Queridos diocesanos:
Todos aquellos que se han
encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad de
anunciarlo a otros. El Evangelio no es un bien exclusivo de
quien lo ha recibido; es un don que se debe compartir, una buena
noticia que es preciso comunicar. Nos lo recuerda del Domingo
Mundial de la Propagación de la fe de este año.
Ahora bien, anunciar a Jesucristo es el
servicio más valioso que la Iglesia puede prestar a la humanidad
y a toda persona que busca las razones profundas para vivir en
plenitud su existencia. En efecto, el incesante anuncio del
Evangelio vivifica, no sólo a los que lo acogen, sino también a
la Iglesia, alimenta su fervor, estimula su espíritu apostólico
y renueva sus métodos pastorales para que sean cada vez más
apropiados a las situaciones de nueva evangelización: «La misión
renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da
nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece
dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos
hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión
universal» (Juan Pablo II,
Redemptoris missio,
2).
Esta tarea, lejos de perder su urgencia,
se halla todavía en los comienzos. (Redemptoris
missio,
1). No podemos quedar tranquilos sabiendo
que, después de dos mil años, aún hay pueblos que no conocen a
Cristo y no han escuchado aún su Mensaje de salvación. No sólo
eso; es cada vez mayor la multitud de aquellos que, aun habiendo
recibido el anuncio del Evangelio, lo han olvidado y abandonado,
y no se reconocen ya en la Iglesia; y muchos ambientes, también
en sociedades tradicionalmente cristianas, son hoy refractarios
a abrirse a la palabra de la fe. Está en marcha un cambio
cultural, alimentado por la globalización, por movimientos de
pensamiento y por el relativismo imperante, un cambio que lleva
a una mentalidad y a un estilo de vida que prescinden del
Evangelio, como si Dios no existiese, y que exaltan la búsqueda
del bienestar, de la ganancia fácil, del hacer carrera y del
éxito como objetivo de la vida, incluso a costa de los valores
morales.
La misión universal implica a
todos, todo y siempre. Nadie se puede sentir legítimamente
excluido. E implica también todas las actividades.
Por fin, recordemos que la evangelización
es un proceso complejo y comprende varios elementos. Al anunciar
el Evangelio, la Iglesia se toma en serio la vida humana en
sentido pleno. No es aceptable, afirmaba Pablo VI, que en la
evangelización se descuiden los temas relacionados con la
promoción humana, la justicia, la liberación de toda forma de
opresión, obviamente respetando la autonomía de la esfera
política. Desinteresarse de los problemas temporales de la
humanidad significaría “ignorar la doctrina del Evangelio acerca
del amor al prójimo que sufre o padece necesidad” (Evangelii
nuntiandi,
31. cf. n. 34); no estaría en sintonía con
el comportamiento de Jesús, el cual “recorría todas las ciudades
y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena
nueva del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias” (Mt
9, 35).
Que el Domund del 2011 reavive en
cada uno de nosotros el deseo y la alegría de ‘ir’ al encuentro
de la humanidad llevando a todos a Cristo.