| |
|

San Juan de Ávila, predicador evangélico
La fiesta de nuestro santo patrono, Juan de Ávila, es sin duda un momento especial de gracia. En este caso, para todos nosotros sacerdotes de este presbiterio diocesano de Mondoñedo-Ferrol, que año tras año tenemos en este día una cita particular, con él y con los hermanos sacerdotes.
Mi saludo y mi felicitación especial a los que durante este año cumplís cincuenta años de ordenación sacerdotal, lo que llamamos bodas de oro sacerdotales: D. Luis García Lamas, D. Álvaro Rábade Romeo y D. Serafín Rodríguez García. También me uno a la alegría de D. José María Caruncho Pérez que celebra sus bodas de diamante. Hoy recordáis con gozo aquel día en el que vuestras manos fueron ungidas con el santo crisma y quedaron consagradas para bendecir, para perdonar, para tomar día tras día el pan eucarístico y convertirlo en el Cuerpo del Señor, para acariciar a los enfermos, para echar una mano a los necesitados. Recordemos también a los obispos que os ordenaron: Mons Fernando Quiroga Palacios y Mons. Jacinto Argaya Goicoechea.
Me propongo cada año en la homilía de la fiesta de S. Juan de Ávila glosar un aspecto de su rica personalidad. Este año en que toda la Iglesia se prepara para celebrar el Sínodo dedicada a la Palabra de Dios, me gustaría fijarme en su relación precisamente con la Palabra de Dios. ¿Cómo la acoge y cómo la predica?
La condición de maestros de la fe no nos permite olvidar la condición de discípulos, más bien de condiscípulos, junto con nuestros fieles, del único Maestro. No debiéramos olvidar nunca la recomendación de S. Buenaventura: "No basta la lección, sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia". Y con San Gregorio Magno también los obispos y presbíteros de hoy hemos de reconocer sincera y humildemente nuestras faltas y pecados: "Me refiero –dice él- a que nos vemos arrastrados a vivir de una manera mundana, buscando el honor del ministerio episcopal y abandonando, en cambio, las obligaciones de este ministerio. Descuidamos, en efecto, fácilmente el ministerio de la predicación y, para vergüenza nuestra, nos continuamos llamando obispos; nos place el prestigio que da este nombre, pero en cambio no poseemos la virtud que este nombre exige. Así contemplamos plácidamente cómo los que están bajo nuestro cuidado abandonan a Dios, y nosotros no decimos nada; se hunden en el pecado, y nosotros nada hacemos para darles la mano y sacarlos del abismo". El ministerio de la Palabra requiere del obispo y del sacerdote saber hablar y también saber
callar: "El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar", recomendaba el mismo S. Gregorio. Las largas homilías de los obispos y de los presbíteros, cuando no han podido ser medianamente preparadas, lejos de edificar a los fieles, aburren y desaniman.
S. Juan de Ávila es ante todo predicador, no teólogo de Universidad. Lo que le mueve a predicar y a escribir es su celo apostólico intentando reformar los comportamientos que no van de acuerdo con el Evangelio. "Por eso la ciencia teológica del Maestro Ávila –comenta Esquerda Bifet- no es una ciencia fría y de mera especulación, es una ciencia llena de divino calor y de unión tan penetrante, que, al mismo tiempo que ilumina las mentes, inflama la afectividad, a semejanza de lo que ocurre con la ciencia de los santos Padres". Fr. Luis de Granada le llama 'predicador evangélico'. Menéndez Pelayo dijo de él que era un "orador de los más vehementes, inflamados y persuasivos que ha visto en el mundo". S. Antonio Mª Claret, el gran predicador de misiones populares en el s. XIX, proclamaba que lo había tomado como "dechado de sus predicaciones" y que el estilo y modo de predicar era "el que más felices resultados le daba".
"Desde los Apóstoles acá no sabía quién hubiera hecho más fruto que el Maestro Ávila" reconocía S. Juan de Ribera. Pablo VI decía: "Su palabra de predicador se hizo poderosa y resonó renovadora. San Juan de Ávila puede ser todavía hoy maestro de predicación, tanto más digno de ser escuchado e imitado, cuanto menos indulgente era con los oradores artificiales y literarios de su tiempo, y cuanto más rebosante se presentaba de sabiduría impregnada en las fuentes bíblicas y patrísticas. Su personalidad se manifiesta y engrandece en el ministerio de la predicación".
