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Muchas personas piden un crédito para comprar un coche, una vivienda… Los
países pobres también lo hacen. Piden dinero prestado a los países ricos
para pagar carreteras, hospitales, escuelas, centros de salud. También los
países tienen que devolver el capital más los intereses de los préstamos
que reciben. Sin embargo, hay dos diferencias importantes. Las personas
reciben el dinero directamente y, cuando lo devuelven, lo hacen conforme a
las condiciones pactadas. Pero cuando un país recibe el préstamo, el
dinero llega a los Gobiernos y a los ciudadanos no se les informa acerca
del uso del mismo ni de las condiciones de su devolución. Una segunda
diferencia es que, cuando una empresa o persona no puede devolver el
crédito se declara quiebra. Sin embargo, los países en vías de desarrollo
no pueden pedir que se les declare en quiebra: no existen procedimientos
ni árbitros a tal efecto.
Nacer
endeudado, vivir endeudado, morir endeudado... es el destino de los pobres
de Tercer Mundo. La Deuda Externa se convierte en la muerte interna. A
causa de la Deuda no pueden hacer reforma agraria, ni pueden atender a la
salud, a la educación, etc. Y difícilmente pueden hacer frente a los
intereses generados por su deuda exterior.
En el año
2000, Cáritas, Manos Unidas, CONFER, Justicia y Paz se unieron para
promover, junto con otras organizaciones para el desarrollo, una campaña a
favor de la condonación de la deuda de los países del Tercer Mundo. Seis
años después constatamos que, en este mundo globalizado en el que vivimos,
la deuda externa crece sin cesar y se acentúan las desigualdades y la
concentración de las riquezas. Podemos afirmar con dolor que "la deuda
sigue siendo un "pesado lastre" que compromete las economías de pueblos
enteros, frenando su progreso social y político".
En la raíz de
estos males está ciertamente el pecado. Por eso los cristianos no podemos
permanecer de brazos cruzados. El Papa Benedicto XVI, manifestaba hace
unos meses: "Continuaremos participando activamente en el esfuerzo común
para crear las condiciones duraderas de un progreso real para toda la
familia humana, en el que a nadie falte el pan de cada día. (...) Los
sufrimientos humanos no pueden ser extraños a la celebración del misterio
eucarístico, que nos compromete a todos a trabajar por la justicia y la
transformación del mundo de manera activa y consciente, a partir de la
enseñanza social de la Iglesia, que promueve la centralidad y dignidad de
la persona".
Con esta
carta quiero animar a todos a participar en esta Campaña que es tanto como
trabajar por la cultura de la vida y de la solidaridad. ¿Por cuánto tiempo
vamos a estar frenando el desarrollo de los pueblos empobrecidos con
nuestro consumismo desenfrenado?

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