diócesis de mondoñedo-ferrol

 

                                                                    San Julián o el valor de ser testigo de Jesucristo          

                                                                     

 
 
 
   

 

 

La comunidad cristiana de Ferrol celebra hoy su fiesta, la fiesta de San Julián, en el domingo en que la Iglesia celebra la fiesta del bautismo del Señor. Con mucho gusto damos continuidad a una celebración que se remonta a hace más de mil años en que la desaparecida parroquia de la pequeña villa de pescadores que era Ferrol, estaba confiada al patronazgo de San Julián, un mártir que vivió en Antioquia en el siglo IV. Un siglo en el que muchos cristianos, ante la relajación de costumbres, se retiraron al desierto para vivir en serio su vida cristiana. San Julián marchó al desierto, abandonando los bullicios callejeros y huyendo de las propias glorias tremendamente seductoras. Pero también en Antioquía sobrevinieron un día conflictos y persecuciones contra la Iglesia. Multitud de cristianos fueron martirizados. Un buen día el presidente Marciano, ordenó apresar y encarcelar a Julián y a sus monjes. Julián no se echó atrás y valientemente profesó su fe en la hora de la persecución. Más tarde murió decapitado. Pero la sangre de los mártires fue una vez más semilla de nuevos cristianos y la de San Julián, con su inmolación cruenta, movió a conversión precisamente a Celso, el hijo del presidente Marciano.


1. Se nos llama a vivir como testigos
 
Como nuestro Patrono, también nosotros estamos llamados a ser, no sólo maestros de la fe, testigos de Jesucristo. "El hombre contemporáneo –dijo en una ocasión el Papa Pablo VI y lo han repetido después Juan Pablo II y Benedicto XVI- escucha con mayor agrado a los testigos que a los maestros y si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”. “Se aprende más de cristianismo –dijo J. HUBY- en un locutorio de carmelitas que leyendo libros de autores alemanes sobre la esencia del cristianismo".
 
Los cristianos de hoy estamos llamados a ser testigos de Jesucristo en el mundo actual. La fe es, principalmente un don de Dios, pero también acogida y respuesta libre por parte del ser humano. La fe, por tanto, tiene que expresarse en toda la vida del testigo, tanto en el ámbito laboral como en el ocio, en la intimidad del ámbito familiar y también en la vida  pública. No podemos fragmentar la fe, ni dividirla como si se tratara de un patrimonio que se reparte.

Precisamente este testimonio íntegro es el que da credibilidad a las creencias que profesamos en el ámbito de nuestra intimidad.
 
«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirtúa, ¿Con qué se salará? [...] Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,13) nos interpela Jesús. No podemos ser insulsos ni cobardes. Los cristianos recibimos del mismo Señor un mensaje de esperanza y de verdad que no podemos esconder, sino que tenemos que proclamarlo con la palabra y con los hechos. Nuestros contemporáneos, y especialmente las nuevas generaciones, necesitan que volvamos a anunciar la fe con el gozo de sentirnos felices.
 
La dificultad de evangelizar en la sociedad moderna nos conduce, con frecuencia, al cansancio y a una sensación de impotencia, que pueden provocar desaliento. Pero no estamos solos, Dios siempre está con nosotros, y en nosotros. Él nos envía el Espíritu Santo –como le envió a Jesús de Nazaret el día de su bautismo- que nos ayuda a resistir y soportar los envites del mal y las tentaciones de desaliento, porque Él es la fuerza divina y siempre sabe lo que nos conviene. Hemos sido bautizados con agua y con Espíritu y también se puede decir viendo en nosotros la imagen de su Hijo también a nosotros nos dice el Padre: “Tú eres mi hijo, el amado, el predilecto”.
 
El anuncio del Evangelio que estamos llamados a proclamar no se limita al crecimiento en la fe y en la vida cristiana, sino que también atiende al progreso de la sociedad por las sendas de la concordia y la paz. Hoy quiero desde aquí manifestar en nombre de la Iglesia que peregrina en Mondoñedo-Ferrol, de la que he sido constituido Pastor, mi más sincera condolencia con los familiares del brutal atentado terrorista que acabamos de padecer. Rezo por ellos y con palabras de la Instrucción Pastoral que recientemente hemos publicado los obispos de España: ‘Orientaciones morales ante la situación actual de España’, reitero que el terrorismo es “intrínsecamente perverso, del todo incompatible con una visión moral de la vida, justa y razonable” y que “no sólo vulnera gravemente el derecho a la vida y a la libertad, sino que es muestra de la más dura intolerancia y totalitarismo”.  Una vez más ETA y las organizaciones que la apoyan han defraudado la esperanza de tanta gente de buena voluntad que esperaba una paz sin atentados ni miedos que corroen la convivencia. El terrorismo constituye una “estructura de pecado” y por eso hemos de pedir al que ha venido a quitar el pecado del mundo que nos ayude a librarnos de él. Perseveremos en la oración por las víctimas y por sus familiares, por la conversión de los terroristas y por el cese de la violencia. Que Dios otorgue sabiduría y fortaleza a quienes con sus decisiones y acciones pueden colaborar en la desaparición del terrorismo de entre nosotros.


