diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                           San Julián, profeta de la interioridad y mártir de la fe cristiana          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

Con sumo gozo me uno por primera vez a vosotros, mis queridos cristianos de Ferrol, para honrar la memoria de nuestro patrono, San Julián, titular de la Concatedral.

Saludo con todo afecto a los sacerdotes que concelebran conmigo esta Sagrada Eucaristía, a los consagrados y a los fieles laicos. Presento mi deferencia y respeto a todas las autoridades que nos acompañan, especialmente al Sr. Alcalde y Corporación del Concello ferrolano.

Queridos hermanos y hermanas:

 

1. El camino hacia la austeridad y la interioridad

San Julián vivió en Antioquía, durante el siglo IV. Un siglo en el que muchos cristianos, ante la relajación de costumbres, sintieron la necesidad de retirarse al desierto para vivir en serio su vida cristiana. Su noble familia le dio una formación esmerada tanto en la ciencia como en la piedad. Y todavía muy joven le casó con Basilisa, una santa mujer dispuesta a compartir con él la virginidad. En este ambiente no es extraño que muy pronto ambos, de común acuerdo, decidieran retirarse al desierto. Julián marchó a un campo árido donde se reunirían con él gran cantidad de personas deseosas de recogimiento. Era, sin duda, el Espíritu quien los lanzaba al desierto, como ha venido sucediendo en todas las épocas de la historia. Piedra a piedra fueron levantando un monasterio donde el cuerpo pudiera reposar mientras su mente se dedicaba a la oración y a la contemplación. Estos monjes perseguían, en torno a San Julián, imitar a Cristo en su retiro al desierto para alimentarse de las palabras salidas de la boca de Dios.

San Julián marchó al desierto, abandonando los bullicios callejeros y huyendo de las propias glorias tan tremendamente seductoras. Quería encontrar el ambiente recogido propio de un monasterio fabricado con el sudor suyo y de sus infatigables monjes. Quería encontrar esa ciudad santa, donde los espíritus no tropiezan contra las piedras con tanta facilidad.

Julián, en su monasterio vigilaba personalmente los quehaceres de la comunidad y ejercía su autoridad con cariño y con prudencia, distribuyendo equitativamente las cargas y los duros trabajos entre los monjes. Destacaba nuestro santo porque no reprendía con encono ni con altanería, sino con frases amables, comprensivas, alentadoras y cargadas de amor. Corregía, consolaba, entusiasmaba y admiraba a los monjes a quienes gobernaba con una gran paz y tranquilidad.

Hoy, quizá más que en otros tiempos, necesitamos apartarnos del ruido y del nerviosismo propio de la actividad desbordante de nuestra sociedad industrializada. El stress y el agobio nos amenazan por doquier. El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Vivimos volcados en lo puramente exterior, no somos capaces de ir más allá de lo superficial en los acontecimientos que vivimos. Y sin interioridad la cultura carece de entrañas, es como un cuerpo sin alma. ¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Lamentablemente, conocemos muy bien la respuesta. Cuando falta el espíritu contemplativo no se defiende la vida y degenera todo lo humano. Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad. Porque cultivar la interioridad no es huida de la exterioridad o pérdida de sentido de la realidad, sino más bien peregrinar a las fuentes profundas, donde podemos beber el conocimiento de la realidad, por una parte, la conciencia de nuestra propia identidad para poder obrar con absoluta originalidad por otra, y, finalmente, la apertura siempre nueva a lo otro, a lo distinto y a lo diferente (1).

Los cristianos ferrolanos necesitamos aprender a hacer desierto en medio de la ciudad. Porque el verdadero desierto que Dios quiere es el desierto del corazón. Viviendo en medio de la ciudad o en sus inmediaciones podemos encontrar a Dios en lo profundo de nosotros mismos y de nuestros hermanos los hombres para ser testigos de su presencia oculta y misteriosa, siempre consoladora y siempre estimulante. Tomemos conciencia de que el Señor nos llama a vivir inmersos en El como el pez en el agua, dependiendo en todo y para todo. Por ello, sabemos que no podemos separar nuestra mirada de Dios ni siquiera un momento, porque entonces nos hundiríamos como Pedro cuando quiso caminar por sí mismo sobre las aguas. Así, viviendo una vida escondida por Cristo en Dios buscamos esa intimidad con Dios en medio de las ciudades, donde los hombres sufren y gozan, se ilusionan y desesperan.

Un hombre experimentado en el itinerario para encontrarnos con Dios, el gran maestro de vida espiritual San Juan de la Cruz nos advierte: "¿Qué mas quieres, oh alma, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca. Ahí deséale, ahí adórale, y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti. Sólo hay una cosa que, aunque está dentro de ti, está escondido. Pero gran cosa es saber el lugar donde está escondido para buscarle allí y a lo cierto. Y esto es lo que tú también aquí, alma, pides cuando con afecto de amor dices: ¿Adónde te escondiste?" (2).

