlo para que el agua emerja de las profundidades. Es la intimidad
del corazón lugar sellado donde puedes encontrar a Dios y vivir en comunión
con Él. No des rodeos para encontrarte con Dios que habita tu corazón. En el
silencio pronuncia el Padre su Única Palabra: “Tú eres mi hijo amado, en ti
me complazco”. Calla. Y acoge. Olvida tus proyectos para descubrir el plan
de Dios sobre ti. Con el inmenso ruido que llevas dentro, nunca oirás la
suave brisa en la que Dios se manifiesta.
Calla. Aprende a reunir todas tus fuerzas para
caminar silenciosamente Él. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados
que yo os aliviaré”, dice el Señor. ¿Estás enfurecido porque te han
humillado y han pisado tus derechos? Guarda silencio y desahógate con Dios.
Encontrarás la paz del corazón. Y sólo después hallarás las palabras
adecuadas para decir la verdad sin causar heridas. Escucha los latidos del
Corazón de Dios en un encuentro de dos silencios que se buscan. Desciende,
baja hasta tu propio corazón. A Dios, no lo olvides, sólo se llega
descendiendo. Y no temas alejarte de los hombres, tus hermanos, porque es en
Dios donde de verdad los encontrarás.
En este lugar sagrado podrás vivir
la experiencia de lo que realmente es vivir, morir, y resucitar.
Agradecemos a los contemplativos y
contemplativas, especialmente a aquellos que viven en nuestra diócesis, la
ayuda que nos prestan para calmar nuestra sed de Dios. Por eso deben estar
muy llenos de Dios: "Si eres sensato –os recomiendo con palabras de S.
Bernardo- preferirás ser concha y sensato no canal; éste según recibe el
agua lo deja correr. La concha no; espera a llenarse y, sin menoscabo
propio, rebosa lo que le sobra... Hoy nos sobran canales en la Iglesia y
tenemos poquísimas conchas. Parece ser tan grande la caridad de quienes
vierten sobre nosotros las aguas del cielo, que prefieren derramarlas sin
embeberse de ellas, dispuestos más a hablar que a escuchar, y a enseñar lo
que aprendieron. Se desviven por regir a los demás y no saben controlarse a
sí mismos"(S. BERNARDO, Sermón sobre el Cantar de los cantares 18,3).
Miremos a la Virgen María como
modelo de auténtica contemplación: en ella se pone de relieve que sólo la
Palabra de Dios, acogida y meditada, se torna fuente de existencia colmada
que rebosa en testimonio creíble. “Así se pone de relieve que la Palabra de
Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda
naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se
convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se
pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el
pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar
íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de
la Palabra encarnada. María es, en fin, una mujer que ama (Benedicto XVI,
Deus Caritas est, 41).
Recibid queridas contemplativas de
nuestra diócesis el afecto y la bendición de vuestro Pastor,

|