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Semana de Oración por la Unidad de los
Cristianos 2012
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U n
año más la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los
Cristianos nos ofrece la ocasión de repensar la vocación ecuménica de la
Iglesia Católica, que constituye una de las grandes novedades del Concilio
Vaticano II. Ciertamente tenemos que constatar que, a pesar de que la
práctica totalidad de las diócesis españoles tienen las Delegaciones
correspondientes, ha calado poco el problema ecuménico en el pueblo de Dios,
a comenzar por sacerdotes y religiosos. Muchas podrían ser las razones y en
este corto espacio no las podemos analizar. Sin embargo, ello no nos ha de
hacer sentirnos ajenos al compromiso ecuménico de la Iglesia Universal, que,
en palabras de Juan Pablo II, y que Benedicto XVI ha hecho propias, es una
tarea imprescindible e irreversible en nuestro momento histórico (Ut unum
sint 3). La prueba la tenemos en el reciente viaje a Alemania, donde ha
dedicado su atención a la figura de Martín Lutero, aunque no llevara consigo
una rehabilitación, puesto que las diferencias eclesiológicas son todavía
demasiado profundas entre la Iglesia Católica y las comunidades procedentes
de la Reforma del siglo XVI. Basta una lectura atenta de la Declaración
Dominus Iesus de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del
año 2000 o la Encíclica citada (1995) para darse cuenta de ello.
El panorama ecuménico se
aclara aun más en las relaciones con las Iglesias Ortodoxas, una vez que se
ha vuelto a desarrollar el diálogo ecuménico interrumpido hace unos años por
la cuestión del ‘uniatismo’ entre otras. En el año 2007, con ocasión de la
reunión de Rávena, se pudo afirmar por ambas partes cómo la concepción
sacramental de la Iglesia constituye un marco de unidad imprescindible para
las dos. Sólo queda por examinar en profundidad la cuestión del ejercicio
del Primado de Pedro, que nunca fue negado por los Ortodoxos. En este
contexto se entienden también los pasos que se están dando para realizar una
visita del Papa a Moscú, viaje tan deseado por Juan Pablo II, que no pudo
realizar por las discrepancias con el recientemente fallecido Patriarca
Alexis II sobre el establecimiento de diócesis católicas en Rusia en el año
2002.
Estos hechos demuestran que el
ecumenismo sigue vivo. Pero el esfuerzo ecuménico también se debe realizar
ad intra, es decir, llevando a la conciencia del pueblo de Dios la
necesidad del ecumenismo, como una nueva forma de vivir nuestra propia
identidad católica. Como recordó el Papa Benedicto XVI en su homilía ante el
Colegio de Cardenales, el 20 de abril de 2005, lo primero es una actitud de
conversión interior que permita abrir el corazón a los deseos de Cristo de
que todos sean uno (Jn 17,21). Es el ecumenismo espiritual, una de las
grandes preocupaciones del anterior Presidente del Pontificio Consejo para
la Unidad de los Cristianos, el Cardenal Walter Kasper. Se hacía eco de las
afirmaciones inolvidables del Concilio. En el Decreto Unitatis
Redintegratio abrió la puerta ecuménica para la Iglesia Católica. Vale
la pena recordar lo afirmado allí: el movimiento ecuménico está impulsado
por el Espíritu Santo (UR 1.4). Lejos de constituir un paso hacia el
relativismo eclesiológico –como temen los "profetas de calamidades"- el
Decreto de Ecumenismo establece los principios católicos que se han de
mantener (UR 2-4). Solamente enunciamos el principal de ellos (LG 8; 15; UR
3. 14ss): la Iglesia Católica se entiende a sí misma como la verdadera
Iglesia, es decir la forma concreta mediante la cual la Iglesia de Cristo
encuentra su ser visible e histórico (‘subsistit’). La Iglesia de Cristo no
es una realidad meramente invisible sino que, siguiendo la ley
imprescindible de la Encarnación, ha de poder ser encontrada-reconocida en
su existencia histórica. Sin embargo, el mismo Concilio añade que fuera de
sus límites visibles se pueden encontrar también muchos elementos de
santidad y de verdad. Ello implica conocerlos y reconocerles su verdadero
carácter eclesial, puesto que el Señor Jesucristo se sirve de ellos para,
por medio del Espíritu, hacerse presente como verdadero Salvador.
En consecuencia, y para
terminar, el Concilio nos viene a recordar que la ‘división’ no ha llegado a
las raíces y que, en este sentido, es más lo que nos une que lo que nos
separa. No podemos, pues, más que alegrarnos por la reciente firma del
Documento de reconocimiento mutuo del Bautismo entre la Comisión Episcopal
de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y la
Iglesia Española Reformada Episcopal (Anglicana).
Benito Méndez Fernández
es sacerdote diocesano y profesor en el
ITC
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