2. Promotores de la cultura de la vida y del amor
 
Vivimos en un mundo en el que muchas veces se tacha de fundamentalista al que pretende ser fiel a sus propias convicciones. El mártir no es un integrista, sino que se rige por lo que podríamos denominar la ética de las convicciones. El mártir vive en el amor, impulsado por el Espíritu Santo, y este amor a Dios y a los demás, precisamente, es lo que le conduce al martirio. El mártir, como cualquier persona, ama la vida, no busca la muerte, no desprecia esta vida ni las cosas buenas que Dios nos ha dado, pero sabe que la vida ―esta vida terrenal― no es un fin en sí misma, y que sólo la vida vivida intensamente desde el amor y que aspira a perdurar siempre, es digna de fe. «El martirio es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad» (LG 42).
 
El mártir nos ayuda en todo lo que representa la promoción de una cultura de la vida, superando la cultura de la muerte que hace estragos entre nosotros; hemos de transformar la obsesión del tener y del consumir en el deseo de ser y de amar.
 
Pensamos que la vida es un don maravilloso que se debe proteger desde el primer momento de la concepción hasta el último instante de su proceso natural y que, por ello mismo, debemos favorecer unas condiciones para que esta vida pueda ser vivida de forma digna y con la máxima calidad. Pensamos que lo que hace que la vida sea vivida es el amor que podemos dar a los demás y que podemos recibir de ellos. Y esto implica claras exigencias para todo cristiano. Así se expresaba Juan Pablo II: «En múltiples situaciones en que están en juego exigencias morales fundamentales e irrenunciables, el testimonio cristiano debe ser considerado como un deber fundamental que puede llegar incluso al sacrificio de la vida, al martirio, en nombre de la caridad y de la dignidad humana» .
 
Acaba de ocurrir entre nosotros: un alto cargo del Ministerio del Interior, según parece, ha tratado de poner dificultades a los familiares de una de las víctimas del atentado de Barajas para que se rezara un responso por el que había muerto. Además de una muestra de terrible falta de humanidad, se trata de un atentado contra la libertad religiosa. “La vida religiosa de los ciudadanos no es competencia de los gobiernos. Las autoridades civiles no pueden ser intervencionistas ni beligerantes en materia religiosa”, afirmamos los obispos en el documento aludido. “Un Estado laico, verdaderamente democrático, es aquel que valora la libertad religiosa como un elemento fundamental del bien común, digno de respeto y protección”.
 
Y no olvidemos que los atentados contra la libre manifestación de las convicciones religiosas y actos de culto, lo mismo que los atentados contra los demás derechos fundamentales de la persona, minan de raíz la convivencia y constituyen un atentado contra la paz. Así lo acaba de subrayar el Papa Benedicto XVI en su Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Paz en 2007.


3. La sangre de los mártires, semilla de nuevos cristianos
 
Siempre ha sido fecunda la sangre de los mártires para las comunidades cristianas. Así lo esperamos y así lo necesitamos también hoy. Se lo debemos suplicar humildemente en nuestras oraciones ya que ellos, desde el cielo, nos acompañan y no nos olvidan. La fecundidad vendrá de muchos modos.
 
"La nueva evangelización –reclamaba el Papa Juan Pablo II en 1993- necesita nuevos testigos, personas que hayan experimentado la transformación real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir esa experiencia a otros. Esta es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda. Esta es la hora de renovar la vida interior de vuestras comunidades eclesiales y de emprender una fuerte acción pastoral y evangelizadora en el conjunto de la sociedad española".
 
La nueva evangelización requiere una fuerte experiencia de Dios que genere un incontenible entusiasmo en la tarea de anunciar el Evangelio. Son necesarios caminos nuevos en los que vayan cuajando síntesis nuevas de fe y cultura, fieles a la tradición viva de la Iglesia y significativas para el hombre de hoy. Hay que encontrar fórmulas nuevas que testifiquen a las claras la fuerza regeneradora del Evangelio en un mundo como el nuestro, descreído por una parte y necesitado como nunca de comunión y de esperanza por otra.
 
No olvidemos, sin embargo, que evangelizar es dar vida y esto tiene un precio: "si el grano de trigo no se oculta en la tierra y muere...". No se evangeliza sin cruz. El evangelio siempre encuentra resistencia en el mundo y en nosotros mismos. El evangelio es, como reconoce abiertamente san Pablo, una locura y un escándalo (1 Cor. 2,23) y por eso es frecuentemente rechazado por los sabios de este mundo. Sin pasión y sin cruz no hay fecundidad multiplicada de resurrección. Sólo la cruz y, si es el caso el martirio, purifican nuestra labor evangelizadora y nos sacuden la apatía, las falsas seguridades y las fáciles acomodaciones. El auténtico evangelizador se acredita por sus persecuciones, tribulaciones, heridas y cicatrices, trofeos de su tarea apostólica (2 Cor. 6,7).


                     

   
   
   
   
   
   
 

7 de enero de 2007

   
   
 
 

                       (c) diócesis de mondoñedo-ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2007                                   mcs@mondonedoferrol.org