Los contemplativos nos muestran el rostro de Dios Padre

    Carta con motivo de la Jornada de la Vida Contemplativa 2009

      03.06.2009

      Edición en PDF

                                                         

 
 
   

 

 

Queridos diocesanos:

 

Los contemplativos y las contemplativas son almas enamoradas. Un buen día Jesucristo les cautivó y ellos se dejaron prender en sus redes. Fue El, el Hijo de Dios, quien les llamó por su nombre y les introdujo en ese jardín cerrado donde mora el Dios vivo, en la ‘montaña santa’ en donde se oye resonar la Palabra de Dios. Ellos saben muy bien que “Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!” (Gal.4, 6). Es el Espíritu quien nos hace hijos de Dios.

 

En la Biblia han aprendido que Dios, el Dios de Jesucristo, tiene un rostro y unas entrañas. No sólo nos ha ofrecido su amistad, sino su misma vida. Es nuestro Padre y por eso tiene entrañas paternales. Los contemplativos viven de un modo muy intenso la filiación divina. Confían en Dios Padre y se confían a El. Les gusta dar vueltas en la cabeza y, sobre todo, en el corazón que Dios salva las miserias humanas con su insondable misericordia. Dios nos ama con un amor que es paternal y maternal a la vez, que es fraternal y amistoso, que es gratuito y celoso… y mucho más. Como hijos de Dios, los contemplativos viven con especiales acentos la libertad de los hijos de Dios. Se sienten muy libres y se muestran celosos de su libertad, que nada ni nadie les puede arrebatar. La clausura no es para ellos un muro, sino una ventana que les permite la fácil comunicación con Dios. No confunden ejercer la libertad con realizar sus caprichos. Ellos conocen la verdadera libertad de los hijos de Dios que lleva a hacerse voluntariamente servidores de los demás.

 

Los contemplativos son felices, inmensamente felices. Se sienten dichosos de vivir sólo para Dios, su Padre. Han descubierto el tesoro escondido y pronto se han desentendido de la chatarra que son las cosas y los quereres de este mundo.  Porque se sienten llamados a vaciarse de todo para acoger el amor de Dios, quieren despojarse totalmente: “esta Casa –dice Santa Teresa de sus Carmelos- es un cielo, si lo puede haber en la tierra, para quien se contenta sólo con contentar a Dios y no hace caso de contento suyo”. Con frecuencia se sienten indignos de vivir en ese lugar sagrado que es el Monasterio.

 

“Vuestro celo –os ha recordado Benedicto XVI- nace de haber descubierto la belleza de Cristo, de su modo único de amar, encontrar, sanar la vida, alegrarla, confortarla. Y esta belleza es la que vuestra vida quiere cantar, para que vuestro estar en el mundo sea signo de vuestro estar en Cristo”. Nuestra vida, triste tantas veces, necesita vuestro canto.

 

La ausencia de vocaciones a la vida contemplativa nos hace vivir una etapa de invierno vocacional. Si nuestras comunidades cristianas viven la fe a medias y contemporizando con los planteamientos mundanos, no es fácil que surjan vocaciones. Pero hemos de caer en la cuenta de que la vida en invierno también crece. No tiene la apariencia vistosa y colorida de otras estaciones del año, pero trabaja calladamente para que luego rompan las flores con su aroma y aparezcan los frutos sabrosos.  Nuestra vida tiene inviernos que no son inútiles. Hay que saber vivirlos con sencillez y sabiduría porque son tiempos de purificación y de crecimiento desde las raíces. Y ningún árbol puede crecer y ser frondoso si sus raíces no están bien hundidas en la tierra. Con su fidelidad sin reservas, los contemplativos y contemplativas son en la Iglesia un germen de vida que crece al servicio del Reino de Dios.

 

Supliquemos al Señor el regalo de nuevas vocaciones para nuestros monasterios. Pero no se nos olvide agradecer a nuestras monjas contemplativas el testimonio cristiano que nos dan, sus oraciones por las necesidades de la Iglesia y del mundo, su especial cercanía a los más pobres. Su vida silenciosa gira en torno al único centro capaz de hacer felices a los seres humanos: Dios, nuestro Padre.

 

De corazón os bendigo,

 


 

                                          

 

                                           

                               

   
 
 

                       (c) Diócesis de Mondoñedo-Ferrol                             www.mondonedoferrol.org                                      2009                                   mcs@mondonedoferrol.org