 

2. Selló con su sangre el testimonio de su fe cristiana

Pero también en Antioquía sobrevinieron un día los conflictos y las persecuciones contra la Iglesia. Multitud de cristianos fueron martirizados. Un buen día el presidente Marciano, ordenó apresar y encarcelar a Julián y a sus monjes. Julián no se amedrenta y valientemente profesa su fe en medio de la persecución. Hay expectación en la gente –según los relatos que han llegado hasta nosotros-cuando Marciano increpa con solemnidad a Julián:

- ¿Te ríes de nuestros dioses y de nuestro emperador? Ante los tormentos no habrá bromas ni réplicas.

Luego cambia de táctica e insinúa:

-El cristianismo es religión de esclavos y adoran a un crucificado. Los nobles no van a la cruz.

-Mi Dios –responde Julián- tiene la nobleza de haber derramado toda su sangre por la salvación de los hombres.

-Basta, Julián. Que te abran dolorosos y profundos surcos sobre tu carne cristiana.

Durante la flagelación sucede un milagro. Un verdugo daba demasiado fuerte y araba en el cuerpo de Julián con notorio encono, cuando de un latigazo flagelante le saltó un ojo. El mártir, que no se preocupa de sí mismo ni de sus miembros ensangrentados, implora el milagro para el verdugo despiadado.

-Que le den una loción.

Se perfuma el ambiente. Después Julián con su brazo empapado en sangre hace la señal de la cruz y el verdugo recobra el ojo perdido. Pero aun así, en los criminales no hay piedad, ni ternura, ni compasión.

La espada no fallará y una cabeza que había pensado siempre en Cristo rueda por el suelo como testimonio mudo de fe cristiana, en espera de la resurrección cierta. San Julián pudo afirmar con S. Pablo: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom. 5,3-5).

La sangre de los mártires riega las tierras más ásperas, y Julián, con su inmolación cruenta, convierte a Celso, el hijo del presidente Marciano. Ha asistido al juicio, escuchando el fallo de su padre y ha contemplado impávido la ejecución terrible de la absurda sentencia, el milagro y la muerte del santo Julián. Es el último triunfo terreno del mártir. Celso convertido, bautizado y valiente, muere recibiendo el galardón del martirio. Tanto Julián como Celso se fiaron de la promesa del Señor: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc. 9, 24).

La fe no se enseña como se pueden enseñar unas doctrinas; ni se transmite por contagio, es decir, al margen de la conciencia y de la libertad de las personas. De la fe se da testimonio con las palabras y con la vida entera. Más aún, en ocasiones, con la muerte. Los testigos de la fe, -y no olvidemos que todos los bautizados estamos llamados a serlo-,

-- han tenido una experiencia personal de lo que significa el encuentro con Jesucristo. Han personalizado sus propias vivencias cristianas que han impregnado su propia conciencia, su nivel afectivo, sus actitudes y comportamientos;

-- por otra parte, los testigos comprometen su persona para apoyar la credibilidad de la causa o la persona por la que testifican;

-- por último, los testigos transparentan el poder de convicción que la persona o el mensaje que testimonian ha ejercido sobre él y así invita –jamás impone- más eficazmente al destinatario a prestarle su adhesión. Con frecuencia los testigos de la fe tienen que pagar a un precio muy alto su oposición frontal a los poderes que pretenden ocupar el lugar de Dios en el corazón de los hombres y en la vida de las sociedades. 

"Ser cristiano –comenta el abad del monasterio benedictino de Silos P. Clemente Serna- implica también dar testimonio de nuestra fe. Lo cual nunca ha sido fácil. Tampoco en el momento presente. De ahí la permanente tentación de esquivar el bulto, de contemporizar, de arrugar el alma y camuflarse ante situaciones comprometidas. Cuando es precisamente en circunstancias similares donde estamos apremiados a manifestar nuestro verdadero temple evangélico. Se trata de demostrar en todo tiempo y lugar el celo profundo que brota de un corazón rebosante del amor divino. En las situaciones difíciles es preciso dejar amplios espacios de maniobra al Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones". Que nos hace hijos libres para poder exclamar: "Abba, es decir, Padre" (Rom 8,15) [...]

El seguimiento incondicional de Cristo exige ser plasmado con hechos y palabras en consonancia con la fe profesada y el amor vivido. La valentía de espíritu en las pruebas, la energía en la defensa de los ideales evangélicos, no están reñidas con el respeto a otras formas de pensar, a otras creencias, a otras actitudes. Sin embargo, jamás pueden entrar en connivencia con la ambigüedad, con el todo vale, con la falta de coraje e intrepidez ante situaciones difíciles y dolorosas, donde se ponen en juego el amor, la justicia, la verdad y la honradez. El verdadero seguidor de Cristo ha de estar dispuesto a abrazar la cruz y morir en ella si es necesario, antes que renunciar al amor y la voluntad del Padre" (3).

             

 

 

NOTAS

1. Cf. B. FORTE, La eternidad en el tiempo. Ensayo de antropología y ética sacramental, Sígueme, Salamanca 2000, 73ss.

2. S. JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual. Canción 1,8 en Vida y Obras completas, BAC, Madrid 1972, 709.

3.Clemente SERNA, abad de Silos, Con la mirada puesta en el presente. Milenario del nacimiento de Santo Domingo de Silos 1000-2001: Ecclesia 3050 (26.5.2001) 20-25 aquí 23-25. 

   
   
   
   
   
   
 
 

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