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La prensa diaria nos
proporciona datos como éstos: en Galicia se trabaja más, pero se cobra
menos. Hay 1.269.300 gallegos en edad de trabajar, pero el 11% están en paro
y el 80% de los 5.100 nuevos ocupados en el primer trimestre lo están a
tiempo parcial. La
precariedad del trabajo afecta principalmente a los jóvenes y a las mujeres.
En los últimos 5 años por cada indefinido se firmaron 12 temporales. Y más
de la mitad de los parados tienen menos de 34 años. Hay algún trabajador que
acumula uno tras otro hasta 14 contratos en un mismo año.
Más en concreto, Lugo
fue la provincia que menos empleo generó en el último año.
El 49,93% de la contratación fue
indefinida, muy superior a la media gallega que se cifra en el 25,92%. Los
lucenses con contrato fijo trabajan una media de 170 horas por mes, lo que
supone 96 más que los eventuales. Los menores de 30 firman una media de 2,6
contratos por año.
La temporalidad sigue
siendo la tónica anual ya que supuso un 84, 51% de los contratos. El sector
servicios es el que generó mayor cantidad de empleo (447 indefinidos y 5.059
temporales).
Vivimos en un
contexto de liberalismo económico condicionado por las presiones del
mercado, por la competencia y la competitividad. Hay trabajadores que, aun
teniendo empleo, es tan precario que les impide plantearse un futuro o
incluso les lleva a la marginación y a la pobreza. No pueden permitirse el
‘lujo’ de tener una vivienda digna, un trabajo estable, formar una familia
donde se pueda educar a los hijos. Hay quienes se ven forzados a trabajar
más horas o tienen que cambiar de turno de un día para otro, o cambiar de
lugar de trabajar ‘por exigencias de la producción’. Precisamente por todo
esto es más necesario que nunca valorar la dimensión humana del trabajo. En
la vida laboral ha de quedar siempre garantizada la dignidad de la persona.
La referencia última de toda actividad humana no pueden ser los intereses
empresariales, sino la dignidad de la persona humana, creada a imagen y
semejanza de Dios.
Mediante el trabajo,
el hombre debería hacerse cada vez más hombre, recordaba nuestro querido
Juan Pablo II en el año 2002. Por ello la laboriosidad es una virtud. Pero
para que la laboriosidad permita al hombre hacerse cada vez más hombre, es
menester que vaya siempre unida al orden social del trabajo. Sólo con esta
condición se salvaguardan la dignidad inalienable de la persona y el valor
humano y social de la actividad laboral.
Hoy más que nunca es necesario y
urgente proclamar “el Evangelio del trabajo”. Vivir como cristianos en el
mundo del trabajo y convertirse en apóstoles entre los trabajadores. El
trabajo forma parte del proyecto de Dios para el hombre e implica participar
en su obra creadora y redentora. Por tanto, toda actividad humana debería
ser motivo y lugar de crecimiento de los individuos y de la sociedad,
desarrollo de los ‘talentos’ personales que hay que valorar, y servicio
ordenado al bien común, con espíritu de justicia y solidaridad. Además, para
los creyentes, la finalidad última del trabajo es la edificación del Reino
de Dios. Pero para cumplir con esta misión es necesario permanecer unidos a
Cristo con la oración y con una intensa vida sacramental.
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