Su semilla, su único tesoro, era su palabra, una palabra saturada de meditación bíblica y caldeada en la oración, de la que salía "templado" para subir al púlpito.
Su predicación fue algo consustancial a su temperamento de apóstol: estudiaba para predicar, oraba para templar su espíritu a la hora de predicar. Un sermón del Maestro Ávila era siempre un acontecimiento dondequiera que predicaba. En Granada y en Córdoba la gente madrugaba para escucharle porque en muchas ocasiones no cabían en la Iglesia y tenían que escuchar desde la puerta.
1. El 'oficio de los predicadores'
El Maestro Ávila nos invita en primer lugar a valorar el ministerio de la predicación. No se trata para nosotros de una ocupación más. Para él el 'oficio de los predicadores' es de la mayor grandeza en el ministerio sacerdotal ya que ellos alumbran y hacen en el hombre las obras del Verbo Encarnado. "Faltan los predicadores de la palabra de Dios, el cual oficio está muy olvidado del estado eclesiástico, y no sin gran daño de la cristiandad. Porque como éste sea el medio para engendrar y criar hijos espirituales, faltando éste, ¿qué bien puede haber sino el que vemos, que, en las tierras do falta la palabra de Dios, apenas hay rastro de cristiandad". "¿Sabéis cuál fue la causa de vida eclesial? Haber predicadores encendidos con fuego de amor celestial, que encendían los corazones de los oyentes al fervoroso amor de Jesucristo nuestro Señor".
Compara el Maestro Ávila el oficio del predicador con el oficio de padre, porque engendra hijos para Dios, pero que no debe apropiarse la gloria divina ni el afecto de los evangelizados: "La palabra de Dios no sólo es espada para matar los pecados, mas también es simiente espiritual con que los buenos prelados engendran hijos de Dios".
"Dícese es oficio de ángeles", predicaba nuestro santo Patrono. "El sacerdote, el predicador, ángel, quia angelus significat nuntius, y el predicador es mensajero de Dios y háblaos Dios por su boca. Somos mensajeros de Dios, aposentadores de la persona real...”.
¿Somos conscientes de lo que importa prepararnos bien para la predicación? ¿Dejamos la predicación por cualquier motivo o predicamos improvisando, para salir al paso, sin habernos caldeado en la meditación sosegada de la Palabra de Dios? "El día antes del sermón –recomienda el ‘maestro de predicadores’- ocuparlo en gustar lo que ha de decir, y no predicar sin estudio ni sin este día de recogimiento particular".
2. Predicar la Palabra de Dios
¿Qué hemos de predicar? ¿De qué predicaba S. Juan de Ávila? A estas preguntas no hay más que una respuesta: la Palabra de Dios. "Porque su Palabra [de Dios], mantenimiento del alma es, y agua con que se lave, fuego con que se caliente, arma para pelear". "(Los predicadores) son comparados al mismo sol, porque con el calor y fuego de la Palabra de Dios producen en las ánimas fruto provechoso a quien lo hace, y sazonado y sabroso al Señor". Recomienda a sus discípulos: "Sed amigos de la palabra de Dios, leyéndola, hablándola, obrándola" "Y por experiencia se ve que el pueblo donde hay predicación de la palabra de Dios, se diferencia de aquel donde no la hay, como tierra llovida y fértil a la seca".
Más concretamente, ¿cuáles son los temas preferidos de S. Juan de Ávila? Pues no son ni llevan el estilo de los 'predicadores de penitencias' o 'de bulas'; sus temas favoritos son los de S. Pablo, -"vengo de oír al propio San Pablo comentándose a sí mismo", dijo alguien de su predicación-: el misterio de Amor de Cristo, la Eucaristía, el Espíritu Santo, la Iglesia, a la que, aunque destrozada, se acerca a ella queriéndola para reformarla. El amor a la Iglesia que impregna totalmente su vida y su predicación no le impide urgir la renovación de la misma. "Los que predican reformación de Iglesia, por predicación e imitación de Cristo crucificado lo han de hacer y pretender". "El verdadero predicador, de tal manera tiene de tratar su palabra de Dios y sus negocios, que principalmente pretenda la gloria de Dios. Porque si anda a contentar hombres, no acabará; sino que a cada paso trocará el Evangelio y le dará contrarios sentidos o enseñará doctrina contraria a la voluntad de Dios: hará que diga Dios lo que no quiso decir".
