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Queridos
diocesanos:
Los contemplativos
y las contemplativas son almas enamoradas. Un buen día Jesucristo les
cautivó y ellos se dejaron prender en sus redes. Fue El, el Hijo de
Dios, quien les llamó por su nombre y les introdujo en ese jardín
cerrado donde mora el Dios vivo, en la ‘montaña santa’ en donde se oye
resonar la Palabra de Dios. Ellos saben muy bien que “Dios envió a
vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!”
(Gal.4, 6). Es el Espíritu quien nos hace hijos de Dios.
En la Biblia han
aprendido que Dios, el Dios de Jesucristo, tiene un rostro y unas
entrañas. No sólo nos ha ofrecido su amistad, sino su misma vida. Es
nuestro Padre y por eso tiene entrañas paternales. Los contemplativos
viven de un modo muy intenso la filiación divina. Confían en Dios Padre
y se confían a El. Les gusta dar vueltas en la cabeza y, sobre todo, en
el corazón que Dios salva las miserias humanas con su insondable
misericordia. Dios nos ama con un amor que es paternal y maternal a la
vez, que es fraternal y amistoso, que es gratuito y celoso… y mucho más.
Como hijos de Dios, los contemplativos viven con especiales acentos la
libertad de los hijos de Dios. Se sienten muy libres y se muestran
celosos de su libertad, que nada ni nadie les puede arrebatar. La
clausura no es para ellos un muro, sino una ventana que les permite la
fácil comunicación con Dios. No confunden ejercer la libertad con
realizar sus caprichos. Ellos conocen la verdadera libertad de los hijos
de Dios que lleva a hacerse voluntariamente servidores de los demás.
Los contemplativos
son felices, inmensamente felices. Se sienten dichosos de vivir sólo
para Dios, su Padre. Han descubierto el tesoro escondido y pronto se han
desentendido de la chatarra que son las cosas y los quereres de este
mundo. Porque se sienten llamados a vaciarse de todo para acoger el
amor de Dios, quieren despojarse totalmente: “esta Casa –dice Santa
Teresa de sus Carmelos- es un cielo, si lo puede haber en la tierra,
para quien se contenta sólo con contentar a Dios y no hace caso de
contento suyo”. Con frecuencia se sienten indignos de vivir en ese lugar
sagrado que es el Monasterio.
“Vuestro
celo –os ha recordado Benedicto XVI- nace de haber descubierto la
belleza de Cristo, de su modo único de amar, encontrar, sanar la vida,
alegrarla, confortarla. Y esta belleza es la que vuestra vida quiere
cantar, para que vuestro estar en el mundo sea signo de vuestro estar en
Cristo”. Nuestra vida, triste tantas veces, necesita vuestro canto.
La ausencia de
vocaciones a la vida contemplativa nos hace vivir una etapa de invierno
vocacional. Si nuestras comunidades cristianas viven la fe a medias y
contemporizando con los planteamientos mundanos, no es fácil que surjan
vocaciones. Pero hemos de caer en la cuenta de que la vida en invierno
también crece. No tiene la apariencia vistosa y colorida de otras
estaciones del año, pero trabaja calladamente para que luego rompan las
flores con su aroma y aparezcan los frutos sabrosos. Nuestra vida tiene
inviernos que no son inútiles. Hay que saber vivirlos con sencillez y
sabiduría porque son tiempos de purificación y de crecimiento desde las
raíces. Y ningún árbol puede crecer y ser frondoso si sus raíces no
están bien hundidas en la tierra. Con su fidelidad sin reservas, los
contemplativos y contemplativas son en la Iglesia un germen de vida que
crece al servicio del Reino de Dios.
Supliquemos al
Señor el regalo de nuevas vocaciones para nuestros monasterios. Pero no
se nos olvide agradecer a nuestras monjas contemplativas el testimonio
cristiano que nos dan, sus oraciones por las necesidades de la Iglesia y
del mundo, su especial cercanía a los más pobres. Su vida silenciosa
gira en torno al único centro capaz de hacer felices a los seres
humanos: Dios, nuestro Padre.
De corazón os
bendigo,
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