Martes, 3 de enero de 2012

 

 

 
              
 

 

 
   

"El panorama europeo de la Iglesia Católica. Signos de esperanza",

            por Benito Méndez Fernández

 
       
       
       
 

 

 

 

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Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un año más la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos nos ofrece la ocasión de repensar la vocación ecuménica de la Iglesia Católica, que constituye una de las grandes novedades del Concilio Vaticano II. Ciertamente tenemos que constatar que, a pesar de que la práctica totalidad de las diócesis españoles tienen las Delegaciones correspondientes, ha calado poco el problema ecuménico en el pueblo de Dios, a comenzar por sacerdotes y religiosos. Muchas podrían ser las razones y en este corto espacio no las podemos analizar. Sin embargo, ello no nos ha de hacer sentirnos ajenos al compromiso ecuménico de la Iglesia Universal, que, en palabras de Juan Pablo II, y que Benedicto XVI ha hecho propias, es una tarea imprescindible e irreversible en nuestro momento histórico (Ut unum sint 3). La prueba la tenemos en el reciente viaje a Alemania, donde ha dedicado su atención a la figura de Martín Lutero, aunque no llevara consigo una rehabilitación, puesto que las diferencias eclesiológicas son todavía demasiado profundas entre la Iglesia Católica y las comunidades procedentes de la Reforma del siglo XVI. Basta una lectura atenta de la Declaración Dominus Iesus de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del año 2000 o la Encíclica citada (1995) para darse cuenta de ello.

El panorama ecuménico se aclara aun más en las relaciones con las Iglesias Ortodoxas, una vez que se ha vuelto a desarrollar el diálogo ecuménico interrumpido hace unos años por la cuestión del ‘uniatismo’ entre otras. En el año 2007, con ocasión de la reunión de Rávena, se pudo afirmar por ambas partes cómo la concepción sacramental de la Iglesia constituye un marco de unidad imprescindible para las dos. Sólo queda por examinar en profundidad la cuestión del ejercicio del Primado de Pedro, que nunca fue negado por los Ortodoxos. En este contexto se entienden también los pasos que se están dando para realizar una visita del Papa a Moscú, viaje tan deseado por Juan Pablo II, que no pudo realizar por las discrepancias con el recientemente fallecido Patriarca Alexis II sobre el establecimiento de diócesis católicas en Rusia en el año 2002.

Estos hechos demuestran que el ecumenismo sigue vivo. Pero el esfuerzo ecuménico también se debe realizar ad intra, es decir, llevando a la conciencia del pueblo de Dios la necesidad del ecumenismo, como una nueva forma de vivir nuestra propia identidad católica. Como recordó el Papa Benedicto XVI en su homilía ante el Colegio de Cardenales, el 20 de abril de 2005, lo primero es una actitud de conversión interior que permita abrir el corazón a los deseos de Cristo de que todos sean uno (Jn 17,21). Es el ecumenismo espiritual, una de las grandes preocupaciones del anterior Presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, el Cardenal Walter Kasper. Se hacía eco de las afirmaciones inolvidables del Concilio. En el Decreto Unitatis Redintegratio abrió la puerta ecuménica para la Iglesia Católica. Vale la pena recordar lo afirmado allí: el movimiento ecuménico está impulsado por el Espíritu Santo (UR 1.4). Lejos de constituir un paso hacia el relativismo eclesiológico –como temen los "profetas de calamidades"- el Decreto de Ecumenismo establece los principios católicos que se han de mantener (UR 2-4). Solamente enunciamos el principal de ellos (LG 8; 15; UR 3. 14ss): la Iglesia Católica se entiende a sí misma como la verdadera Iglesia, es decir la forma concreta mediante la cual la Iglesia de Cristo encuentra su ser visible e histórico (‘subsistit’). La Iglesia de Cristo no es una realidad meramente invisible sino que, siguiendo la ley imprescindible de la Encarnación, ha de poder ser encontrada-reconocida en su existencia histórica. Sin embargo, el mismo Concilio añade que fuera de sus límites visibles se pueden encontrar también muchos elementos de santidad y de verdad. Ello implica conocerlos y reconocerles su verdadero carácter eclesial, puesto que el Señor Jesucristo se sirve de ellos para, por medio del Espíritu, hacerse presente como verdadero Salvador.

En consecuencia, y para terminar, el Concilio nos viene a recordar que la ‘división’ no ha llegado a las raíces y que, en este sentido, es más lo que nos une que lo que nos separa. No podemos, pues, más que alegrarnos por la reciente firma del Documento de reconocimiento mutuo del Bautismo entre la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y la Iglesia Española Reformada Episcopal (Anglicana).

Benito Méndez Fernández es sacerdote diocesano y profesor en el ITC

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
 

 

 

   
         
         
           
         
         
         
         
 

                            

 
 
 
 

 

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