3. El tema preferido
No obstante todo esto, se puede decir que su tema preferido es el amor de Jesucristo, como revelación y participación del misterio inefable del Amor de Dios. "Hay una continua referencia a la persona de Jesús, a su vida concreta, según las narraciones evangélicas. El Señor sigue amando y llamando a una respuesta amorosa. Los textos se explican como desde los amores de Cristo. Hace una relectura de esos textos según el misterio que se celebra; es como si el evangelio aconteciera de nuevo, especialmente al celebrar la Eucaristía y las diversas fiestas del año litúrgico. Por esto se subraya el valor de la Palabra de Dios y de los sacramentos”.
4. Predicar para alentar la esperanza
¿Cómo predicar a nuestros fieles? La predicación del Maestro no es bronca ni melancólica. No asusta ni mete miedo. Su predicación no entra en discusiones ni disputas doctrinales. "Sus palabras, aunque fuesen de reprensión iban envueltas en amor, caridad y celo del aprovechamiento de las almas, y así le oían con notable afecto", dice el Licenciado Muñoz. Tiene un secreto: mucha oración y mucho más amor al Señor y a los hombres. El buen predicador no es el que revuelve muchos libros, sino el que se llena primero con el amor de Dios: "¿Pensáis que no hay más sino leer en los libros y venir luego a vomitar aquí lo que habéis leído?... No os engañéis que ésta no es lección de escuela... Es buen discípulo el que obra y se le pega a las entrañas lo que oye. La Ley de Dios no es cosa de entendimiento sino de voluntad. No es hablar, sino obrar". "No predicaba sermón sin que por muchas horas la oración le precediese" afirma su biógrafo el Lic. Muñoz.
No predica sólo desde el púlpito y a viva voz: predica con sus cartas, con toda su obra literaria y, sobre todo, con su vida. En él "las palabras salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían arder los corazones de los otros", dice Fr. Luis de Granada. El estilo de Juan de Ávila es 'interior', viene de dentro a fuera e intenta penetrar en los 'adentros' del hombre. "Iban todas las cabezas bajas, callando, compungidos", dice de los que le escuchaban el Licenciado Muñoz. "Muchas veces, Padre, acaece en este oficio ser honrados y ser despreciados, mas el siervo de Dios, tan sordo debe ser a lo uno como a lo otro, aunque más se debe alegrar con el desprecio que con la honra”.
"En los sermones se reflejan las situaciones históricas y costumbres del pueblo y ambiente: juramentos, despilfarro, corrupción, injusticias, pobrezas, sentido de Dios... Mientras llama a la conversión, insta mucho más a recibir el perdón y a decidirse por el camino de la perfección. Era como "una red barredera, porque iba dando avisos a todo género de personas".

S. GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los evangelios 17, 14: PL 76, 1146.
S. GREGORIO MAGNO, Regla Pastoral libro 2, 4: PL 77,30-31.
J. ESQUERDA, Doctrina teológica del Beato Maestro Juan de Ávila, en tiempo de postconcilio: MisCom. 47-48 (1967) 104.
El título de la biografía es significativo: 'Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y de las partes que ha de tener un predicador del Evangelio' (Pedro Madrigal, Madrid 1588). Y en la dedicatoria a S. Juan de Rivera confiesa: "Habiendo escrito esta vida del Padre Maestro Juan de Ávila, en la cual se nos representa la perfecta imagen del predicador evangélico..."
Historia de los heterodoxos españoles (1ª ed. Madrid) 1,5 epil 2ª p. 686.
Insegnamenti, VIII, p. 565.
Cf. JUAN DE ÁVILA, OC vol. III, Tratado sobre el sacerdocio, 335.
Memorial al Concilio de Trento I, n.14, 345ss.
Tratado sobre el sacerdocio n. 47, 1626ss.
Tratado sobre el sacerdocio, n. 45, 1579ss.
Tratado sobre el sacerdocio n. 45, 1590ss.
Vida, lib 1º cap. 9; cf. L. Granada, Vida, parte 3ª, cap. 5
J. ESQUERDA BIFET, art.
Predicación
en Diccionario de San Juan de
Ávila, Monte Carmelo, Burgos 1999, 762.
Lic Muñoz, Vida, lib 1º, cap. 7-11 y 22
OC, vol. II, Sermones 49,750-752
Fr L. de Granada, Vida, parte 3ª, cap. 5.
|